Parafraseando la obra de Wilde, bien podría llamarse de este modo el documental Qué extraño llamarse Federico, título en referencia a un verso de otro Federico, esta vez de García Lorca, y que sirvió para sacar del retiro (autoimpuesto) al cineasta Ettore Scola (Una jornada particular,(1977); La familia,(1987); quien rinde homenaje a su amigo Federico Fellini con motivo del vigésimo aniversario de su muerte; hacer constar que el documental está fechado en 2013 y llega ahora felizmente a nuestras pantallas. En él se combinan imágenes de archivo y escenas rodadas en Cinecittà, donde Scola evoca su encuentro con él en la revista satírica Marc’Aurelio en los años cincuenta, recuerda los amigos comunes (entre ellos Marcello Mastroianni) y, sobre todo, el placer compartido de hacer cine. Una forma de entender el cine y de rodar que ya no existe.
El prestigio del cine italiano, debido principalmente al tremendo éxito y respeto que surgió a nivel internacional con el neorrealismo (Rossellini, De Sica, Visconti…) que permitió consolidar su potencia industrial. Como todo evoluciona… dos grandes figuras se postularon en el llamado pos-realismo italiano, Michelangelo Antonioni y Federico Fellini, dos hijos putativos y contestones que surgieron a raíz del movimiento neorrealista; tal y como afirmaba el mítico Fellini: “No veo la línea divisoria entre lo real y lo imaginario. No me siento responsable de tener que poner en orden todo eso. Soy capaz de asombrarme sin límite, y no sé por qué habría de poner una pantalla pseudoracional delante de ese asombro”.

Federico Fellini (Rímini, 1920 – Roma, 1993) empezó como caricaturista en el periódico satírico Marc’Aurelio (salvando las distancias, una especie de Charlie Hebbdo, eso sí, en pleno régimen fascista y cuando la Iglesia todavía tenía un gran peso político y social); igualmente empezó colaborando como guionista y ayudante de dirección de Roberto Rossellini en películas ya míticas: Roma ciudad abierta (1945); Paisá (1946); Europa 51 (1952). Ya como director en solitario en El jeque blanco (1950) apuntaba ya su sentido del espectáculo extravagante y tendente a la caricatura histriónica (características ambas en su obra posterior); La Strada (1954) fábula poética o sátira agridulce que se convirtió automáticamente en clásico y obra de referencia para multitud de cineastas; Las noches de Cabiria (1957); especial mención aparte merece La Dolce Vita (1959) film mítico no ya de su célebre autor sino de la cinematografía europea. Causante de un enorme escándalo, no obstante hasta 1981 no se exhibió en España, para esta sátira de la frívola burguesía romana. Ocho y medio (1963); Giulietta de los espíritus (1965); Satyricon (1969)… llegando hasta la década de 1970 donde su estilo se vuelve más manierista y algo repetitivo, dejando alguna que otra gran obra de por medio. Realiza un ciclo dedicado a vivencias íntimas, recuerdos de su propia infancia en Roma (1971), pero muy especialmente en Amarcord (1973) donde sin una línea argumental clara, viene a ser una sucesión de recuerdos y sensaciones de su autor: “La memoria en sí no es la clasificación inmutable de algo, es el recuerdo creado por uno mismo, siempre problemático y cambiante, de un hecho vivido emocionalmente (…) mimamos y transformamos algo que creemos que nos ha pasado de una cierta forma”. Con una escenografía hiper-barroca en Casanova (1976) abordó una especie de biografía del célebre libertino veneciano, y una de las películas favoritas del director: “mi película más bella, la más lúcida, la más rigurosa, la mejor resuelta estilísticamente”. Con un respaldo cada vez menor de la crítica y sobre todo del público, encontró cada vez más dificultades para encontrar financiación para sus proyectos que se fueron volviendo cada vez más intimistas; Ensayo de orquesta (1978), Y la nave va (1983); Ginger y Fred (1985); Intervista (1987); y finalmente La voce della Luna (1990) que supone la despedida de su autor: “creo que todas mis películas intentan desenmascarar el prejuicio; la retórica, el esquematismo, las formas aberrantes de cierto tipo de educación y del mundo que ésta ha producido”. Una obra que es referencial para entender gran parte del cine italiano, un estilo con una voz propia, que aparte de regalarnos grandes momentos, nos descubrió a su musa (y esposa) Giulietta Massina; el gran Marcello Mastroianni, como alter ego del director en 6 colaboraciones, no sin restar menos importancia el binomio creado con Nino Rota, desde los inicios hasta la muerte del célebre compositor en 1979.
En 1993 recibía su quinto Oscar (esta vez honorífico) “en reconocimiento de sus logros cinematográficos que han emocionado y entretenido a audiencias en todo el mundo”, seis meses más tarde fallecía a la edad de 73 años, víctima de un derrame cerebral.
El documental repasa grandes momentos de algunas de las películas aquí nombradas pero sin caer en nostalgias, prevaleciendo el tono irónico y leve. Cerrándose con un resumen magistral de secuencias tomadas de las obras que lo hicieron famoso en el mundo al gran Federico Fellini.

Imagen: Fotograma del documetal Qué extraño llamarse Federico de Ettore Scola, 2013.