La muerte de Joan Colom (Barcelona 1921-2017) significa no solo la gran pérdida del maestro, del hombre humilde que con su fotografía esplendorosa puso cara a la ciudad oculta, a la ciudad pobre, a esa Barcelona canalla y humilde, eterna, de los barrios bajos, del Raval, del barrio chino, esa Barcelona a la que el pertenecía. Su muerte debería hacernos reflexionar en como los mejores artistas de este país, a pesar de los premios locales y los reconocimientos institucionales, no son ni conocidos ni reconocidos más allá de los Pirineos que, como un embudo cierra la producción de un lado para dejar entrar, como en una inundación, todo lo que se produce al otro lado. Porque Joan Colom es uno de los más grandes fotógrafos de su generación, no aquí, sino en todas partes. Una vez más hay que repetir esa triste muletilla de “si en lugar de haber nacido en el Raval, en la Barcelona pobre, de ser un contable que empezó a fotografiar como un simple hobby, hubiera nacido en Estados Unidos, y hubiera hecho las mismas fotografías ambientadas en la cara oscura de Nueva York, Chicago, Washington… “ Hoy sería sin duda algun tema y motivo de exposiciones internacionales, de homenajes, sus obras coparían los primeros puestos del mercado fotográfico y le conocerían todos los fotógrafos y aficionados del mundo. Si comparamos su entrada en la Wikipedia con la de cualquier fotógrafo de Street photography americano lo entenderemos perfectamente. Pero Joan Colom i Altemir, nació en 1921 en el barrio del Raval, sus padres tenían una pequeña floristería, el estudió contabilidad y trabajó como contable durante muchos años, los años duros de la posguerra. Se casó y empezó a “sacar fotos” después de casarse, como una distracción a un trabajo frío y obsesivo, eran los últimos años 50 de una posguerra que había dejado a las grandes ciudades con un decorado y una escenografía tan sórdida y tan triste que solamente la fotografía de algunos genios como Colom o Catalá Roca podrían salvar. El fotografiará el Raval, su barrio, donde se mezclaban familias humildes con marineros, emigrantes, chicas de la calle, una barrio lleno de vida, lleno de personajes increíbles, con escenas que hoy nos parecen fantásticas sobre el papel fotográfico pero que eran en aquellos años la vida cotidiana.

La calle, la gente, la vida a raudales en los gestos, en los cuerpos, en ese blanco y negro profundo, marcando la miseria y las ganas de sobrevivir. Su primera serie El Carrer (la calle) la realiza entre 1957 y 1964, y se expone por vez primera en 1960. A partir de ahí Colom entra a formar parte de los fotógrafos del momento, a participar en exposiciones internacionales, y a seguir trabajando con un mayor reconocimiento. El aficionado se había transformado en un artista indiscutible. Premio Nacional de Fotografía en 2002, Premio Nacional de Artes Visuales en 2004, y por supuesto todos los premios de Catalunya. En 2013 el MNAC de Barcelona le realizaría una gran exposición antológica. Al mismo tiempo era eliminado de los premios y concursos internacionales, el desconocimiento de los expertos internacionales les hacía pensar que era un joven fotógrafo al estilo antiguo, “quién es este fotógrafo” he oído más de una vez en mis participaciones como jurado en concursos en Londres o en Suiza… imposible explicar que con su edad y trayectoria no le conozcan, nunca le hayan visto. Es español, esa era la única explicación.

Joan Colom, fiel a sí mismo, siempre fotografió el Raval, los barrios oscuros y pobres, “No sé qué me lleva allí, también hay gente en la zona alta, pero yo nunca haría una foto”, diría en una entrevista. En su última serie, 1977-2010, fotografia la cara oculta de la Barcelona Olímpica, introduciendo por vez primera el color, pero su gran obra, sus fotos para la historia ya estaban hechas desde hace años. Con su muerte a los 96 años nos abandona una forma de ver, una forma de fragmentar la realidad y aislarla en un papel, irrepetible, y nos deja claro que la vida y sus imágenes a partir de ahora deberán ser otras muy diferentes.