OPINIÓN

Cuando estudiaba arte en la Universidad, una de las cosas que aprendí, aunque no estaba en ningún libro, fue que la pintura había que mirarla desde la distancia adecuada. Más o menos el doble del ancho de la obra en cuestión. Ahora, ese consejo de un profesor que nos tenía hipnotizados a todos los alumnos me parece un poco simple, incluso anacrónico, y no sé si sirve igualmente para la fotografía o para una instalación… Ese profesor ha quedado obsoleto hace muchos años y ya no hipnotiza a nadie. Pero, tal vez, el consejo no fuera más que una metáfora: mantente a distancia de todo, para que no te salpique la sangre, para tomar perspectiva de las cosas. Relativiza, enfría la pasión. Esa es también una lectura posible.

Mantener la distancia adecuada es un consejo excelente para los artistas, que hacen sus obras pensando (más bien sin pensarlo) que cualquier espectador va a entender perfectamente, y nada más ver su obra, qué es lo que nos está contando, a qué hecho de la historia local de su país se refiere; que todos vamos a saber que esos dibujos están hablándonos de su infancia, del deseo inexplicable. No, querido artista, el espectador ve unos dibujos, un tapiz reconstruido, una escultura multiforme, unas fotos inconexas… difícilmente podemos adivinar qué te pasó en tu infancia, qué situaciones vivieron los pioneros de tu civilización; nosotros, los que miramos, sólo vemos lo que has hecho, pero no compartimos contigo nada más que unos momentos en una exposición, y tú no puedes estar siempre al lado de tu obra explicándonoslo todo, algo, por lo demás, poco atractivo y agotador. Guarda la distancia adecuada con tu obra, enfría la pasión, piensa en todo lo que no conoces.

Es también un gran consejo a la hora de ir por el mundo, y sobre todo por la sociedad artística: nunca respondas apresuradamente a una pregunta de nadie, menos de un galerista o de un artista. Ante la pregunta ¿Qué te parece la obra de este artista? No contestes rápidamente, guarda la distancia adecuada. “Muy interesante” puede ser una forma adecuada, pero no sigas, procura enfriar la situación porque si te adentras en la selva de las palabras vacías puedes caer en una fosa. Todo esto, y mucho más, es lo que seguramente nos quería decir aquel profesor en aquel momento. La distancia ayuda para ver el conjunto de las cosas, la escena global.

Por ejemplo, cuando un artista gana un premio determinado, sobre todo cuanto más importante es el premio, conviene poner un poco de distancia y ver la escena total, es decir, saber quién forma parte del jurado, saber si en él hay algún amigo íntimo, cómplice del artista en cuestión. Saber el nivel de conocimiento del resto del jurado, porque si son expertos se puede entender… Y si sólo se han enterado por las noticias de moda… también se puede entender. La distancia a veces es también sinónimo de prudencia, pero las más de las veces, es algo parecido a la experiencia, a un conocimiento vital que te está diciendo al oído “no te lo creas, no te lo creas, por favor, ponlo en duda, búscale las vueltas… enfría el tema”.

La distancia, además, viene bien para no enfadarse más de la cuenta, para comparar opiniones diferentes. Viajar es una buena enseñanza, pero sobre todo escuchar las opiniones de la gente de otros países, de otras culturas, de otros campos de conocimiento, eso te hace relativizar todo lo propio. Con esa distancia entiendes mejor cuáles son las diferencias y cuáles son los parecidos entre unos y otros y, de repente, comprendes que un hombre nacido en Siria y criado en Canadá que ahora, ya con más de 40 años, vive en Nueva York y al que no has visto en tu vida ni él a ti, está más cerca de ti y comprende tus opiniones mucho mejor que otras personas nacidas en tu misma ciudad, que hablan tu idioma y supuestamente comparten tu tiempo y tu cultura. De esa distancia hay que aprender, y esa es una de las pocas virtudes de estar siempre en movimiento como un derviche de la vida girando sin parar sobre sí mismo: se anula cualquier idea de diferencia, de superioridad, cualquier deseo de ser más, cualquier gesto de nacionalismo anacrónico. Es una distancia, la adecuada, para sentirte parte, una parte pequeñita, de la humanidad.

A veces la distancia tiene que ser de miles de kilómetros pero, otras veces, basta con unos centímetros. Unos centímetros a veces son suficientes para mostrar el respeto necesario al otro. Con unos centímetros de prudencia muchos de los que hoy son acosadores, abusadores, gentuza, se hubieran quedado en admiradores, pesados, gente prudente. Unos pocos centímetros marcan la diferencia entre lo correcto y lo indeseable. Y como estamos viendo tantas veces, el tiempo es otra medida de distancia que nos hace ver con claridad lo que en su momento no supimos comprender o apreciar exactamente: desde una obra de arte que no comprendimos, un artista que no valoramos, un libro, una película que menospreciamos, hasta algo que no nos atrevimos a hacer o a decir. Pero la distancia, sea en centímetros, kilómetros o años, no significa que no podamos recuperar lo perdido, muy al contrario, simplemente nos está ayudando a comprender cual es la distancia adecuada para valorar los hechos y las experiencias. Creo que ahora ya podemos saber cuál es la distancia adecuada para muchas cosas, y la unidad métrica puede ser la paciencia, el valor y la solidaridad.

La distancia que las mujeres hemos tenido que guardar, el tiempo que hemos tenido que esperar para decir “Basta”, ya sabemos cuál es. El momento es ya, y la distancia la suficiente para dar nombres y detalles. Para perder el miedo y saber que ninguna de nosotras está sola. Nunca más. El tiempo del acoso, del abuso en universidades, escuelas, talleres, instituciones, en la vida profesional, en la privada y en la pública, ya se ha acabado. Y, ahora, con la distancia de nuestra infancia y nuestra juventud, es cuando lo entendemos todo perfectamente.