OPINIÓN

En el último tramo de las elecciones ya acabadas este domingo 22, un elemento inesperado ha venido a tapar las voces de esos políticos tan repetitivos y aburridos a los que votamos, o no, porque es lo que hay. De repente esa gente que calla y vota, o no, que trabaja o no, que tiene hipotecas o no, pero que tienen el elemento común de estar ya hartos de una situación de la que son las víctimas y no la causa, ha dicho basta. Como decían en muchas pancartas, esto no es crisis es una estafa. Y se han mostrado indignados y hartos de todo lo que nos queda por ver y por vivir.


La clase política no ha metabolizado todavía el hecho de que la gente, esa que se supone que ellos representan, les diga no. Ahora hace falta ver qué sucede de aquí a las próximas elecciones, las generales. Un tiempo que puede demostrar que esto ha sido sólo un grito de indignación o, por el contrario, que derive el grito en canción, en música de fondo de una protesta más y mejor conformada. Pero lo importante ya ha sucedido: la demostración de que casi todo es posible si la gente, nosotros, quiere conseguirlo. Y la pregunta, un tanto chunga pero inevitable es ¿qué pasaría en el mundo del arte si todo ese público que vive ajeno a las estructuras oficiales de la cultura, que no pertenece ni les gusta el establishment artístico, despertara un día, se sentara a tomar el sol a las puertas de los museos diciendo “estamos aquí pero no nos interesa lo que nos ofrecéis” y los artistas que nunca han expuesto ni expondrán en ellos mostraran allí sus obras? El día en que los que no son admitidos en los estrechos canales de exhibición, promoción, mercado, y etc., etc., de este país digan no y busquen otros cauces, otras formas, estarán demostrando el fracaso de un sistema que a todos nos parece obvio que no funciona como debiera funcionar, aunque sea el que hay, el que tenemos, el que está establecido a partir de nuestros impuestos y cuyo objetivo no parece ser el mismo que esta sociedad necesita.


También en el mundo de la cultura hay un gran desencanto, una gran decepción. Un hastío inmenso que tal vez los que viven protegidos en sus cápsulas de poder no detectan, no sienten. Pero en España la realidad es que las diferentes generaciones de artistas desde los 70 hasta aquí no han sido reconocidos debidamente ni protegidos ni promocionados por las instituciones culturales como lo han sido en otros países. Que el mercado español es pequeño y pacato es algo que ni se discute, basta con ver la actividad de las galerías en cualquier país de nuestro entorno y compararlo con la actividad de las galerías españolas, muy pocas resistirían el duelo. No vamos a hablar de los museos y de su olvido de los artistas españoles, excepciones inexplicables o incomprensibles aparte, y de un interés por lo más reciente olvidando los artistas que están en su “media carrera” en plena actividad, como si fueran más galerías privadas que museos públicos. La parte privada del mundo de la cultura, esa que se juega su propio dinero en el asunto, intenta estar a la altura, a veces con más miedo que vergüenza y con unas reservas en las que prima el conservadurismo sobre el riesgo, en un sector en el que solo el riesgo genera dividendos. Pero mientras unos y otros, desde las instituciones, desde las universidades o desde el mercado se preocupan más de sí mismos y de su pequeño círculo polar que del resto, de aquellos a los que realmente deben servir y cuidar, el desencanto, la insatisfacción y una brecha cada vez más difícil de tapar se va formando entre esos grupos establecidos de poder y la sociedad real, la que está formada por todos y muy en especial por aquellos que nunca se ven reflejados ni atendidos.


Y en esa grieta reside el auténtico peligro, no en una crisis económica (“esto no es una crisis es un estafa”) ni en los designios políticos que ponen y quitan peones en el poder.

Sharon Hayes. In the Near Future, 2009. Cortesía de la artista