OPINIÓN

Entre la muerte y el amor llenan prácticamente toda la historia de la literatura universal. La muerte invade incluso el territorio del amor al ponerle nombre al momento culminante: el orgasmo, esa “pequeña muerte”, la petite mort de los poetas, una muerte que es sobre todo una resurrección. Entre el amor y la muerte dicen que vivimos. Pasamos la vida esperando al amor, pero sin embargo parece que la muerte siempre viene por sorpresa. Nadie la espera. A pesar de las miles de personas que mueren todos los días en accidentes de tráfico, guerras, cáncer, enfermedades cardiacas, y casi siempre la mala suerte, la muerte nunca nos parece algo cotidiano, algo que sucede continuamente, no. Siempre es una sorpresa, nunca se le espera. Nos pilla por sorpresa la muerte de un hombre de 90 años, tal vez porque es un artista célebre y queremos creer que él, como su propia obra, “nunca morirá”. Frases hechas que son sobre todo absurdas. La obra no morirá porque en el fondo y en la forma es un objeto inanimado. No morirá porque no tiene vida, pero simbólicamente también llegará un momento en el que las tendencias, las relecturas de la historia le lleven al semi olvido de los almacenes de los museos, del que tal vez años después vuelva a resurgir en una segunda, tal vez tercera vida.

Pero tal vez la muerte sea lo único que nos une a todos, ricos y pobres, viejos y jóvenes, cristianos y musulmanes, incluso a los ateos y agnósticos, a los que les gusta el arte actual y a los que son más de lo clásico. Todos por una vez iguales, todos muertos antes o después. En el sur, a los latinos, nos gusta tanto la vida que celebramos la muerte de muchas maneras. Esta semana de Pascua es una fiesta mundial celebrando una sola muerte que simboliza también la nuestra, la de cada uno de nosotros. Sobre la muerte y los muertos, sobre los ritos de despedida se ha creado, escrito, tanto, tantas historias, tanta belleza que me resulta increíble que todavía hoy en día, tal vez más hoy en día que nunca antes, sepamos tan poco, queramos saber tan poco de la muerte y, sobre todo, la ocultemos y silenciemos tanto. Los antiguos reyes egipcios eran enterrados con sus mujeres, sus mascotas y sus criados, para que le acompañaran en la otra vida. Se construían pequeñas edificaciones junto a las tumbas, las casas del alma, para cuando sus almas volvieran a este mundo tuvieran un cobijo, un lugar donde poder estar. A los vikingos y a los indios norteamericanos se les quemaba como ritual de liberación, como un honor que liberaba sus almas y destruía sus cuerpos. Hoy hemos perdido esa belleza, esa capacidad de comprender la muerte más allá del dolor de la pérdida de la persona.
La pintura nos deja bellos cuerpos muertos, y la pintura religiosa está especializada en el dolor y en la muerte, lo que no deja de tener un cierto morbo con todos esos cuerpos semidesnudos en éxtasis de dolor. Pero el arte actual, se aleja de la presencia de la muerte como nosotros, habitantes del fin del mundo, alejamos a nuestros hijos de la gran verdad de la muerte, ocultándola, engañándoles, engañándonos todos un día más.

La muerte es también la rendición ante la vida, los suicidas son tratados como herejes y enterrados fuera de los campos santos durante siglos. Los médicos de familia falsificaban partes médicos para que se pudiera enterrar a los hijos de las familias honorables junto al resto en el mismo panteón. Y también se les glorifica como valientes voluntarios que atraviesan antes de tiempo las puertas que no sabemos a dónde nos llevan después de la muerte. Ángeles y demonios, los suicidas pueblan la historia del arte. Ellos ponen un valor y un enigma imposible de aclarar: Kitaj, Diane Arbus, Arshile Gorky, Van Gogh, Oscar Dominguez, Juan O’Gorman, Francesca Woodman, y Alejandra Pizarnik, y Violeta Parra, y Yukio Mishima y Hemingway, y Edgard Allan Poe… Albert Camus, Arthur Cravan, Edvard Munch, y tantos otros que empezamos a pensar en el suicidio como un género artístico, el fin de tanto dolor. Finalmente, la muerte se resume en una necrológica. Cada día nos vemos asaltados por muertes de famosos, ante los que los aún vivos recitan sus maravillas y su legado. Una exageración casi siempre ridícula y artificiosa. Alguien dijo que al morir habría que dejar un cadáver hermoso, tal vez sea suficiente con dejar silencio. Un buen recuerdo tal vez sea pedir demasiado, pero yo, por si acaso, me voy a escribir mi propia necrológica, porque nadie me ha conocido mejor que yo, porque odio caer en las manos de algún becario que no sepa quién fui, y por no molestar. Sobre todo por no molestar.