OPINIÓN

Uno de los términos más afortunados de las últimas décadas es el acuñado por el antropólogo francés Marc Augé (Poitiers, 1935): los “no lugares”. Se trata de esos espacios anónimos, intercambiables entre ellos, anodinos por no tener personalidad propia, lugares que no son de nadie y son de todos, como por ejemplo las grandes superficies comerciales, los shopping center, los aeropuertos, las autopistas, los supermercados. Lugares por los que todos pasamos pero que pueden estar en cualquier país, pues todos son iguales, o parecidos. Todos los aeropuertos, todos los grandes supermercados, todos los restaurantes de carretera con gasolinera incluida… visto uno, vistos todos. Lugares sin historia y sin gloria, sin futuro. Hoy en día deberíamos hablar también de las no-personas. Esas personas que no tienen historia, ni energía, que no harán nada por la que se les recordará, iguales entre ellos mismos, intercambiables, sin ideas propias, sin obras propias. Son lo que se conoce como taquilla, pero nunca espectador, son los números y las cifras de las estadísticas. Nunca los que firman un manifiesto, los que leen un libro y lo comentan, jamás los que lo escriben. La mayoría de nuestros políticos actuales son no lugares, no personas, entes sin futuro ni pasado, copias malas de otras copias malas que repiten sin son textos aprendidos y nunca comprendidos. Que podemos decir de los votantes que unas elecciones tras otras acuden como zombies a votar al mismo de siempre por miedo, por desconocimiento, por no tener capacidad de pensamiento propio. No personas. Cuando se habla del desastre de que los jóvenes, los que están empezando a estudiar, no tengan capacidad de comprensión de lo que leen, que no entiendan lo que repiten en sus exámenes, lo que yo entiendo es que estamos asistiendo a la formación de legiones de no personas. Seres incapaces de la crítica, del análisis, de crear una opinión propia, de discernir entre el bien y el mal, de saber diferenciar una orden lógica de otra asesina e injusta. Algo de lo que ya Anna Harendt escribió muy detalladamente: la mediocridad del mal, aquellos que son capaces de colaborar en un exterminio simplemente ajustando los horarios de trenes, las temperaturas de unas cámaras de gas, sin una mala palabra, sin una opinión propia, cumpliendo órdenes que simplemente se debían cumplir en una tautología infinita: son ordenes, luego se cumplen porque son ordenes… no personas, no lugares. Cuando la globalización supera al individuo y hasta la antropología se ocupa de la masa y no del individuo, es en ese momento en el que los arquitectos planean edificios iguales para Dubai o Londres, para Marrakesh o Porto Alegre, lugares a los que nunca irán, ni siquiera a ver las obras, sin importarles las diferencias culturales, climáticas, de paisaje de un lugar o de otro, cuando entiendo que la extrema derecha triunfe en Holanda y en Francia. Es el triunfo del no lugar, la invasión masiva de las no personas.
Cada vez que alguien menor de cincuenta años, es decir, nacido después de Robert Frank, más o menos de la generación de Maplethorpe, más joven que Diane Arbus, me dice que a él/ella, el arte actual no le dice nada, que lo que le gustan son los impresionistas y el hiperrealismo, yo no veo una persona mal informada, lo que veo es a un no lugar. Siento la falta de curiosidad, la ausencia de interés por la vida de hoy, la increíble idea de que no es necesario el cine de hoy ni la música de hoy ni el arte de hoy para seguir siendo personas de hoy. Vivir no es sólo respirar y andar, es entender, intentar descifrar las claves de nuestro entorno, de eso que llamamos sociedad, de eso que creemos que puede ser la vida. Para entender esas claves tenemos la cultura y el conocimiento, que generan opiniones y dudas, capacidad y necesidad de mejorar, de cambiar, de ser.
Imagen: Fotograma de Metrópolis, de Fritz Lang, 1927.