Lewis Hine (Wisconsin, 1874) conoció el verdadero significado del trabajo a una edad muy temprana. Cuando su padre falleció en 1892, Hine tuvo que emplearse en una fábrica como peón y desde entonces tuvo que compatibilizar diversas ocupaciones con su vida y sus estudios. Fue conserje, obrero, administrativo… y cuando su vida parecía asentarse y contaba con una plaza de profesor en la Ethical Culture School de Nueva York fue cuando se inició en la fotografía, otra ocupación más en la que se sumió para obtener documentos para utilizar en sus clases. Fue entonces, hacia 1903, cuando realizó su primera serie Inmigrants on Ellis Island en la que fotografió a las gentes que llegaban, buscando el sueño americano, a la isla de Nueva York. Familias de inmigrantes que pasaban por Ellis a millares y de las que Hine hizo retratos, de forma intermitente, hasta 1926. Se convirtió de este modo en uno de los primeros fotógrafos en documentar los movimientos de población aunque a Hine la interesaba la vida, la lucha y sobre todo, la gente, protagonista anónima de la cotidianidad más absoluta. Hine pronto empezó a trabajar como freelance, realizando obras que denunciaban la explotación infantil y, otras, que documentaban la construcción de rascacielos y el duro trabajo en la obra pero también otras muchas profesiones como la enfermería, la confitería… fotógrafo de los oficios, de las calles, de la tragedia en la posguerra europea tras la I Guerra mundial. Supo como pocos captar la esencia de lo mundano, con un verismo y una honestidad que no sólo le han consgrado sino que le convirtieron en el fotógrafo del trabajo incluso cuando, después de toda una vida trabajando, murió olvidado dependiendo de la beneficencia. Su exposición, una reunión de más de 170 instantáneas de todas sus etapas, puede verse en la Fundación Mapfre hasta el 29 de abril.