La que, probablemente, ha sido la exposición del año en Madrid viaja ahora al Museo Picasso de Málaga desde el 11 de octubre hasta el 5 de febrero de 2017. Una exposición imprescindible que marcará a todos aquellos que se acerquen por vez primera a la obra de este catalán de adopción, uruguayo de nacimiento y hombre universal por decisión propia. Joaquín Torres-García es un artista casi completo, que abarca estilos, actitudes y conceptos amplios y a veces encontrados entre sí, que define una época pero que, sobre todo, pone cara a una forma de ser. Una forma de ser artista. Desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, Torres-García ve y experimenta, evoluciona desde un modernismo decadente hasta las vanguardias más simbolistas y conceptuales, un artista completo y sobre todo incansable. La belleza de sus obras nos asalta desde las paredes demostrándonos cómo lo más simple está lleno de dificultad. Sus objetos, sus juguetes, sus formas geométricas aparentemente sencillas son un compendio de lucidez y de inteligencia, hasta el punto que duele tener que cerrarlos en palabras y definiciones teóricas. De Torres-García se podría hacer un anuncio de esos que ahora sirven para todo: moderno y clásico, inocencia y experiencia, autóctono y universal. Lo tiene todo y a la vez parece que la simplicidad de su actitud es lo más elemental. Como en un círculo casi perfecto Torres-García nace en Uruguay, Montevideo, en 1874 y a Montevideo vuelve al final de su vida para cerrar su última etapa creativa y para morir en 1949. En este bucle vital, Torres-García se convertirá en una muestra de la perfecta unión entre Europa y América, en el clasicismo y la modernidad. En su obra encontraremos desde el más bucólico noucentisme hasta el cubismo deconstructivo, los restos de una arcadia ideal y las señas del hombre moderno que vive y trabaja en Paris y Nueva York. Un nexo entre el pasado y el presente, una señal hacia el futuro.

Algunas de sus obras (como es el caso de América Invertida, un dibujo de 1945) serían ya para siempre iconos de un arte americano en continuo proceso hacia su independencia y su reconocimiento, pero sobre todo el arte de Torres-García se refiere a sí mismo, a su libertad creativa de la que bebe de todas las fuentes para generar un agua nueva y pura, libre e independiente, sin complejos, que busca las esencias de las formas y de los colores y que llega a su punto álgido en la década de 1920. Es sin duda una figura esencial del arte moderno y, sobre todo, es un placer inmenso ver sus obras en cualquier exposición. En esta exposición, comisariada brillantemente por Luis Pérez-Oramas, se muestran obras de todas sus etapas y en el excelente catálogo, los textos, especialmente el de Pérez-Oramas, nos dice todo lo que podríamos querer saber. Solamente hay que dejarse llevar por esa aparente facilidad con la que el artista nos muestra lo más difícil, esa maestría imposible de comprender pero sencilla de sentir. La exposición ha sido posible gracias a la colaboración entre la Fundación Telefónica, el Museo Picasso de Málaga y el MoMa de Nueva York en un esfuerzo que, sin duda, ha merecido la pena. Decíamos que Torres-García construye una vida que parece un ciclo perfecto, y así lo cerraría el ultimo día de su vida, en su Montevideo natal, después de vivir y viajar por tres continentes, pintando su último cuadro, una imagen arcádica propia de sus inicios artísticos en una Barcelona cambiada para siempre por las vanguardias, la modernidad y una guerra. Si hubiera que ponerle una queja a esta exposición sería la de no hacer una parada en Barcelona, la ciudad en que se formó, donde nacieron sus hijos y que de alguna manera siempre estuvo en su cabeza, y en la que Torres-García sigue presente con su aire cosmopolita, su presencia aérea en el Cercle de Sant Lluc, en toda la ciudad vieja y también en sus museos.

(Joaquín Torres-García: un moderno en la Arcadia en el Museo Picasso de Málaga. Desde el 11 de octubre hasta el 5 de febrero de 2017)