OPINIÓN

  • La corrupción como espacio simbólico

El exceso siempre actúa como un normalizador. Cuando los refugiados que huyen de una situación política o social inaguantable son una cantidad asumible, son dignificados por todos y asumidos como una demostración de la solidaridad internacional. Cuando son demasiados, multitudes, de alguna manera se convierten en algo habitual, cotidiano, su existencia se normaliza y aunque el problema no se solucione, ni siquiera se afronte, se disuelven entre los otros problemas más novedosos, que nunca faltan. Con la corrupción pasa algo similar: cuando es un caso se convierte en escándalo, cuando es generalizado, pasa a ser un escenario conocido y habitual. Que en Francia, el país de la grandeur, el candidato de la derecha (por supuesto amante padre de familia y ciudadano destacado, patriota sin mancha) se mantenga como candidato hasta el final, imputado por varios asuntos de corrupción flagrante, demuestra que la corrupción es una línea más en un currículo. Su derrota no es suya particular, sino de su partido. España se ha convertido en un territorio infectado, donde en mayor o menor medida prácticamente todos los partidos tienen algún miembro con la enfermedad. Pero nadie como el partido del gobierno, reelegido sistemáticamente por los votos de una mayoría oscilante: en el PP es difícil encontrar a alguien limpio de mancha o de duda. Pero no importa porque ese territorio, el de la corrupción, se ha generalizado y después del asombro y de la indignación, como en los siete pasos de los alcohólicos, viene la aceptación. Aquí desde el Rey para abajo, todos somos iguales: corruptos, por acción u omisión. Y ni pasa ni va a pasar nada, porque la corrupción se ha convertido en un espacio simbólico, un espacio espectacular que se muestra obscenamente desprovisto de cualidades frente a todos, todo el tiempo. La divulgación de sus vergüenzas (desde la aceptación de regalos absurdos, hasta la obsesión por la elegancia y el bien vestir, la connivencia con mafiosos profesionales, etc.) iguala a las familias bien de toda la vida con los políticos del pueblo. La única curiosidad es quién será el próximo en desfilar por una pasarela que sabemos que no va a ningún lado, como las pasarelas por donde desfilan las modelos en las semanas de la moda.

En este espacio simbólico internacional, porque existe en España, en Francia, en prácticamente todos los países latinoamericanos y, desde hace poco, también en Estados Unidos, representado por el presidente Trump y su familia, la única importancia del arte es su capacidad para blanquear dinero. Claro que para eso sirve desde un cuadro de Monet hasta una colección de plumas estilográficas, y es que blanquear el dinero de la corrupción con obras de arte no es un signo de interés por el arte, sino una apuesta de riesgo que no conlleva ningún valor intelectual. Aparte de esta función blanqueante, las artes plásticas nunca han tenido tan poca importancia en la situación social y política en ningún momento de la historia. Ni en la política oficial, ni en las trincheras de la oposición y la queja. Los pocos reyes que quedan están más ocupados en los sombreros, en la caza y en conservar sus privilegios que en el arte, ya no hay pintores de corte, ni la Corona es un exquisito coleccionista como lo fueron hace siglos, en el origen de los grandes museos nacionales como el Museo Del Prado. No, ahora hasta su retrato oficial se lo elige alguien, generalmente no sólo con un gusto anacrónico y escaso, sino con nula relación con el arte actual. No recuerdo ahora si algún cargo político o monárquico, en algún lugar del mundo, ha optado por la fotografía dejando la pintura a un lado. La política actual, interpretada por actores de segunda fila, no es una ópera sino una opereta bufa de mal gusto. Hoy no hay ni siquiera pintura de historia, la historia la hacen los refusés, que son, somos, todos los que nos dedicamos al arte actual. Ni siquiera las Bienales en sus pabellones oficiales representan al país que paga su presencia, nada más que de forma intrincadamente simbólica. Y desde luego ni los políticos, ni los gobernantes, ni las clases altas del país tienen en sus casas ni en sus colecciones obras de estos artistas. Y aunque algunos críticos, comisarios, teóricos y por supuesto bastantes artistas, se esfuercen por cambiar la situación, hay que recordar que en una situación en la que la cultura y el conocimiento se queda relegado a bizarros concursos de televisión, en el que hechos cercanos de la historia nacional son desconocidos u olvidados por las nuevas generaciones, donde los medios ridiculizan permanentemente el buen gusto, las estéticas actuales, y todo lo que no sea espectáculo, la batalla está perdida. El arte sólo encontrará su sitio en el nuevo espacio simbólico si muestra sus vergüenzas y asoman los casos de corrupción, que por supuesto los hay, algunos como el del IVAM de Valencia, ya en investigación judicial, pero mucho otros todavía ocultos. Pero la corrupción en el arte es tan poca cosa a nivel de números y millones, que frente a lo que hemos visto, y a todo lo que nos queda por ver, sigue siendo insignificante.