OPINIÓN

Había pensado escribir sobre el horror que representa para la cultura, así en general, el avance de los fundamentalismos religiosos, especialmente del islámico, pero como que me dejaba mal sabor de boca después de ver los videos de las decapitaciones de periodistas. Luego decidí escribir, una vez más, de la crisis que nos asola ya hasta llegar el agua al cuello de los grandes museos españoles: Reina Sofía, Prado y Thyssen, pero me acordé de todos los pequeños museos que sobreviven con lo que estos museos gastan en comidas de sus directores, y decidí que no, que si la crisis la sufrimos todos y sobrevivimos como podemos, los grandes no se deben quejar. Y he decidido recordarles una maravillosa noticia que ha pasado casi desapercibida y que se resume en una frase no dicha ni escrita, pero que es lo primero que me ha venido a la cabeza: los especialistas reconocen que no tienen ni idea.
Resulta que las Cuevas de Altamira, con más de 18.000 años a sus espaldas han estado cerradas al público durante años, sometidas a todo tipo de exámenes científicos, luego se abrieron, como en periodo de prueba a pequeños grupos con cita que ven durante un corto espacio de tiempo, siempre acompañados, las Cuevas, que realmente se han convertido en un lugar al que ya ni piensas ir a no ser que conozcas a algún político de la zona que te pueda ”colar” en la larga lista de espera. Bueno, pues ahora resulta que el público, esas visitas medidas, prohibidas, vigiladas, permitidas con cuentagotas, no son perjudiciales, o lo son en grado ínfimo, casi incuantificable. “Los principales peligros para las pinturas se deben a la naturaleza”. Sabias palabras que equivalen a decir que se han equivocado, que no tienen ni idea. Es como un médico que te diga que fumar o beber, realmente no le va a hacer nada, porque a su edad el problema real es su naturaleza. Y es con 18.000 años de edad lo de fumar o beberse unos tequilitas ya que casi da igual. Gracias por la aclaración doctor, le invito a un trago. Y ahora los expertos se van a reunir para decidir si cierran nuevamente las cuevas, si se vuelve a abrir para grupos mínimos o si se abren para todo el mundo, hala, o le operan del corazón o le dan aspirina o que vuelva el año que viene. Es decir, que no tienen ni idea.
Esta situación más propia de una película de los Monty Python que de un comité de expertos me ha recordado la forma en que un dealer de alta época alemán trataba esos maravillosos cuadros que vendía a los mejores museos de historia del arte de su país por millones de marcos de la época: los transportaba en el maletero de su coche, envueltos en una manta, les limpiaba alguna manchita con un pañuelo mojado en saliva (si, como las madres limpian las caritas de sus niños cuando se manchan en el parque) y los entregaba al registro del museo en cuestión, donde un experto con bata blanca, mascarilla y guantes lo recibía como si fueran los pañales incorruptos del Niño Jesús. No hay que decir que a este señor especializado en pintura alemana y austriaca de los siglos XVII, XVII y XIX, nunca se le estropeó un cuadro, que sus ventas eran ejemplares y que nunca pasó por sus manos un cuadro con desperfectos. Y es que a veces hay quien se quiere rodear de más importancia de la que realmente tiene, y para eso las batas blancas, los informes y los guantes son ideales. También son estupendos los títulos, las tarjetas de presentación en relieve y colores marfil o en gama de grises, y sobre todo, considerar que las cosas son más importantes que las personas o incluso que su propio uso. Si señores, la naturaleza es el más grave peligro, pero no sólo para las Cuevas de Altamira y para la pintura de Goya o de los pintores holandeses, sino para usted y para mí. Cuando alguien muere y no se sabe de qué, los expertos dicen que murió de un paro cardiaco. Se le paró el corazón. Los viejos que no eran especialistas de nada, decían que se murió del último mal. Los cuadros se resquebrajan y en las restauraciones se les cambia hasta el color (recuerden la Capilla Sixtina, o Pontormo, que llevábamos años viendo lo que no era), los libros se queman en incendios, los edificios se caen en un terremoto, y nosotros morimos porque se nos para el corazón. No nos preocupemos tanto por lo que la naturaleza se lleve a su paso, porque lo más frágil somos nosotros, las personas, que duramos bastante menos que un óleo en el maletero de un marchante de lujo. Y, finalmente doctor, reconozcamos que lo que nos mata no es la muerte, lo que nos mata es la vida.

Imagen: Ad Reinhardt. How to Look at Modern Art, 1946.