OPINIÓN

Mientras a nivel oficial sigue la cantinela monocorde de las industrias culturales, esa que exige y proclama a los cuatro vientos la necesaria reconversión de las pequeñas y medianas empresas culturales en espacios de producción de contenidos objetivos y eficientes desde el punto de vista económico (léase, principalmente suvenires y visitantes), muchos, la mayoría, si no casi todos, nos seguimos preguntando cómo sobrevivir en un paisaje cada vez más lúgubre y deprimente que tiene visos de transformar lo que otrora era un paisaje rico y polimorfo, lleno de potencialidades, en un espacio cada vez más estandarizado para el trabajo cultural.


Tal vez haya sido la ineficacia de nuestros gobernantes, burdos burócratas sin ideas que conciben la cultura como un complemento y no una como necesidad, o tal vez fuera esa desenfrenada lujuria que durante tanto tiempo nos poseyó y que no supimos articular mediante propuestas estables y sostenibles… el caso es que a día de hoy estamos como estamos: sin dinero, sin modelos y, cada vez, con menos ideas, y no precisamente porque no las tengamos, sino porque cada vez la Institución interpone más filtros para poder enunciarlas y formalizarlas, de modo tal que al final todo se reduce a un panorama uniformizado en el que sólo entran unos pocos, y no precisamente por el valor de sus propuestas, como bien sabemos.


Con estos mimbres, cuando el museo se acerca peligrosamente a la industria y la industria se aproxima lucrativamente al museo, posicionarse como una empresa cultural independiente parecería, a primera vista, un objetivo harto difícil, sino imposible. Sobre todo porque hacerlo supondría perder esa independencia tan reclamada por todos. Pongamos tan sólo un ejemplo: ¿cómo se convierte una galería en industria cultural?, ¿pagando a los artistas por horas?, ¿bajando los precios hasta poder competir con esas reproducciones que podemos comprar a un módico precio en los museos o en IKEA, y que debidamente enmarcadas, quedan genial en cualquier casa? Para nuestra fortuna, y si bien cada día son más escasas, existen propuestas que en ocasiones hacen de la adversidad un valor y buscan, en los resquicios de esa voluntad corporativista que nuestros políticos parecen querernos imponer, alguna grieta que permita burlarse del sistema. Tal es el caso de la muestra Kukuxumusu Relocated que hace poco inauguraba Moisés Pérez de Albéniz, para la cual Mikel Urmeneta propuso la deslocalización de parte de las oficinas y el personal de su empresa, que durante dos meses parasitará los espacios de la galería pamplonesa: su jornada de trabajo, adaptada para la ocasión a los horarios de la galería, se retransmitirá en directo por streaming.


En cierto modo, el proyecto de Urmeneta cierra el círculo de la tan ansiada industria cultural, ofreciéndonos irónicamente el espejo de lo que podríamos llegar a ser si no le ponemos freno: simples productores expuestos a la voluntad de ese espectador que cada día se parece más a un consumidor de mercancías culturales.



Imagen: Plano de Kukuxumusu Relocated de Mikel Urmeneta, 2012