OPINIÓN

Esta primera semana de septiembre empieza la normalidad en la vida de la ciudad, de todas las ciudades. Con el regreso, la finalización, de las vacaciones y el reencuentro con lo que se dejó cerrado temporalmente volvemos a revivir la misma situación de abandono y tristeza que se tenía antes de las vacaciones aunque, esperemos, con un poco más de energía y capacidad de aguante.


El verano nos deja, lo hemos ido informando puntualmente, una serie de pérdidas. Fallecimientos de artistas, cargos vacíos, pero sobre todo estas han sido unas vacaciones con poco descanso aunque también con muy poca actividad artística. Todos hemos estado en España atentos al anuncio de la fecha de las elecciones y aún más atentos observando lo que los recortes presupuestarios se van a ir llevando por delante de los apartados de cultura, educación y patrimonio. La crisis es la crisis, para todo.


Ya se anuncian las exposiciones de una reentreé que poco parece diferenciarse de cualquier otra: al menos en Madrid nombres como Martin Creed, José Manuel Ballester y Gregor Scheneider (todos en las salas de la Comunidad de Madrid) garantizan una cierta normalidad, y el recorte del CA2M, solo un 11% del presupuesto (frente al 50% y aún porcentajes más altos en museos de otras ciudades) no parece ser insuperable, sobre todo con la política de coproducciones que se está manteniendo.


Sin embargo, no podemos dejar que los árboles nos tapen el bosque. No sólo son nombres lo que importa en el panorama artístico, tal vez lo más importante sea todo eso que no se anuncia, que no se cuenta, que no se cuantifica. Los centros de arte que siguen, y siguen, sin directores; las ayudas a la promoción internacional y a la producción… Las exposiciones solo son la punta del iceberg artístico.


Entramos directamente en tiempos de elecciones generales, todavía recientes las autonómicas y municipales y habrá que analizar lo que estos cambios políticos, propios de cualquier estructura democrática, traen para el sector cultural. La posible desaparición del Ministerio de Cultura, sustituido por una dirección general, tal vez, y los cuantiosos recortes y supresiones de ayudas a la industria cultural que eso conllevará. También veremos, ya se sabe en todo el sector, como personajes estigmatizados por la derecha han pactado para asegurarse la continuidad en el cargo, junto con la de sus allegados. Con carnet o sin carnet, lo importante es seguir teniendo el poder en las manos.


Todavía queda por ver cómo se ajustan los presupuestos y cambios políticos en los nuevos gobiernos autonómicos en materia cultural, aunque si se recorta la enseñanza y la salud, es de suponer que los museos y las exposiciones de arte contemporáneo no tengan mucho futuro. Todo parece quedar a la espera de lo que suceda en noviembre, aunque todo parece estar ya escrito y decidido.


Por otra parte sigue pendiente la renovación de un sector que mantiene en sus cargos a las mismas personas durante décadas, en un país en el que casi nadie acepta el paso del tiempo ni la necesidad de puesta al día. En este ambiente el reinicio de temporada tiene una gran novedad, la dimisión de Rosina Gómez-Baeza, una de las personas claves en el desarrollo de la gestión y desarrollo del arte español desde los años 80, al frente de la LABoral de Gijón, centro que impulsó y defendió desde su inicio. Gómez Baeza deja el puesto después de haber trabajado duramente, siempre en esa línea característica suya de dureza y elegancia, potenciando el carácter internacional y rentable del proyecto. Se va para dejar paso a nuevos nombres, nuevos proyectos, a otras formas y a otras personas. Un gesto que muchos deberían analizar y considerar. A Rosina, como todos la conocemos, se le recordará por su trabajo y sus logros y también por su elegante y discreta forma de salir de escena.



Imagen:Julian Germain. Classroom Portraits, desde 2004.