OPINIÓN

Siempre me ha producido curiosidad saber si los artistas, los creadores, tienen un momento en el que ya no pueden, no quieren o no deben seguir creando. Hay trabajos que están sujetos a una oferta y una demanda, a un encargo, a un contrato. Así ocurre con los arquitectos que cumplen sus encargos concretos, nuevos proyectos a la medida de un contrato. Pero, ¿y el artista, que en su estudio o en su cabeza, no tiene que rendir cuentas a nadie? Esos creadores que hacen lo que ellos consideran, sin sujeción a contrato alguno, libres para hacer y para no hacer… esos, ¿siempre tienen algo que contar, alguna obsesión que desguazar, algo sobre lo que volver? o ¿llega también un momento en el que ya dicen: hasta aquí?


En literatura hay casos, pocos y por lo tanto se consideran hitos, extravagancias tal vez, pero es cierto que hay un grupo escueto de escritores que están cercanos al Bartleby de Herman Melville, sí, aquel que “prefería no hacerlo”. Así Salinger prácticamente es autor de una sola novela, El guardian entre el centeno, Juan Rulfo decía que se había muerto su tío, que le contaba sus historia y que ya no tenía nada más que contar. Hace muy poco Philip Roth anunciaba que dejaba la escritura porque ya no tenía nada más que decir y algo parecido afirmaba Imre Kertész , poniendo punto final a una larga carrera como escritores. Verdad o mentira, argucia de escritor o sencilla y dura realidad, lo cierto es que sus plumas o máquinas de escribir se han callado, antes de la muerte, antes de que su vida llegara a su final. Cuando todavía pueden escribir trabajar, contar, crear. Recordar.


Resulta que crear es también un trabajo, y entendemos que, por ejemplo Ai Weiwei, ya convertido en cantante heavy, dará por finalizada su carrera como artista plástico…, aunque no sea exactamente lo mismo. Pero lo cierto es que también ser artista es un trabajo y aunque su jubilación no tenga fecha, como tampoco tiene seguro de vejez, puede no ser ni necesario ni obligatorio llegar más lejos de lo conveniente. La pregunta más difícil es ¿Cuándo se acaba la curiosidad, la imaginación, el deseo de investigar? Porque mano, cocina y práctica, con la edad se adquieren más y mejor, sin embargo asistimos al trabajo de vejez de la mayoría de los artistas un poco deprimidos, pensando que cuanto mejor hubiera sido que lo dejase en un momento de esplendor, dejarnos el mejor de los recuerdos. Es cierto, también, que hay algunos artistas, pocos, que llegan hasta el final con la mirada limpia y llena de energía. Pero sin duda, los que murieron pronto, los jóvenes que fueron quedando por el camino ofrecen unos cadáveres mucho más atractivos, una obra cortada en su plenitud, un deseo aún por satisfacer que les dota de una especie de aureola de brillantez difícil de cuestionar.


En los velatorios siempre se repite la frase esa de “son los mejores los que se van antes”, tal vez sea sólo una fórmula de cortesía post mortem, pero no podemos evitar recordar los últimos años de tantos grandes artistas que debieron retirarse mucho antes, verles en inauguraciones sin reconocer a nadie, exponer obras que claramente no podían salir de una mano con Alzheimer, callar y mirar para otro lado para no ver la decadencia, decrepitud, del que fue maestro, genio, convertido en caricatura de sí mismo, manejado por sus herederos…


Un espectáculo del que muy pocos nos privan, y sólo alguna excepción nos ofrece una vejez espléndida, pocos como Louise Bourgeois paseando con noventa años por Venecia, a la sombra de una sombrilla llevada por su ayudante, un joven y atractivo muchacho de color. Un espectáculo, algunos dirían una performance, de elegancia, belleza e inteligencia. Una excelente manera de pasear hacia el final, con elegancia y buena compañía.


Imagen: Retrato de Louise Bourgeois.