El domingo fallecía Ángel González (1948-2014), uno de esos profesores como pocos, sin pelos en la lengua, que alimentaba el ansia por aprender más en cada una de sus clases. El profesor de historia del arte de la Universidad Complutense se marchaba demasiado temprano, con 66 años, cuando apenas debía comenzar su merecido descanso. Pésame generalizado entre quienes tuvimos la suerte de conocerle; una carrera brillante que en 2001 obtenía el Premio Nacional de Ensayo por su obra El resto. Una historia invisible del arte contemporáneo, y que siempre mantuvo el tipo hasta sus último trabajos, Arte y terror de 2008, y Religión, arte, pornografía, de este mismo 2014. Nada que callar, siempre dispuesto a atacar a quienes él consideraba que habían secuestrado el arte, los ricos. Sus sentencias sobre la religión, sobre el coleccionismo, y sobre la esencia del arte mismo no dejaban indiferente a nadie, para bien o para mal. Justamente ahí reside su grandeza, su enseñanza; no congraciarse con nadie y mantenerse crítico hasta el final. Cada vez son menos los que toman la crítica como una actitud vital, como Ángel hacía. Y es que hasta los grandes se marchan demasiado temprano.