OPINIÓN

No hay que creer en el azar, porque el azar no existe. Sólo existen cosas que no podemos explicar, que nadie puede explicar. Hace no mucho moría Basilio Martín Patino (Lumbrales, Salamanca, 1930 – Madrid, 2017), un hombre pequeño y callado, al que yo conocí por casualidad en Salamanca a través de un buen amigo, el artista Fernando Sinaga. Realmente le conocía desde hace muchos años pues había visto prácticamente todas sus películas, pero él nunca fue un director de cine tal y como les conocemos. Él hacía películas que eran historias, que eran documentales, que eran parte de la vida, de mi vida y de la vida de millones de personas que tal vez nunca hayan visto ninguna de sus películas. Creo que es ese tipo de personas que decimos que son artistas, que tocan la realidad y parece que en sus manos es más clara, más limpia, más terrible o más bella. Murió y se le dedicaron las habituales necrológicas rápidas, algún ciclo en alguna cineteca, una revisión de alguna de sus películas en TV, y a otra cosa. Pero hoy inesperadamente me he encontrado con un libro sobre él, una suerte de biografía con su foto en la portada. Y he pensado que debía hablar de las casualidades, o tal vez de las relaciones secretas, o tal vez sólo ocultas, entre las cosas, las ideas, los hechos. Cuando era una estudiante de arte, tenía un profesor que me repetía que la única importancia del conocimiento era saber poner en relación, asociar, que sin eso nunca entenderíamos nada. Las relaciones entre las cosas, las ideas, los hechos, ahí está la explicación de todo, por eso el que no conoce la historia nunca entenderá nada de lo que le pase en la vida, que la memoria es la única luz que nunca se debe de apagar. Se olvidó de explicarme que cada uno reconstruye la historia que le conviene y que el objetivo del poder (ya sea político, cultural o económico, cualquier poder) es borrar la memoria, borrar y cambiar un pasado que salvajemente se repite una y otra vez. Yo ahora creo que esa memoria, que ese conocimiento, que esa cultura es lo que nos puede hacer libres en algún breve momento de nuestra existencia. Y tal vez las casualidades no existan pero cuando el 19 de septiembre tembló México, el mismo día que 32 años antes, todos los que lo sabíamos y estábamos en México contuvimos el aliento con el corazón en la boca, con la certeza de que era la muerte que nos guiñaba un ojo.

No existen las casualidades pero hoy, después del terrible comienzo de octubre en Catalunya, me encuentro con la cara y la memoria de Martín Patino entre mis manos, tan lejos de Salamanca, y me vienen a la memoria los versos de Agustín García Calvo, que se mezclan con las imágenes terribles de violencia contra la población y no puedo evitar recordar el 15-M en Madrid, en los días que tanta gente supo, tal vez por primera vez, lo que era la ilusión y la idea de libertad, ese suave calor que empieza en el bajo vientre y nos sube hasta la boca. Versos, policías golpeando ancianas, Madrid que soñó con la libertad, Catalunya que sueña con la libertad, y las imágenes se confunden y se mezclan con la pintura de historia, y con la Carga de los mamelucos y con tantas películas del oeste en el que la caballería del ejercito arrasaba aldeas indias, y con indios que descabellaban a inocentes colonos… brutalidad y violencia, pero por encima de todo cómo contarlo, cómo superarlo y no olvidarlo. Y nuevamente Basilio Martín Patino que explicó la vida después de una guerra cruel que nunca acabó (ahora se dan cuenta algunos) sin decir una palabra, sólo con canciones (Canciones para después de una guerra). Que nos explicó lo que es un dictador, un tirano a través de la realidad o de la ficción, o de las asociaciones (Caudillo) y el cine se justifica como el verdadero arte de este momento, de todo el siglo XX, en el que todavía estamos viviendo, porque si no existen las casualidades, la medida del tiempo que pasa tampoco me parece muy creíble. El viento que sopla en Europa no es del siglo XXI, tiene un olor fétido que nos es familiar. El cine, que fue una vez solamente diversión, que creíamos que era sólo para las tardes de los domingos y que, no sabemos cuándo, nos dimos cuenta de que era mucho más, que era casi todo, y que lo contaba, nos contaba, casi todo, nos ponía frente a nosotros mismos, frente a una realidad enemiga. La imagen, después de la foto, más allá de la representación. Y nuevamente, finalmente, Basilio Martin Patino, a quien no se le ha hecho aún justicia, daba gracias a Dios por poder grabar su último film tan cerca de su casa, en la Puerta de Sol (¿también una casualidad el nombre?, ¿la cercanía?) un canto a la posibilidad, a la ilusión efímera de que la libertad puede ser posible, o por lo menos deseable, con su Libre te quiero, sobre el 15-M en Madrid. Por cierto, el libro que hoy me encontré no lo he comprado, porque no se trataba de tenerlo conmigo, sino de que pasara frente a mí, de que me ayudara a asociar las cosas, a que dejara volar la mente y la memoria, a que escribiera estas líneas que tal vez a alguien le sirvan para seguir haciendo otras asociaciones, para seguir soñando que alguna vez todo puede ser posible.

(Libre te quiero es un poema de Agustín García Calvo)

Libre te quiero, / como arroyo que brinca / de peña en peña.

Pero no mía.

Grande te quiero, / como monte preñado / de primavera.

Pero no mía.

Buena te quiero, / como pan que no sabe / su masa buena.

Pero no mía.

Alta te quiero, / como chopo que en el cielo / se despereza.

Pero no mía.

Blanca te quiero, / como flor de azahares / sobre la tierra.

Pero no mía.

Pero no mía / ni de Dios ni de nadie / ni tuya siquiera.]