OPINIÓN

Hace mucho tiempo que me dijeron por primera vez que tenía que leer un libro determinado. Me dijeron que era imprescindible leerlo. Y lo leí. Fue en aquella edad en la que el tiempo no parecía tener límites, cuando el día nos duraba una eternidad y la noche no creíamos que existiese para dormir. No pasó nada, nada cambió, nada se transformó ni dentro ni fuera de mí, pero en aquel momento no me di cuenta, lo leí, igual que hacía tantas cosas que luego resultaron ser innecesarias o al menos inútiles. Con los años el tiempo cobra sentido, la noche la recibimos con la necesidad de silencio y paz y empezamos a pensar que leer aquel libro no era realmente imprescindible. Desde entonces hasta aquí he visto muchas cosas que parecían imprescindibles, he viajado kilómetros para ver Documentas imprescindibles, imprescindibles bienales y exposiciones que según todos los expertos no me podía perder porque eran…, sí, eran imprescindibles. No puedo enumerar los libros, las películas que he leído y visto, a las personas que he recibido, oído y aguantado, porque, mujer, es imprescindible socializar. Como crítico de arte resultaba imprescindible ver todo lo que sucedía, y casi igual de imprescindible escribir de casi todo.

Bueno, por suerte el tiempo pasa y el otro día leía en Facebook, esa ventana llena de mierda por la que nos asomamos al mundo exterior, que ver una exposición de un artista prácticamente desconocido en una sala sin mayor importancia era algo imprescindible. La recomendación, la orden, la daba un curador de tercera fila (siendo generosos), seguramente amigo del artista imprescindible. Por suerte vivo en otro continente e ir a ver la exposición obedientemente superaba mis posibilidades, pero me acordé de aquella primera vez que oí ese mandato escondido detrás de la sugerencia: “…es que es imprescindible leerlo hoy en día”. Debería, ayer igual que hoy, igual que mañana y siempre, haber preguntado para qué era imprescindible leer ese libro en ese momento. Por qué era imprescindible, para quién, tal vez para quien me lo aconsejaba, pero tal vez no para mí. ¿Es imprescindible ver alguna exposición en el mundo? ¿Realmente debemos ver de forma perentoria, sin esperar a que pase el tiempo, una película concreta? Por suerte hoy trabajo con gente mucho más joven que yo, algunos muy inteligentes, y compruebo con satisfacción que libros, artistas y películas a los que yo me acerqué a toda velocidad porque eran “imprescindibles”, ahora son absolutamente relegables a otro momento, que sí, que los van a ver y a leer, pero sin prisa: los tienen apuntados para, en algún momento, ir a por ellos. Con calma.

He vivido engañada, tal vez por mí misma. Víctima del deseo de verlo todo, de estar en todas partes, de leerlo todo, de saber más, más, más. Todo fue inútil. Soy una damnificada de la velocidad. Una experta en todo lo que no sirve para nada. Por suerte en mi familia la gente vive mucho, casi todos si las enfermedades raras lo permiten, y tengo tiempo de sonreír ante los próximos miles de libros imprescindibles que no voy a leer, ante la terrorífica ocasión de tener que ir a otro imprescindible debate, cocktail, inauguración o besamanos social. Y por supuesto para saltarme a la torera (que quiere decir con una gracia y soltura envidiable), cualquier cosa, actividad o supuesta obligación que no me apetezca hacer. Porque nos han engañado todos los que, seguramente con la mejor de las intenciones, nos han dicho que algo era imprescindible.

No hay nada más imprescindible que disfrutar con lo que se lee, que hacer todo lo que podamos hacer por placer, porque sí, porque por qué no hacerlo. Por gusto. Y saludar a quien nos cae bien, a aquellos que admiramos, a los que querríamos conocer.

Es imprescindible disfrutar porque el tiempo, hoy ya lo sé sin duda alguna, es breve y rápido. Porque no merece la pena sufrir (esto nos lo decía la madre de mi amiga Maria José cada vez que con apenas 15 años nos encerrábamos por horas en la Filmoteca de mi ciudad para ver tres o cuatro películas suecas, subtituladas, seguidas), aunque a veces si el sufrimiento da placer, pues qué se le va a hacer. Hay que seguir los caminos silenciosos por los que la vida nos lleva, sin pena ni dolor por todo lo que inevitablemente nos estamos perdiendo. Somos efímeros, y lo único que podemos almacenar son experiencias, porque hasta los recuerdos los podemos perder. Claro, que, bien mirado, tampoco esto es imprescindible.