ZONA CRÍTICA

  • Enrique Marty. Alguien, creyendo que hacía algo bueno, liberó a las serpientes

Casi quinientas esculturas ha metido Enrique Marty (Salamanca, 1969) en la Capilla de los Condes de Fuensaldaña. Es todo un reto frente a este espacio no excesivamente grande que conserva las trazas góticas de su arquitectura original y que, tras su ruina completa, fue restaurado para incorporarse como sala expositiva del Museo Patio Herreriano de Valladolid. Bajo su cielo raso de perfil moderno y la luz difusa que se impone tras la remodelación, se cuadra este ejército de personajes grotescos, miserables o patéticos (cuando no sencillamente abyectos), monstruosos, enfermizos… todo menos edificantes, y no obstante innegablemente conmovedores.

Quinientas esculturas apretadas allí dentro pero férreamente ordenadas, formando un conjunto denso aunque cada una de ellas con su autonomía, dando lugar a historias disparatadas y relatos divergentes donde al cabo, sin embargo, se trama una escena que las reúne para dar lugar a un relato coral… todo un reto, ya os digo, del que el artista ha salido más que airoso.

La fascinación por el mundo de la imaginería la ha reconocido el propio artista desde sus comienzos, y en el contexto de Valladolid se hace especialmente presente: “Me fascina el mundo del barroco, ese sentido trágico de la vida… Me encanta la imaginería, las imágenes policromadas de madera con los ojos de cristal, son casi satánicas… Es uno de mis focos de inspiración en cuanto a la escultura. El Museo del Prado está lleno de horrores, de torturas… Ribera, por ejemplo, ha pintado tanta sangre… Pero como es antiguo y está en un museo la gente no se escandaliza. En mi obra hay muchos guiños a la Historia del Arte.”

En efecto, cada una de las piezas de este conjunto en el que lleva trabajando cinco años (en 2013 ya se mostró una parte en Bruselas, en el contexto de la exposición Cultural Freedom in Europe, comisariada por Filip Luyckx), es una suerte de recreación de otras que al artista le han llamado la atención por algún motivo en sus continuas visitas a museos durante sus viajes. Museos de cera o de arte, de arqueología, etnográficos, de medicina o ciencias naturales… la inspiración puede llegar de cualquier lado. Lo que en ellos fotografía se convierte ya en su estudio en una impresión doméstica y de no muy alta calidad que muestra por unos instantes a sus colaboradores, para entre todos ponerse a trabajar en este brevísimo estímulo iconográfico. La fotografía impresa se destruye casi inmediatamente de que todos la hayan visto, y el cuerpo de la escultura nacerá a partir de esa visión fugaz de los desechos y materiales en desuso que se acumulan en el taller.

El proceso, repetido quinientas veces, da lugar a instalaciones y a esculturas de bulto redondo, pasando por vitrinas con bibelots, variopintos objetos, ready-madesrectificados, piezas inclasificables, estructuras abstractas… Todo y nada: la variedad de cuanto reúne y clasifica el museo sufre aquí un proceso deformante de reciclado y mezcla, de amalgama que lleva a la característica ambición narrativa de Marty a contar del mundo de manera apenas reconocible. Porque cada porción del universo humano entre sus manos cobra la capacidad de unirse a cualquier otra, por distante y disímil que sea. Es, parece claro, un proceso megalómano y algo enloquecido que roza el horror por múltiples puntos: desde lo contaminado hasta lo monstruoso (en cuanto inhumano, bestial e incompleto).

Frente al abigarrado acúmulo de citas y paráfrasis, al espectador apenas le queda espacio –literalmente- para entrar en ese mundo obsesivo de Marty, viéndose obligado a recorrer el conjunto pegado a la pared, al modo de un deambulatorio o las girolas de las catedrales. También los belenes vivientes o los misterios, como el de Elche, se recreaban en los ábsides de las iglesias. Es el lugar adecuado para encarnar los entresijos de la creación.Desde allí, además, cobra autoridad moral el sentido de lo que se cuenta a la comunidad. Os lo recalco no tanto porque el artista dedique esta exposición a la figura trágica del último Nietzsche agarrado al cuello del caballo golpeado en Turín mientras lloraba ya demente, sino porque frente a las interpretaciones que quieren ver una suerte de complacencia hedonista en todo su trabajo, la recreación una y otra vez de sus obsesiones privadas y sus fantasmas familiares, yo sospecho que lo que nos ofrece no es sino una suerte de espejo deformante donde gracias a no reconocernos exactamente podemos intuir cuánto de lo que anida en esas figuras asquerosas y embrutecidas es parte de nosotros.