OPINIÓN

Cada año es lo mismo. Llega el mes de los premios y se reúnen unos jurados designados por una serie de asociaciones gremiales (antes eran reunidos por el Ministerio directamente) especializadas que deciden quiénes van a ser los ganadores de este año. Por supuesto pocos son los que quedan satisfechos con el resultado.


Habrá que preguntarse cuál es la razón de esta falta de satisfacción cuando se da un premio nacional. Naturalmente todos pensarán que la envidia es muy mala y aunque no todos los que critican (los que criticamos) pueden acceder a esos premios, por lo general si son, somos o serán, jurados. Y tal vez eso sea lo malo, que esta “opinión” podría llamarse también “confesiones de un jurado”. Sí, lo confieso, yo he sido jurado de premios nacionales en varias ocasiones y de todas ellas solamente en una ocasión tuve la sensación de que había ganado alguien que realmente era la mejor: el año en que Cristina García Rodero ganó el Premio Nacional de Fotografía. Hubo unanimidad absoluta, ninguno de los jurados nos habíamos llamado con anterioridad ni habíamos cenado para hacer planificación de voto… Fue un jurado que no tardó ni media hora en decidir al ganador: en la primera votación ya estaba hecho todo. Ahora que lo pienso todos actuamos con inocencia y sinceridad. Fue la única vez. El resto de las ocasiones en las que he sido jurado la situación fue lamentable, eximios críticos o historiadores que desconocían a la mitad de los propuestos (todos los propuestos, es el premio a una trayectoria, tienen largos y vistosos currículos) y que apoyaban a aquellos con los que habían trabajado, a los que conocían claro. La curiosidad por lo que se desconoce hace años que se olvidó, incluso aquellos que viven del conocimiento, del saber, de la experiencia, prefieren pisar siempre los mismos caminos y no adentrarse más allá de lo ya resabido.


Cada año es la misma historia, unas veces se premia a alguien que, casualmente, coincide en tener tres amigos en el jurado (es suficiente con unas llamadas para arreglar las cosas), otras veces basta con que alguno de los jurados sepa convencer o apabullar al resto, un resto que no suele tener las cosas muy claras… en otras ocasiones parece que el premio es un colofón a una tarea ya iniciada en otros despachos: el premio a Elena Asins era impensable sin la exposición en el Reina Sofía y de hecho la composición del jurado así lo muestra; el premio de fotografía este año, igual que el año en que se premió a Gervasio Sánchez, incomprensible para el mundo de la fotografía de arte. Tal vez habría que decir que este premio un año va a aun artista y otro año a un fotógrafo de prensa. Claro que sin la exposición de Jorge Ribalta (jurado del Premio Nacional) sobre la fotografía documental en el Reina Sofía este premio (Rafael Sánchez Lobato) hubiera sido impensable. ¿Es que estos premios se rigen por las tendencias? No. ¿Entonces por la recuperación interminable de nombres olvidados? Obviamente tampoco. ¿Es que son injustos? No, todos podemos ser reinas por un día, todos los que hemos trabajado nos merecemos reconocimiento y premios, pero cada uno en los suyo.


No se trata de que los artistas ganadores no sean dignos, es que a veces no son artistas y ellos mismos lo reconocen, como es el caso de Gervasio Sánchez, lanzado a un protagonismo que él nunca ha buscado. Y luego pasa lo que pasa, se produce una obra a partir de fotos para periódicos, y se expone en el MUSAC y se le hace un catálogo y luego ¿qué? Un poco de respeto y de seriedad. Y sobre todo un poco más de conocimiento de quien son y de quienes han sido los que en este país han creado y escrito la historia real de la fotografía. Por favor.


Imagen: Cristina García Rodero. Llamas de ofrenda, 1974. Cortesía Magnum/Contacto.