OPINIÓN

No sé por qué nadie se ha planteado en este país que para contratar al nuevo director de la TATE de Londres, o al conservador de fotografía del MoMA, o a cualquier director de bienales, museos o instituciones de países europeos, o incluso latinoamericanos, no se recurre al término de “buenas prácticas”, como se hace en España. De un tiempo para acá parece que hasta para elegir al presidente de la comunidad de vecinos hay que garantizar el uso de unas buenas prácticas, la limpieza en el proceso… cuando toda esta verborrea no sería necesaria si en “este nuestro país” alguien confiara en que alguna vez se puede elegir a un cargo de una manera limpia, si además confiáramos en que en ese cargo va a ejercer su función con honestidad y que en caso de no hacerlo alguien le puede exigir responsabilidades, esto sería un país adulto, serio, y no nos veríamos como nos vemos.


Se habla tanto de las buenas prácticas que nadie se lo cree. El director de un museo se debería contratar, como se debería contratar al gerente, como se contrata a un ejecutivo en una empresa, porque se le considera apto, idóneo para su función. Cuando algún museo extranjero convoca concurso para ocupar una plaza, las condiciones son claras, los interesados presentan currículo y proyecto y los encargados de contratar, la institución en cuestión, la empresa, elige sin tener que demostrar que tiene las manos limpias y sin delegar en personas ajenas a la entidad. Las buenas prácticas se sobreentienden, es algo inherente. Pero parece que hay que demostrar la inocencia, no la culpabilidad.


Es muy curioso que se exija elegir a los directores con un manual de buenas prácticas, pero ¿qué pasa con los gerentes, los jefes de restauración, de comunicación, de registro, las secretarias y los administrativos? Todos y cada uno de ellos la pueden pifiar si son deshonestos pero, en principio, sólo se les exige que sepan hacer su trabajo.


Al final todo se reduce a la confianza, algo que en este país está empezando a escasear. Hasta tal punto ya nadie se cree nada. Y es curioso que ya nadie crea ni en los que ejercen las buenas prácticas, ni en los que las aplican. El primer ejemplo de buenas prácticas, y que parecía que iba a servir de referencia, fue la elección del director del Reina Sofía por un grupo de supuestos expertos. A tal museo tal honor, se empezaba por el más importante, y se elige para ello un jurado vigilante, con hombres justos y personas de honestidad al parecer tan comprobada como su seriedad y profesionalidad.


Seguramente debido a un error yo formaba parte de ese jurado, y respondo de la limpieza y honestidad de todo el proceso, sin embargo a estas alturas (y me temo que desde el principio) nadie o muy pocos se lo han creído. De hecho continuamente se me interpela como si hubiera cometido un delito participando en el “engaño” del nombramiento, cuando ese concurso fue sin duda el más honesto de los que tengo noticia…. ¿Por qué nadie se lo cree?


Nunca he dicho que fuera la decisión ideal, que fuera el mejor jurado, nunca afirmaré que era la opción que todos y cada uno de los miembros del jurado hubiera preferido, pero sí puedo afirmar que fue una decisión unánime en función de los que se presentaron. Todos los jurados eligen al ganador en función de los aspirantes, no de sus deseos. Se elige entre lo que se puede elegir, entre lo que hay, no entre lo que no hay. Y lo que hay es esto.
Me resulta cada vez más increíble que en un país en el que nadie pide responsabilidades, en el que la idea de mecanismos de control o de vigilancia que garantice la limpieza de la gestión cultural es impensable, se dude, sin embargo, de todo y de todos. Por eso habría que pensar que tal vez sería mejor olvidarse de unas buenas prácticas cada vez más devaluadas en un país y en un sector en el que ética no rima necesariamente con estética. Deberíamos volver simplemente a la contratación de personas idóneas, y activar mecanismos de control, exigir responsabilidades en la gestión. Así sabríamos qué se hace con nuestro dinero, por qué se contrata a quien se contrata, y por qué no se despide a quien no se despide, por qué se compra lo que se compra y a qué precios, por qué se tarda años en pagar… Las buenas prácticas lo que esconden detrás de unas apariencias que no sirven ni para la galería, es un abuso de malas prácticas que hace que aquí nadie se fíe de nadie. Y no hablo de la banca. Lo mejor sería que nos intervinieran también en las instituciones culturales y que nos salvasen de nosotros mismos.


Imagen: Francesco Vezzoli. Democrazy, Sharon Stone as Patricia Hill for president, detalle, 2007.