OPINIÓN

La fuerza de una imagen supera el paso del tiempo, la verdad es que el tiempo puede convertir una imagen vulgar y anodina en algo que te hace pensar, que te impresiona, algunos incluso piensan que se puede convertir en una obra de arte.

Aquí tenemos a la familia Ramer, fotografiada en 1945. Hoy su imagen sirve como tarjeta de invitación a la exposición que en el museo de fotografía de Amsterdam (FOAM) dedica a la fotografía vintage de diversos estudios de fotografía entre ellos el Disfarmer (*) de Herber Springs, en Arkansas, Estados Unidos. Loui Ramer, vestido de uniforme (seguramente un soldado americano más en la II Guerra Mundial) aparece en una típica foto familiar junto a su mujer Alma y a sus tres hijas: Lucille, Avonell y Faye. La foto nos dice claramente que estamos ante una familia humilde, que se presentan en el estudio del fotógrafo seguramente con sus mejores ropas, pero que a pesar de eso no pueden disimular la crisis por la que está pasando en ese momento la sociedad. Una familia tal vez de granjeros que con el hombre en el frente, lucha por sobrevivir a una guerra que cambiaría el mundo. Es un grupo triste, la cara de Alma refleja cansancio y la dureza del trabajo en el campo; Loui seguramente más joven de lo que parece, tiene esa mirada perdida del que no puede disponer de su propio destino. Un hombre curtido, alejado de su vida y de su familia por una guerra de la que tal vez nunca volvería. Las tres niñas mantienen una mirada entre escéptica y aburrida. Lucille, la mayor, la única que lleva reloj como atributo de su jerarquía familiar, la más seria y responsable, ya asoma al mundo de los mayores, seguramente madre suplente de las dos pequeñas, la única ayuda de su madre en la casa, la referencia de sus hermanas pequeñas. El peso de la responsabilidad y el agotamiento de un modelo de vida rural, de pueblo ínfimo, asoma en su rostro. Seguramente Lucille se fue a la ciudad poco después de la adolescencia, o tal vez no, tal vez se casó antes de los 20 con algún joven granjero de la zona, para, huyendo de su casa, repetir la misma secuencia de hechos y penalidades. Avonell y Faye se integran al grupo familiar apretadas, formando un sólo cuerpo, son las pequeñas, las que todavía pueden jugar pero ya son sensibles a la tristeza de un hogar incompleto, a la falta de alegría del entorno; solamente en su mundo particular, de juegos y sueños tal vez imposibles, estas dos niñas pueden ser realmente niñas, habitantes de ese mundo ideal que debería ser la infancia de todos los niños.

Esta foto no nos dice nada de lo que a esta familia le sucedería después de tomarse este retrato. Simplemente es una puerta abierta a un futuro que cada uno de nosotros podemos imaginar, reconstruir, sin llegar a saber nunca si nos acercamos a lo que realmente sucedió. Este retrato de familia es hoy una pieza de museo. Naturalmente nadie les ha preguntado a los miembros de la familia Ramer si están de acuerdo en que su retrato se exhiba ante desconocidos, ni siquiera si podía ser adquirida por unos coleccionistas de fotos antiguas (vintages); ellos no tienen derechos de imagen ni de reproducción, ellos siguen sin ser nadie. Fueron utilizados en la guerra como carne de cañón, en la paz como productores de base, como reproductoras de futuros soldados, como base social de un imperio. Ahora, tantos años después, seguramente todos muertos ya, siguen siendo utilizados como documento social, como supuesta obra de arte. Siguen sin tener derechos, ni siquiera a su propia imagen. Esta foto llegó recientemente a mi mesa de trabajo, una invitación a la exposición. La fuerza de las miradas, la soledad de este grupo encapsulado en esta pequeña fotografía me ha llevado a escribir unas líneas que deberían ser más, que deberían indagar en cómo la foto documental, histórica se ha convertido en algo diferente y en cómo se pueden entender los derechos de autoría, los derechos de los que son retratados sin saber qué futuro tendrán sus imágenes. En cualquier caso, es sin duda una gran fotografía, tal vez no tanto por el fotógrafo como por lo que la familia Ramer nos está contando y a la vez ocultando.

 

(*) Gran parte de los archivos del estudio Disfarmer fue adquirido por Michael Mattis & Judith Hochberg y por la Edwynn Houk Gallery de Nueva York, con cuyo apoyo se ha podido realizar esta exposición abierta en Amsterdam desde el 18 de marzo hasta el 5 de junio, dentro de una serie de exposiciones sobre fotografía de estudio, remarcando el creciente interés por la fotografía popular y su transformación en documento social y obra de arte. El estudio Disfarmer, como cientos de estudios en todo el mundo, fotografiaban a las familias de la zona, granjeros, artesanos, y sus familias, sus fotos familiares, las de los eventos privados y sociales, generando ingentes archivos que el tiempo ha transformado en objetos de coleccionismo, en material de exposiciones, en obras de arte reciclables. En otra cosa diferente. Todos se han beneficiado en este proceso, excepto los fotografiados, ellos nunca han sido consultados sobre la utilización de sus imágenes ni han recibido ningún tipo de beneficio por ello.