OPINIÓN

No sabemos si hay vida en Marte. Muchos piensan que el hombre nunca pisó la luna. A veces la realidad es lo más difícil de creer. Hay cientos de películas que tratan de una vida paralela, de que realmente hay mundos paralelos: todas las posibilidades suceden al mismo tiempo, no en sucesivas y repetitivas vidas. A veces, cuando lees biografías de artistas y escritores, músicos, filósofos, seres excepcionales, que bien por su propia imaginación, bien por la puntual o metódica ayuda de las drogas legales, ilegales e incluso letales, confirmas que vivían cabalgando sobre dos caballos desbocados que no siempre iban por el mismo camino ni en la misma dirección. Vidas alternativas, mundos paralelos. De hecho todos nosotros cuando miramos alrededor, recordamos el pasado o imaginamos el futuro, nos gustaría pensar que podemos echar mano de una variedad de “hechos alternativos”. Es lo que ha hecho el gabinete de Trump desde que ha tomado posesión: no se basan en los hechos cuantificados, objetivos, de los que existe constancia objetiva de su existencia (definición de diccionario) sino de hechos alternativos. Es una actitud poética, una convicción creativa que los críticos no han sabido apreciar, pero, claro, los críticos… ya se sabe su poca sensibilidad para el arte, su falta de imaginación. ¿Por qué nos vamos a guiar por la realidad, sea eso lo que sea, pudiendo hacerlo por la imaginación? Como dijo Marx (Groucho) en Sopa de Ganso: “¿A quién vas a creer? ¿A mí o a tus ojos?”.

En prensa todos sabemos que una mentira bien contada es una verdad irrefutable, que nadie va a cuestionar. Obviamente el equipo de Trump no sabe contar mentiras con mucha gracia, pero puestos a elegir yo creo a Marx (Groucho e incluso a Karl) antes que a mis ojos, miopes y cansados. Y eso es lo que suele pasar en el arte, territorio de la postverdad, de los hechos alternativos, y de la imaginación sin fronteras. Son muy pocos los irreductibles que confían en sus propios ojos, en sus propias experiencias, en sus criterios. Dudan, y creen más en los hechos alternativos que en los simples hechos, pequeñitos y cotidianos que no interesan ya a nadie. Del postmodernismo a la postverdad no había más que un paso y ya lo hemos dado. En arte nos fiamos más de los ojos de otros, no siempre ciegos, es verdad, pero casi siempre mirando hacía otro lado, más pendientes de los hechos alternativos, en los que ellos sí pueden influir, que de los hechos simplemente, que son sordos a discursos y reacios a disfrazarse. Los expertos, los críticos, los curadores, los directores de museos, los historiadores, los galeristas, los coleccionistas e incluso los artistas no son mala gente, pero son personas que convierten su imaginación en una opinión, una opinión que muchas veces es simplemente un hecho alternativo. No hay que ser duro con ellos, son imaginativos y quieren ayudar a la ratificación de la existencia de mundos alternativos, cada uno dentro de sus posibilidades. Lo vemos todos los días cuando se apoyan artistas que no podemos ni imaginar; cuando recomiendan comprar a algunos nombres, obras que no pueden mas que sobrecogernos; cuando la historia oculta y miente; cuando exponen en los museos cosas que mejor no nombrar no se nos vayan a aparecer en nuestras pesadillas. Muchos miran a través de sus ojos, pero el arte entonces da un salto con pirueta y trenzado y se traslada a ese mundo paralelo en el que realmente puede seguir existiendo libremente. Y es que para mirar a través de los ojos de otro hay que ser muy creyente, tener mucha fe, y ya sabemos lo que pasa con las religiones, sólo traen disgustos. Hay que saber eso y no olvidarlo, como también hay que saber que los hechos alternativos, como su hermana la postverdad, son simplemente una mentira mal contada. Y si no que se lo pregunten a Trump y a su gabinete.