OPINIÓN

La pintura de batallas, de enfrentamientos entre ejércitos bien armados y el pueblo airado que defiende sus ideales, o reivindica sus derechos, viene desde el origen de la pintura. Un ejemplo básico es el cuadro de Francisco de Goya La carga de los Mamelucos, pintado en 1814 una vez concluida la Guerra de la Independencia española, y que junto con Los fusilamientos de la Moncloa y Los Desastres de la Guerra, forma el bloque de obra de Goya sobre la violencia y el disparate enloquecedor de la guerra. Después ha sido la fotografía, bien de prensa bien documental, la que ha puesto la barbarie, la injusticia, el abuso de poder y la violencia en imágenes que hemos podido ver todos. Imágenes que se han convertido no sólo en revulsivos sociales, en cantos a la justicia y al orden, sino también en gritos de vergüenza y, en muchas ocasiones en obras de arte.


A los ejércitos y a los cuerpos represores no les gusta que les pinten ni que les saquen fotos, tal vez por eso cada vez se tapan más, se ocultan detrás de sus uniformes de la Guerra de las Galaxias, para poder machacar con su violencia y desdén a ese pueblo desarmado que sale la calle a defender sus derechos. Francisco de Goya supo expresar, de una forma que hoy en día sigue sirviendo, toda la carga de rabia y violencia que llevó a la explosión de las clases populares que se encontraban en Madrid a salir a la calle armados con lo que encontraron a luchar contra un ejército que en aquel momento era considerado la élite de las fuerzas armadas. Los Mamelucos eran la tropa formada por soldados mercenarios egipcios del ejército de Napoleón. El ganador del enfrentamiento, como siempre que se enfrentan ejército y pueblo, fue el pueblo. Desde entonces “mameluco” es también un insulto que quiere resaltar la brutalidad y la fuerza, junto a su escasa inteligencia, de una persona que actúa de una manera violenta.


Cada día vivimos en el mundo moderno cargas de “mamelucos”, tanto en Asia como en Mali, como también en España. Porque la violencia tiene la misma cara en todos los países, en todas las culturas, en todas las épocas. La misma cara que Goya pintó tan bien: unas asustadas y otras llenas de ira. En el cuadro de Goya un soldado mameluco cae muerto en el centro del cuadro, y la ira del pueblo se desata contra los caballos y contra los hombres que los montan, contra ese enemigo que ha demostrado su brutalidad con ellos y con sus ideas. Estamos ante un pueblo harto de aguantar injusticias. Y cuando el pueblo no puede más, estalla. Y cuando estalla, estamos ante otra carga contra los mamelucos. No hay que estirar la cuerda hasta que se rompe. Por suerte en tiempos de Goya los comentarios, las noticias y las declaraciones de gobiernos y personajes destacados no corrían tan veloces como en nuestros tiempos, porque si ese pueblo de Madrid de 1814 hubiera oído a sus gobernantes decir que los madrileños que a ellos les importan son los que no se manifiestan, los que no cargan contra los mamelucos… el estallido habría sido aún más brutal. Hoy en día los comentarios de los que tienen el poder y la riqueza (ese 1%) llega inmediatamente a oídos del 99% restante, que aunque le corten la sanidad, la educación, la cultura, las pensiones, la libertad, los derechos… sigue siendo un pueblo libre y conocedor de sus derechos y de su fuerza.


Cuando Mitt Romney dice en Estados Unidos que no le interesa el 47% de la población de EEUU, porque son unos perdedores que necesitan ayuda del Estado, está provocando una reacción violenta que en su caso se convertirá en la pérdida de las elecciones.
Cuando en España el presidente del Gobierno dice que le interesan los españoles que no se manifiestan, está provocando la risa y el enfado, está dividiendo al pueblo, llevándonos hacia atrás en el tiempo hasta un enfrentamiento que ni la pintura ni la fotografía puede embellecer.


En España, la cultura ha perdido desde 2009 el 70% de sus recursos. El IVA es el más alto de Europa para los bienes culturales; las ayudas, becas, apoyos a la educación son cada vez más exiguos…y sin cultura no hay país. En la pintura de Goya, el movimiento, la violencia de los gestos, el dinamismo y dramatismo serán influencia para Gericault y Delacroix. Las pinceladas rápidas, sueltas, la rapidez en la ejecución dejan claro el dinamismo, la pasión del autor, la violencia que también anidaba en su mano, en su mente. El rojo de la sangre salpica todo el cuadro… un alegato antibelicista, como el Guernica de Picasso, al que se adelantó en más de cien años y que sigue estando de actualidad, abriendo la puerta de la modernidad. Los reflejos de este cuadro y del Guernica están vivos en las fotos de la prensa, en los vídeos, en las imágenes de estas semanas en Madrid, y en otras muchas ciudades del mundo: en Atenas, en Lisboa, donde el pueblo, lleno de ira intenta frenar a los mamelucos. El arte, una vez más, nos demuestra que el tiempo es algo translúcido. Que el ayer, el hoy y seguramente el mañana, están todos juntos en un solo cuadro.

Imagen: Agentes antidisturbios cargan contra un joven manifestante durante la concentración del 25-S (detalle). Foto: Sergio Pérez.