OPINIÓN

Muchos de los que hoy me leen recordarán una invasión silenciosa que ocurrió en las grandes ciudades de medio mundo hace apenas unos años. Unas vacas gorditas, de un material indefinido, coloreadas como si fueran muñecos y disfrazadas de toreros, de cantantes, de tazas de café con leche, de vaqueros…; de mil formas inverosímiles, fueron colocadas en las grandes avenidas de estas ciudades, en lugares emblemáticos, como en Madrid el paseo del Prado, en México la Avd. Reforma, etc. Así, en la puerta del Museo del Prado, cerca de la estatua de Velázquez podíamos ver una vaca que parecía una caricatura de la idea de un pintor, y en las calles principales, en las puertas de los museos, en plazas concurridas… Aquello se fue trasformando en un carnaval, en unas fallas sin la purificación final del fuego destructor… y como aún no se había inventado el selfie, unos les pedían a otros que les hicieran la foto junto a esa vaquita tan simpática. Desde entonces no sólo ha mejorado la posibilidad fotográfica de eternizarnos a nosotros mismos junto a las cosas más inverosímiles, sino que la idea de lo que viene conociéndose como “arte público” ha ido expandiéndose hasta un infinito cercano al horror. El arte público es eso que nos encontramos en las calles y que no son ni casas, ni coches, ni gente, ni árboles, no te puedes sentar encima, no tiene ningún uso, suele ser horrible y nadie entiende por qué está ahí ni recuerda desde cuándo; y mucho menos para qué se puso. Antes era más fácil, sólo se decoraban las ciudades con monumentos conmemorativos que pasado el tiempo todo el mundo olvidaba lo que conmemoraban pero estaban ya incluidas en el trazado de la ciudad, pues se instalaron en el momento en que ésta se construía. Y si no creo en absoluto que cualquier tiempo pasado fue mejor sí estoy absolutamente segura de que cualquier concejal o asesor de urbanismo de hace más de dos siglos tenía mucho mejor gusto que los actuales. El resultado es que hoy en día se colocan en las calles con la excusa del arte público, horrores sin fin. Ahora mismo en México las vacas han mutado en colosales (y horrorosas) guitarras eléctricas pintarrajeadas. Y parece ser que a los novios, niños; y gente en general, les gusta porque no paran de hacerse fotos con ellas. No se dan cuenta de que es una invasión y que acabarán por alterar por completo su noción de arte, de público y de estética.
¿Quién es el infiltrado que decide que esas mierdas se coloquen en las calles? ¿Quiénes se han propuesto acabar con el poco buen gusto que queda en la sociedad, después del triunfo de gente como Beyoncé, de las limusinas, los calentadores de punto sobre las botas y otras lindezas propias de un museo de cera y no de la vida real? El triunfo de las vacas mutantes ha venido propiciado por todos los trastos que se han colocado para, con dinero público, enriquecerse unos pocos; ¡lo único qué es más popular que el selfie!. Sin embargo me resulta cuanto menos curioso que la “gente” arremeta contra el dilatador que Paul Macarthy coloca en París en la Plaza Vendôme y acabe destruyéndola y nadie haya destruido una vaca cocinera ni una guitarra con guantes acoplados en sus laterales…. Hay cosas que sinceramente nunca podré entender. Pero es que claro, esos horrores pertenecen al mundo de la figuración más simple e infantilizada hasta la estupidez, y aquí hay que recordar los cientos de caballos voladores que rodean los aeropuertos de medio mundo, las gordas insoportables de Botero que son el antecedente más obvio de las vacas, a esos homenajes al reloj de pulsera, a la paella o a cualquier otra cosa que no hay por qué homenajear. Conocemos a los responsables de todas estas atrocidades, que suelen ser alcaldes, concejales, políticos de mano larga y cerebro corto, pero nadie busca ni se pregunta por los culpables morales de todo esto. Porque, mientras estos disparates se hacen realidad y permanecen en nuestras ciudades, los directores de museos, sus curadores, los teóricos de estética, los profesores, todos aquellos que buscan y rebuscan de dónde pillar una idea para plantear una subteoría abstrusa… todos ellos no dicen nada, miran para otro lado y callan. Todos ellos han expulsado a la gente, a eso que se llama público, de las salas de los museos, del mundo de la cultura, haciéndola cada vez un mundo mas incomprensible y menos placentero, dejándoles en las calles, a merced de las vacas mutantes. Por eso esas largas colas de futuros espectadores a las puertas de los museos no arremeten contra ese becerro de oro despreciable. Simplemente lo ignoran, y es así, a partir de la ignorancia de la ciudadanía, como las invasiones triunfan, cuando nadie se toma la molestia de tomar partido, cuando todos creen que a ellos no les afecta… y así el Imperio de las Vacas Mutantes, ayudadas por sus amigos Las Guitarras monstruosas, triunfarán en el mundo y todos tendremos nuestra pequeña vaquita encima del televisor, para ver mejor a Beyoncé y compañía. Entre vacas anda el juego.


Imagen: Una de las vacas de Cow Parade, Madrid, 2009.