OPINIÓN

La pasada semana Cáritas hizo público el informe sobre la infancia en España y, aunque a nuestro gobierno le moleste, el resultado es que España está entre los países en los que la infancia pasa hambre. Solamente superado por Rumanía, España es el país europeo donde más niños pasan hambre. Desnutrición, miseria, menos esperanza de vida y una vida de peor calidad. Con estos datos parece que dedicarse al arte actual es un despropósito. Los que trabajan más cerca de la “realidad” siempre nos miran al bies y parece que nos preguntan aquello de “¿Y tú? ¿Qué haces por la victoria?” El mundo de la cultura siempre parece estar fuera de esos intereses sociales. Los comentarios sobre si has comprado un cuadro, si estás leyendo poesía, si has ido al cine, a un festival, al teatro… todos parecen ser signos de un aburguesamiento distante de los problemas de la realidad, todo parece estar más cerca del consumo elitista que de una preocupación social. ¿Qué hacemos para paliar estos males, estas deficiencias del estado? ¿Qué podemos hacer? Como cualquier otro ciudadano nuestra acción puede ir desde la beneficencia y la limosna hasta la acción en la calle, manifestarse, más o menos violentamente. Es decir, no podemos hacer mucho. Cuando a un ciudadano sólo le queda la opción de la limosna, bien en la mano de un individuo, bien en las donaciones a organizaciones que reparten comida entre los hambrientos, entonces hay que volver a la poesía. Hay que volver a la palabra. “La palabra es un arma cargada de futuro” dijo un poeta que nunca olvidó a sus semejantes, y menos a los más necesitados.
Al margen de lo que cada uno de nosotros como personas, como ciudadanos más o menos activos sociales, más o menos aficionados a la limosna, podamos o queramos hacer, es el momento de no cegarse, de no engañarse con la inmediatez de los problemas y ver en la cultura una solución a medio plazo. Hitler decía que el trabajo nos haría libres, en un sarcasmo imperdonable en letreros a la entrada de los campos de exterminio. Lo que realmente nos hace libres es la cultura, el conocimiento y la sensibilidad. Posiblemente leer poesía no nos llene el estomago ni consiga que los bancos condonen las hipotecas, pero si los banqueros leyesen poesía todo sería diferente. Sin la cultura somos esclavos, por eso todos los gobiernos quieren controlar (bien con generosas dádivas, bien con recortes asesinos) a la cultura y a la creación, al pensamiento y a la libertad. Si la cultura no fuese realmente importante nadie se hubiera metido nunca contra los artistas ni contra los intelectuales. Walter Benjamin no se hubiera suicidado ni Victor Jara hubiera sido asesinado, ni los poetas y artistas hubieran tenido que salir de sus países: de España después de una guerra, de Europa después de otra guerra, de Argentina, Chile, Brasil…. después de sus dictaduras… si no somos nadie ¿Por qué molestamos tanto?
Hablar de arte conceptual, de una exposición de dibujos, del presupuesto de los museos, de la falta de apoyo a la edición, puede parecer obsceno cuando sabemos que hay tantas personas que pasan hambre, tantos enfermos que no tienen apoyo ninguno. Pero hay que saber que lo que es obsceno es que el gobierno, los gobiernos, no se hagan cargo de estas obligaciones, que no gobiernen para todos, por el bien de todos. La limosna, la beneficencia no es una solución, es como poner una tirita en una herida con gangrena: sólo motivada por las buenas intenciones y la pena. La solución es otra. Lo obsceno es ser rico en un país de pobres, no ser culto en un país de ignorantes. La cultura y el conocimiento ayudan a sobrevivir, a ir más allá de la miseria, es el único camino para poder salir con alma de una situación dramática. Solo una persona con cultura puede disfrutar de las pequeñas cosas. Y, por favor, no entendamos cultura como estudios, conocimientos y títulos, entandamos cultura como sensibilidad. Para leer poesía, incluso para escribirla no hace falta ser historiador, ni siquiera licenciado. Hace falta saber mirar, sentir, poder detenerse y pensar. Pensar, ese gran problema de nuestra época.

Imagen: Charlie Chaplin en La quimera del oro, 1925.