OPINIÓN

Los publicistas y expertos en comunicación saben que lo más importante es crear una marca. Hacer que tu “nombre” sea reconocible e imposible de confundir. La marca España está inevitablemente ligada al mundo del deporte. España, un país sin premios Nobel (sólo ocho en toda la historia) con un índice de lectura al nivel de la prima de riesgo (aunque no ocupe tanto espacio en los periódicos) en el que la cultura y la educación son susceptibles de ser eliminados por el propio gobierno de la nación, es conocida familiarmente en todo el mundo por los goles de “la roja”, el tenis, el improbable dopaje de algunos ciclistas, la moto GP o la Fórmula 1. Casillas, Contador, Nadal, Fernando Torres, Xavi, Iniesta, Fernando Alonso… ellos son los que construyen la marca España, sus caras, sus nombres son conocidos en todo el mundo, sus camisetas las visten niños y no tan niños en cualquier parte que vayas… Mientras tanto la marca España en arte es invisible. Los pocos nombres que se pueden considerar internacionales, viven en el extranjero y se camuflan en otras sociedades en las que el ser español pasa desapercibido, casi escondido.


A la vuelta de Basilea me contaba un galerista que las obras de los artistas españoles gustan y mucho, pero que cuando el hipotético comprador, sea particular o institucional, e incluso el voluble comisario, saben del origen del artista (español, y aquí no hay autonomías que valgan) ya no se interesan, y no compran, no seleccionan, desaparecen. Decía mi galerista tristemente que es una cuestión política. Yo creo que es una falta de objetivos comunes, una clara falta de intereses comunes, una carrera de lobos solitarios a los que no preocupa que saquen de Art Basel a prácticamente todas las galerías españolas mientras la suya esté dentro. El mal ajeno no duele… hasta que nos damos cuenta de que es el mismo dolor que sentimos nosotros mismos. El arte español no tiene marca, y la marca España en cultura visual es invisible. Las galerías americanas (Yankees), las inglesas, las suizas, hacen piña con sus museos (o sus museos con sus galerías) y sus publicaciones para hacer visibles a sus artistas y así, en conjunto, dan una imagen del arte inglés, del mercado suizo, de la fuerza artística alemana… ¿España? En España esa unión de intereses sólo aparece cuando estamos llegando al límite, pero realmente nadie entiende que para crear esa marca y que tenga visibilidad fuera hay que empezar en casa. Igual que “la roja” se cimienta sobre la mejor liga del mundo.


Y así Iniesta es más conocido en las librerías de los museos suizos, en las bibliotecas austríacas de arte que cualquier artista. No tienen libros españoles, y difícilmente aceptan revistas bilingües, pero al deletrear una palabra dicen claramente “i de Iniesta”. No sabemos lo que pasará en la Eurocopa (al escribir este texto todavía no se ha jugado el España-Portugal), pero lo que está claro es que saliendo del deporte y de algunos fogonazos que definen una peculiar identidad (Almodóvar, Antonio Banderas, Penélope Cruz, Bardem o los Iglesias, padre e hijo,… ¿se les ocurre algún nombre más?) España no existe. Va a ser cierto que somos poco más que sol y toros, vino y mujeres bellas, aunque anónimas –y el vino sin marca conocida–. España va siendo no sólo diferente sino indefinida, se deshace entre los dedos por su propia inconsistencia. Mientras tanto, el mundo del arte se cree que a alguien le importa su debilidad, mientras se esfuerza por pelear por el último mendrugo, perdón, el último coleccionista, que queda después de los recortes.



Imagen: Josep Morell. Visit Spain, 1941. Cartel de la Dirección General del Turismo. Cortesía de la Colección de carteles del Centro de Documentación Turística de España, Instituto de Estudios Turísticos, Madrid.