OPINIÓN

Estamos tan hartos de todo que vemos o creemos ver huellas, signos, de otros mundos, de que otro mundo, otra vida, puede ser posible. No en vano (¿se han dado cuenta?) en los últimos meses la búsqueda de otros planetas que puedan albergar vida se multiplica. Eso sí, están demasiado lejos para ir el próximo puente y, lo peor de todo es la pregunta que nadie contesta: ¿buscamos vida como la nuestra o un lugar adonde poder huir de la vida que llevamos en la Tierra? Esta búsqueda cada vez más angustiosa no puede ser una coincidencia. En cada nuevo político, en cada nuevo movimiento social, buscamos algo diferente, una limpieza y honestidad que nos devuelva algo de fe y esperanza, incluso a los que no somos creyentes, incluso los agnósticos esperamos un milagro. Como decía Santa Teresa (creo), a Dios se le encuentra en los pequeños detalles, y nos ponemos a mirar la letra pequeña, los detalles marginales, pero nada parece cambiar. Y en eso como cada año, se celebra el Festival de Eurovisión, un evento hortera que incomprensiblemente sigue existiendo avalado por todas las radiotelevisiones de Europa y al que cada país, desde hace décadas, lleva lo peor de cada casa. Se supone que es de música pero realmente actúa como un hecho catártico donde vemos reflejado lo peor de cada casa: mal gusto, músicas pachangueras, personajes insalubres, efectos luminosos horteras, un desfile de frikis sin elegancia ni originalidad en el que se premia el más zafio cada vez; hemos visto desfilar gente descalza, nos han enseñado el culo, han salido a actuar con monos y otros animales, se ha hablado de todo menos de música. En un tiempo, ya remoto, fue un intento de unión europeo a través de la música popular de cada país, se presentaba un pop de calidad, reflejo del nivel musical de cada país en su circuito de música de moda, un pop sincero. Pero su deriva nos ha llevado a esta caricatura de nosotros mismos que en cierta forma nos refleja a todos: mal gusto, hedonismo de la peor calidad, y una música de “chunda chunda” de la peor calidad, cantantes de feria de pueblo y el desprecio al contenido, a las letras, a la música, a las canciones. Si antes los televidentes europeos la veían con placer, hoy se ve como risión, como burla.

Sin embargo, este año, sin previo aviso una pareja de hermanos han sido los ganadores: una mujer que es la autora de la canción y un hombre que la ha interpretado, que vienen del último extremo del sur más pobre de Europa, de Portugal, ese país desconocido y maravilloso, elegante y culto, un país que aún mantiene algunos gestos de la elegancia antigua y un cierto respeto por la canción y por la música. Curiosamente no cantan en inglés, cuando en Portugal se habla el mejor inglés de Europa fuera de Inglaterra, cantan en portugués, un idioma tan bello como el español, el italiano o el francés, o el griego, o cualquier otro, todos ellos ocultos debajo de ese inglés todopoderoso que, al parecer, es inevitable para triunfar. “Para que todo el mundo te entienda” se dice, ¿para que entiendan qué? Porque las tonterías que se cantan en inglés es mejor que no se entiendan, mejor las cantarían en uzbeko.

El caso es que esta pequeña canción de amor ha enloquecido a todos, esa sencilla pareja de jóvenes hermanos ha deslumbrado a todos. Su secreto es simplemente la educación, el saber hacer lo que hacen, el respetar su idioma y su profesión, huellas de otro mundo, de un mundo tan lejano como los exoplanetas que giran en torno a las estrellas enanas a millones de años luz de la tierra, donde buscamos vida inteligente. Todavía en la tierra parece haber algo de vida inteligente. Estos dos jóvenes, como muchos otros que permanecen ocultos debajo de los fuegos artificiales, las modas, los blogs, el internet, las tendencias, los influencers, Justin Bieber, etc., parecen bichos raros en el mundo de hoy, cantando en portugués, una lengua que a nadie parece importarle, hecha para la poesía y el amor, para la canción, para el fado y la bossa nova; pero no es así. Las huellas de otros mundos habría que buscarlos en las ruinas de este mundo en el que vivimos, debajo de todos esos partidos políticos podridos, debajo de la corrupción, de las series de televisión, de la incultura predominante, muy debajo, donde todavía quedan padres que les ponen canciones de ayer a sus hijos y les enseñan la importancia de lo que dicen sus letras, la importancia de la armonía, de la elegancia, de la solidaridad. Les aseguro a todos ustedes que si buscan huellas de ese mundo oculto y casi perdido entre las ruinas de este lugar miserable en el que vivimos donde ya no se les enseña a los niños en el colegio ni música, ni historia, ni literatura, ni filosofía, las encontrarán.