El 17 de septiembre arranca la duodécima edición de la Bienal de Estambul un evento que se podrá visitar hasta el 13 de noviembre y que han comisariado Jens Hoffmann y Adriano Pedrosa. En esta edición los curadores han tomado la obra y la aportación artística del cubano Félix González-Torres como punto de partida al interesarles especialmente el modo en que su trabajo emanaba un discurso entre lo personal y lo político que, sin embargo, no dejaba de lado las preocupaciones formales y era capaz de conjugar el rigor con la estética. Es precisamente esta filosofía de vida y producción artística la que Pedrosa y Hoffman buscaban para la bienal que han organizado mediante cinco exposiciones colectivas y unas cincuenta individuales. Todo en una única ubicación, un pabellón diseñado por el premiado estudio de Ryue Nishizawa, en la que se van diferenciado unas muestras de otras mediante el recorrido del espacio y el diseño del montaje en el que el color gris identifica los espacios colectivos frente a los individuales. Sin embargo y, a pesar de esta distinción visual, tanto las muestras de grupo como las individuales utilizan la temática y el contenido de las obras como formas de aglutinar a los distintos artistas de manera que el espectador puede deambular de una historia a otra de forma fluida y siempre concatenada. Los temas elegidos son aquellos que marcaron la trayectoria de González-Torres: abstracción, su amante Ross, pasaporte, historia y muerte por disparo. Sin embargo, durante todo el proceso de preparación, los artistas participantes se han mantenido en secreto ya que los comisarios no querían hacer uso de las habituales estrategias de marketing de las bienales y preferían no caer en la obsesión de los listados de artistas, incluso cuando se han escapado algunos nombres como los de los creadores turcos Kutlug Ataman o Aydan Murtezaoglu. Es así como, entre la búsqueda de lo político y lo bello, se inicia la cuenta atrás para una de las bienales más importante, y en esta ocasión misteriosa, del mundo.