OPINIÓN

No sé en qué momento el desnivel del tobogán nos ha obligado a aumentar la velocidad hasta descontrolar nuestra bajada. Sé que estoy metiéndome en un territorio hostil, un terreno lleno de minas antipersonales. La crítica, desde el ya lejano pero imborrable rechazo del impresionismo, no se ha recuperado y no parece capaz de dar un paso al frente y dar una opinión rotunda, por miedo a equivocarse, por miedo a perder amigos y trabajo. Por miedo a que nadie la quiera. Yo tampoco lo voy a hacer, al menos no todavía. Tal vez el momento de inflexión, ese pequeño gesto que abriría la puerta al declive inverosímil de la inteligencia fue cuando una librería de algún museo decidió colocar unas tacitas de diseño junto a Los Pasajes de Walter Benjamin. Luego llego la importancia irreversible de las cafeterías y restaurantes de los museos, desatando un debate que nunca despertaron los almacenes ni los servicios internos de registro… pero la cocina y los cocineros estaban dispuestos a llegar hasta el final: de momento hasta ARCO, protagonizando una burla a todo un sector cada vez más débil y abrumado. Pero nada tan brutalmente celebrado como las inauguraciones con djs, música y cervezas para todos. Y para cenar, comida de autor. Los autobuses que nos llevan de Madrid a Burgos, del DF a Puebla, de cualquier ciudad importante a otra menor pero con museo que inaugura y quiere que vayamos todos, o algunos, tal vez los más guapos y los más ricos solamente… para tomar y comer cosas deliciosas que tapan la importancia de cualquier instalación o pintura que, al fin y al cabo tampoco es para tanto. Además, compramos cecina, sobaos o cerámica local… y tal vez el catálogo de la exposición, o tal vez tampoco, porque como dicen algunos “grandes coleccionistas”: los libros pesan mucho y ocupan mucho espacio. Viva la frivolidad. Y así, poco a poco, llegó Alaska y su Vaquerizo, los debates inverosímiles en televisión y las noticias de los precios increíblemente altos, los escándalos inocentes del arte (desnudos, performances, ironías, algún artista que se clava el pene al suelo en la Plaza Roja de Moscú como protesta… como si tantas otras personas no se dejaran los sesos y la sangre en performances mortales por todo el mundo sin que nadie les considere artistas)… ya no molestan a nadie. Y ese mismo nadie nunca se pregunta cuánto cuesta un Porsche, un yate o un ático de 1.000 metros cuadrados en Marbella, por ejemplo. Pero una obra de arte, ¡qué escándalo! ¿Cuánto dice que cuesta? y, además, al parecer eso mismito lo puede hacer el niño de la señora del cuarto. Mientras tanto esa estúpida frivolidad que hace que la pieza destacada de una feria de arte sea una figura de Franco en cera o en lo que sea, o que un streaptease fugaz centre la atención de todos los medios; es lo que se conoce como criterio artístico y criterio informativo: alfalfa y cebada para todos, cocinada por Adrià, a precios inaccesibles para usted y para mí. Paletos todos, y listillos algunos. Viva la frivolité que lleva a nombrar como subdirectora de uno de los museos más importantes (que no mejores) de Latinoamérica a una princesa, sin reino, divorciada (¿o será exprincesa?) amante del único artista albanés conocido, de la que sólo sabemos por el Hola. Y es que la frivolidad, el amiguismo no tienen límites y cruzan los mares, atraviesan el mundo en una red de amigos y favores que llenan los debates, las inauguraciones y los staffs de medio mundo. La frivolidad no es Piero Manzoni y su “Mierda de artista”, ni por supuesto el gesto abisal de Fontana rasgando el lienzo, ni Yves Klein lanzándose – o no – desde una ventana al vacío de una calle parisina. La frivolidad no tiene nada que ver con la genialidad de Warhol ni con el sombrero de Beuys, ni con el paraguas negro y el negro que lo llevaba de Louise Bourgoise paseando por Venecia. Jeff Koons y Cicciolina jugaban a escandalizar mientras el artista, no la porno star, construía una sólida obra que nos cuestiona nuestra vida y a nosotros mismos. Nada más alejado de la frivolidad. El único arte frívolo es el mal arte, el que no tiene sustento ni en las ideas ni en las formas, ni en los conceptos ni en su representación. Demian Hirst no puede ser frívolo, puede estar agotado. Ese artista de Miami que ha roto una vasija del frívolo Ai Wei Wei no es frívolo, es un artista desesperado. A mí también me gusta beber y comer, y viajar en autobús ( y jugar al parchís), pero sobre todo detesto la estúpida frivolidad que se basa en la ignorancia y en el oportunismo. O que se basa en la estrategia y el conocimiento. En cualquier caso creo que el arte actual se merece más respeto que la política actual, el mismo respeto que el deporte actual, por lo menos. Tal vez con que nosotros mismos alejásemos de nuestro entorno esa aburrida frivolidad podríamos ser respetados por todos los que no nos entienden. Y sí, al final a la crítica no nos quiere nadie… tendremos que seguir viviendo igual. Al fin y al cabo, el amor parece ser que está en el aire..
Imagen: Ricardo Muñoz Izquierdo. Algo huele mal, 2013.