OPINIÓN

Ya lo decía Bob Dylan, Times are changing. Siempre están cambiando, pero por lo general lo hacen lentamente, casi ni nos damos cuenta. A veces es sólo una brisa, pero otras veces son rachas de grandes vientos, no hace falta que lleguen a ser huracanes… aunque no recuerdo ahora qué otro cantante avisaba que here comes the hurricane. Llevamos tiempo en medio de grandes cambios, pero parece que hay mucha gente, acomodada en una aburrida mediocridad, que no se quiere dar ni cuenta. En las próximas semanas se celebrarán las dos ferias que, al parecer, en España más inquietan al sector: ARCO, por supuesto, y MACO en el DF mexicano. Entre estas dos ferias, de una forma un tanto infantil, parece haber surgido una rivalidad absurda, aunque vayan muchas galerías españolas y su director sea español; hay que reconocer que Pablo del Val tiene una larga y brillante trayectoria como director de ferias en México, donde está asentado hace ya muchos años, y que el mercado en el DF abarca a los Estados Unidos y a Latinoamérica de una manera más lógica y directa que ARCO, que un día lejano pudo ser lo que realmente nunca llegó a ser: la puerta a Europa del dinero latino. Pero, insisto, las cosas cambian. Cambia el paradigma, y no sólo se trata de la fuerza y el impulso innovador de las redes sociales y los nuevos lenguajes… en las formas plásticas ese cambio se ha desacelerado y parece haberse vuelto un tanto conservador. Quiero pensar que están cargando las pilas creadores y teóricos, pero lo que me preocupa es que el tiempo de las ferias se convierta en algo parecido al “Día de la Marmota”. Vuelven unas ferias de las que los grandes compradores no dicen nada, y si compran o no, lo hacen sin dar gritos. Los que más jaleo hacen son esa subespecie de coleccionistas de cositas, que no se gastan más de dos mil euros (como mucho) pero que parece que están construyendo en sus salitas de estar el MoMA del futuro. Otra vez las cenas supuestamente selectas, las grandes fiestas con invitación exclusiva a la que al final se cuela todo el mundo, otra vez las exposiciones periféricas en lugares imposibles, otra vez las ferias que procuran beneficiarse del rebufo de las grandes, otra vez los artistas quejándose de que a las ferias van los artistas que eligen no se sabe qué oscuros comisarios, otra vez (y esto ya es el colmo) las quejas del carácter mercantil de las ferias en las que todo se compra y se vende (¡ojalá!)… otra vez esas señoras de anteayer con columnas en periódicos criticando que el arte actual es una bazofia porque no les gustan las ferias, otra vez las chicas guapas con tacones de vértigo y las zapatillas en el bolso para poder llegar a casa… otra vez el juego de las apariencias, la ignorancia, y una cierta estupidez y snobismo ya pasado de moda desde hace décadas.

Llegan las ferias, disfrutemos, miremos, vendamos y compremos, y pensemos cómo el cambio del tiempo transforma estos eventos que están empezando a parecer ferias de antigüedades, llenas de jóvenes carcamales. Los grandes compradores ya están aburridos de ese peregrinar de feria en feria, y las galerías –que se empiezan a dar cuenta de que los tiempos están cambiando- siguen afirmando que sólo venden en las ferias, aunque no nos desmenuzan las cuentas ni dicen lo que les queda después de haber pagado los gastos (stand, viajes, transportes, estancias, comisiones de artistas…). Mucho tienen que vender para pagarlo todo y aguantar hasta la próxima fiesta. Algunos se han metido en una noria que puede convertirse en la noria de la muerte de una película de terror cuando vean que es un círculo infernal del que no pueden salir. Lo que hace años era un reto se ha convertido en una costumbre, los tiempos deben cambiar, los ritos y costumbres agitarse. El arte más actual no puede funcionar como si fuera el mercado del automóvil, algo tiene que cambiar, antes de que llegue un auténtico huracán y se lleve todo por delante.


Imagen: Guillaume Herbaut. Hashima, 2006.