OPINIÓN

Creíamos que éramos los dueños del mundo, sin tener en cuenta lo que cuesta un billete a cualquier lugar lejano. Ya ni los viajes low cost nos pueden hacer creer en la globalización. Hace tiempo que nos dimos cuenta de que la globalización era otro colonialismo disfrazado de oveja, o tal vez de Caperucita Roja. Que aquello de la comunicación e interdependencia era de unos sobre los otros, vamos que la Coca-Cola o la música en inglés sería global pero lo que se hace y se canta o se pinta en lugares periféricos seguirá siendo local. Lo hemos visto muy claro en el mundo del arte, los grandes artistas apoyados por grandes galerías de grandes países se han hecho globales, todos les conocemos y a todos influyen, ahora, los pintores de aquí (y entienda “aquí” como cada uno quiera) siguen sin comerse una rosca. Y aunque el español sea el segundo idioma más hablado del mundo los que lo hablamos seguimos siendo locales, es decir, ni nos conocen, ni influimos, ni nada.

Seguimos siendo locales, y yo propongo que seamos parciales. La crisis económica una vez más nos ha demostrado que cada cual cuida su gallinero, y si al otro se le mueren las ovejas o se las comen los lobos pues lo sentimos pero nuestras gallinas son nuestras. Que se lo pregunten a los miles de refugiados que Europa no a va a acoger nunca, a pesar de haberlo prometido. Que se lo pregunten a una banca que nunca va a devolver lo que los Estados les prestaron para que se estabilizasen. Que se lo pregunten a la Inglaterra del Brexit is Brexit. Entramos en la época de lo local, sólo los hipsters y los brokers van a seguir siendo globales. Porque los artistas y los escritores siempre fueron locales, no porque su obra no pueda ser universal (un término que ya no se usa, debe ser que el Universo ya no es el mismo de antes) o simplemente fantástica, es que son de Grecia, o de Portugal, o simplemente turcos, y con ese origen lo de ser global, sin editor ni galerista ni nada, pues lo van a tener muy difícil. Se tendrán que conformar con ser locales. Y a mí me gustaría que fuesen todos ellos parciales, es decir, que sus políticas de Estado beneficiasen su actividad, que el apoyo económico fuese para los creadores locales y fuese el mayor posible. Que se incentivase la adquisición de obras locales por los museos también locales, aunque quieran ser globales y sueñen con ser el MET o el Whitney, pero no, son el de Bellas Artes del lugar, o el centro de arte de la ciudad. Y gracias.

En otro momento hice un elogio de lo pequeño y ahora me gustaría hacerlo de lo local: de la tabernita de la esquina en la que nadie habla inglés (como dijo Donald Tusk hace poco, “hablemos francés -¡por qué no español!- que el inglés es un idioma a la baja”), del artista que expone en la galería de moda de la ciudad. Emmanuel Macron ha dicho “compremos europeo”, yo voy más allá y digo “seamos parciales, compremos local”. Compremos lo nuestro, apoyemos lo nuestro, porque si no lo hacemos nosotros nadie lo va a hacer. Apoyemos nuestro arte, nuestro cine, nuestra cultura, nuestra economía, querámonos mucho a nosotros mismos, y luego ya querremos a los demás, porque entonces ellos también inevitablemente nos querrán a nosotros. La suma de lo local acabará siendo global, pero mientras tanto dejemos de ir de viaje de novios a Birmania o a las Islas Galápagos, al Tíbet o a Estambul. Si aún no conocemos ni España, ni Portugal, ni siquiera las Islas Canarias. Hace años, una gran campaña publicitaria nos vendía Portugal con el eslogan “Tan cerca. Tan desconocido”, ahora se podría usar ese eslogan para todo: la comida, el arte, la literatura, no sólo la portuguesa, también la española. Para ser global primero hay que ser parcial, luego local, y después ya se puede ir por el mundo como si realmente fuese nuestro. Para poder viajar libremente hay que tener un lugar al que regresar, el mundo será nuestro entonces, cuando tengamos la fuerza suficiente, la importancia y el reconocimiento que sólo se consigue apoyándose en lo local, en lo parcial, en lo que antes de nada es nuestro.

(La globalización es un proceso económico, tecnológico, político y cultural a escala mundial que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo uniendo sus mercados, sociedades y culturas, a través de una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que les dan un carácter global).