La muerte de José Luis Cuevas (26 de febrero, 1934, Ciudad de México – 3 de julio, 2017, Ciudad de México) el último grande de la “generación de la Ruptura”, el gran artista de la neofiguración en México, pone fin a una agonía que se había convertido en un mal folletín durante sus últimos años de vida. Cuevas, pintor, escultor, grabador, dibujante y hombre clave en la evolución estética del nuevo mundo fue también un hombre con un ego desmedido, a la altura de la imagen épica de un artista. Desde muy joven destacó por su energía y por una obra que se asomaba al lado oscuro de la vida y de la muerte, con claras influencias de Goya, Quevedo o Picasso, del expresionismo alemán, Dostoievski y Kafka y también del mexicano Posada, y por su postura crítica con el muralismo mexicano tradicional de Siqueiros y Orozco. Su personaje no está exento de esa actitud conflictiva, dramática y, paralelamente, muy coqueta y mundana. A partir de la década de los 50, la obra de Cuevas empieza a ser reconocida y alcanzó notoriedad en muchas partes del mundo, y muy especialmente en México, donde ha sido el único artista vivo que tenía en la Ciudad de México su propio museo, creado y dirigido junto a su primera mujer y madre de sus tres hijas, Bertha Riestra, (con quien se casó en 1961) hasta la muerte de esta en el año 2000, debido a un cáncer. Entre 1976 y 1979 estaría asentado en Francia, en una especie de autoexilio que le serviría para un regreso muy sonado. Hombre atractivo y muy coqueto, niño terrible de la escena artística defeña, Cuevas parece ser quien bautizó como “Colonia Rosa” al corredor del Paseo de la Reforma de México, hoy conocido más por ese sobrenombre que por el suyo propio.

Como prueba del culto a sí mismo que inició desde joven y que en su enfermedad final se convirtió en una tragedia, se cuenta que durante casi tres décadas Cuevas se tomó una fotografía diaria para mirar cómo envejecía, una tarea para la que contaba con la complicidad de su primera esposa, Bertha Riestra, quien pulsaba la cámara, y concluyó a la muerte de ella. De hecho, a la hora de su muerte unos dicen que muere con 83 y otros con 86, ya que al parecer Cuevas se quitaría tres años para ser el más joven de su generación. En los últimos años, la mala relación entre sus hijas y su actual mujer, llegando incluso a los tribunales con demandas por asuntos sobre el trato médico, la gestión del museo y del patrimonio, y la negativa de la mujer a dejar a las hijas libre acceso al padre, ha sido el comentario habitual entre el mundo artístico local. Con su muerte, el hombre descansa en paz, y su obra queda libre, resistiendo el paso del tiempo y ocupando el espacio que le corresponde en la historia del arte mexicano.