OPINIÓN

  • La obra de arte en la era de la comercialización salvaje

Después del reconocimiento de la era de la reproductividad técnica de la obra de arte por parte de Walter Benjamin, llegamos a la era de la comercialización total de la obra de arte. Desde una perspectiva marxista y, sobre todo, desde una perspectiva capitalista, la masiva producción de objetos que aspiran a ser considerados como obras de arte no tiene más salida que su comercialización sistemática e interminable. Hoy en día todo pertenece ya al mercado, que es el mar adónde van a morir pinturas, fotografías, artesanías, instalaciones y hasta performances; los objetos y las ideas, las obras y las personas. Esa rapidez de un mercado que se multiplica a sí mismo en mil espejos, que se fragmentan y replican en imágenes cada vez más borrosas, lo ha convertido en un monstruo voraz que engulle todo lo que se pone a su paso. Una de las caras de ese mercado que tiende al infinito la conforman las ferias; decenas, cientos de ferias, grandes y pequeñas, asentadas o primerizas, indispensables o simples albures al azar de una semana. Los galeristas son como mavericks que acuden a la mesa de juego con una mano de cartas llenas de faroles y algunos ases ocultos. Los artistas son simples monedas de cambio en unos escenarios en el que el dinero es manejado con soltura por unos pocos, mientras los demás se conforman con unas migajas.
Todo se comercializa, hasta las performances ocupan ya un espacio en las ferias; se venden sus derechos para poder ser repetidas algún día en un museo, o en unas salas privadas en salones de millonarios, y en ese proceso lógico de los tiempos que vivimos, todo va perdiendo poco a poco su sentido. Porque ¿en una feria en la que no se vende, o en la que no se vende lo suficiente, qué papel se está jugando? Hay ferias en países claves del mercado del arte pero también en otros en donde no existe ningún mercado de arte. Hay ferias en las que sólo se mueve el arte local, sectores opacos al arte de otras latitudes, pero aún así las galerías insisten y poco a poco se van descapitalizando, buscando en otros países lo que no consiguen en los suyos propios. Las galerías apuestan todo lo que tienen a una carta; si ganan, como adictos ludópatas, vuelven a apostarlo todo en la feria siguiente. Y ya sabemos que la banca siempre gana, siempre gana el casino, la única que gana es la feria. Los artistas sufren al verse colgados en unas paredes imposibles, con unos compañeros de viaje con los que no hay ninguna relación, mal expuestos, entre una oferta que dificulta cada vez más la compra por parte de un coleccionista que ya de tanto mirar apenas sí ve nada realmente. Y en eso llegaron los curadores internacionales, esos seres que viven entre dos continentes y tres ciudades artísticamente importantes (Londres, Berlín, Nueva York, Sao Paulo….), que saltan de aeropuerto en aeropuerto, de feria en feria, de bienal en bienal, en una misión suicida que tiene más que ver con las relaciones públicas (de sí mismos) que con cualquier tarea intelectual. Ellos son los crupiers de este inmenso casino, ellos son los que dan a todo este movimiento internacional de jugadores de alto riesgo una pátina de intelectualidad, son ellos los que supuestamente van a ver más allá de donde llega la vista de los coleccionistas. Ellos asesoran a instituciones, buscan y mueven a artistas (generalmente ya reconocidos o en emergencia súbita), organizan foros, charlan con directores de museos y teóricos de postín por unas pocas monedas (las propinas del sector); ellos son las azafatas de congresos más preparadas de la historia. Mientras tanto, los artistas que ayer fueron emergentes y hoy están ya a la mitad de su carrera, se van desenganchando, decepcionados y aburridos, de un sector que cada vez cuenta menos con ellos, preguntándose dónde empezó, cuándo fue que sucedió esa quiebra en la que el arte pasó de ser un objeto reproductible a una mercancía comercializada, cada vez más ajena a su propia naturaleza.