OPINIÓN

Ya sabemos que estamos viviendo un mal momento para la lírica, y también para la épica, incluso para la égloga. Es decir que no es un momento idóneo ni para aventuras ni para proyectos ni para casi nada. Y menos si tiene que ver con la cultura. Pero, a pesar de todo, hay muchas personas, decenas, centenas, incluso miles de personas que compran arte y algunos de ellos degeneraran en coleccionistas y unos pocos de estos coleccionistas persistirán en comprar, se obsesionaran con el arte y se convertirán en grandes coleccionistas. Nada que ver con aquellos grandes coleccionistas de antaño, que compraban por dos duros y además se hacían amigos de los artistas, incluso les levantaban, llegado el caso, a sus musas. Nada que ver con aquellos que con sus colecciones fundarían los grandes museos de hoy. Hoy en día los grandes coleccionistas sólo aparecen muy de vez en cuando para firmar algún acuerdo con instituciones públicas que les desgrave impuestos, en alguna gran inauguración de algún museo propio o ajeno. Por supuestos las casas reales ya no coleccionan, en todo caso sólo coleccionan trofeos de caza, esa obscenidad antinatural de la demostración de la superioridad de la fuerza sobre la belleza. Las casas reales, sus altezas reales, en todo caso venden bajo cuerda goyas, o velázquez, o lo que tengan a mano porque suelen confundir el patrimonio nacional con su escueto patrimonio personal, aunque nunca confundan deber con obligación, pero bueno, las casas reales ya no compran nada y no venden el Prado por qué no ven la forma de hacerlo. En cuanto a esas otras casas reales formadas por oligarcas, tecnócratas, financieros, banqueros, etc., el tema de las colecciones, incluso de los museos que algunos ya tienen y otros construyen con los mejores arquitectos y con mediocres directores y gestores, a ellos sólo les interesa como espejo mediático, limpiezas de impuestos y otras menudencias sociales.
En cuanto a las grandes colecciones que se forman con el dinero negro del petróleo en los países árabes, esas están en cajas fuertes blindadas, seguramente en Suiza. Pueden ser maravillosas pero están ocultas, escondidas y es difícil considerarlas como algo diferente a una inversión económica, a un tipo de especulación financiera más. Y en cuanto a aquellos artistas que antaño regalaban sus obras para los fondos de un museo… de esos hay pocos. El último ha sido Guillermo Pérez Villalta que ha cumplido sus deseos de donar en vida una muy importante parte de su obra al museo de su ciudad, Sevilla. Un gran regalo de un gran artista, un ejemplo que pocos seguirán.
Se nos olvida demasiado a menudo que los grandes museos que hoy podemos visitar se han formado a partir de los grandes coleccionistas que reunían en vida ingentes cantidades de obras de arte, de amigos y conocidos, de admirados y odiados artistas, que componían un mundo de sueños en su entorno y que, finalmente, para que ese conjunto no se desperdigase entre herederos poco afines al arte y muy ambiciosos de dinero, lo donaban a un museo, gratuitamente, como mucho pidiendo un reconocimiento en el nombre de una sala. Aquellos reyes conquistadores y aventureros, sanguinarios y concupiscentes que atesoraban maravillas durante su vida, maravillas muchas veces manchadas de sangre que después sus súbditos hemos podido admirar en los grandes museos y pinacotecas de toda Europa… porque los hombres mueren y sus aventuras y desventuras se olvidan o se transforman, pero el arte…, el arte queda en los museos, en los libros, en nuestras retinas, forma nuestra cultura, lo que somos. El arte es el mejor documento de una época y los coleccionistas, los grandes coleccionistas, se convierten en los guardianes de la historia, los grandes bibliotecarios de la vida.
Hoy en día se ha micronizado la idea de coleccionar. Comprar cuatro fotos no es coleccionar. Comprar para decorar tu casa y el chalet, la casa de la playa, no es coleccionar. Comprar al “tun tun”, por un capricho, hoy y no volver a comprar, no es ser coleccionista. El coleccionista compra continuamente, o si es necesario roba, porque su obsesión se convierte en necesidad. El coleccionista define su colección, tal vez no a priori pero si desde un momento concreto y es, a partir de ese momento, cuando un comprador, un aficionado se convierte en coleccionista. Gran coleccionista es un título que sólo el tiempo, la historia y las personas que en el futuro puedan disfrutar de esa pasión mortal como el veneno, podrán decidir. Pero lo que diferencia al coleccionista del gran coleccionista no es el dinero gastado, ni la locura por el arte, por la cultura, no es la cantidad de obra acumulada. Lo que les diferencia es el buen gusto, el interés de sus compras, la sabiduría de sus adquisiciones y de conservar unas piezas si y otras no, es el conjunto total y, sobre todas las cosas, es que esa colección pueda desplazarse en el tiempo, pueda ser vivida por otras generaciones dentro de muchos años. En un futuro improbable. Esa es la diferencia entre ser y querer ser.

Imagen: Frans Francken el Joven. Kunstkamer, 1636. Museo de Historia del Arte de Viena.