OPINIÓN

Durante la semana pasada, entre el sinfín de artículos que informaban sobre el rescate financiero a nuestro país vecino, algunos periódicos recogían otra noticia que, pese a pasar inadvertida para la mayoría de los creadores de opinión de nuestros diarios, podría servir para resumir de forma ejemplar el destino al que se han visto abocadas muchas de las grandes utopías del siglo XX al tiempo que informar sobre el rumbo emprendido por la sociedad de consumo y las éticas y políticas individuales que operan en nuestro momento histórico. Me refiero, obviamente, al desalojo, previo pago de un millón de euros a algunos de sus actuales ocupantes (o tal vez debiéramos denominarles ya “gestores”) de “Tacheles”, la histórica casa ocupada de Berlín Este: un edificio en ruinas que durante 21 años funcionó como punto de encuentro dinamizador de la vida cultural del barrio judío y que ahora, en una operación inmobiliaria sin precedentes, ha perdido a la mitad de sus inquilinos.


No sabemos si, como reza la famosa máxima okupa, a este desalojo le seguirá otra ocupación, sobre todo ahora que este tipo de desahucios están tan bien remunerados, pero de lo que no cabe duda es que este hecho sirve para ilustrar como ningún otro la doble moral que preside la sociedad que habitamos y, más en particular, para ponernos sobre aviso de los usos y abusos acometidos por algunos de los “anti-sistemas” más ilustres del arte contemporáneo español. Unos personajes que, una vez okupado el correspondiente puesto de privilegio en el poder más establecido, léase, la institución artística o la universidad, se permiten mantener una posición crítica (dependiendo, claro está, del círculo en el que se muevan) con respecto a las administraciones que les retribuyen dinerariamente. En definitiva, unos individuos que exhiben impúdicamente una actitud contestataria y displicente contra la política cultural mientras se nutren para sus proyectos de los presupuestos y las subvenciones de ese mismo Estado que tratan de impugnar con todo tipo de argumentos.


Cabría preguntarse si, realmente, alguien en su sano juicio es capaz de pensar que una persona que cobra más de 100.000 euros al año, o que comisaría, una y otra vez, exposiciones para una de las instituciones mejor dotadas del país, puede ser capaz de hacer algo que altere, acaso ligeramente, el guión establecido, la cadena de los acontecimientos. A primera vista, se diría que no. No obstante, lo más preocupante de todo esto es que dichos comportamientos demagógicos, dichas imposturas, obtienen día a día el refrendo unánime no sólo de unos políticos que evidentemente no dan para más, sino también de los profesionales del sector, que si bien conocen la falacia contenida en todos los argumentos esgrimidos por los supuestos anti-sistema, se demuestran incapaces de levantar la voz ante estas actitudes cuyo disfraz outsider resulta tan atractivo como inexistente, cerrando con su complicidad el camino para otras prácticas que realmente si están en los límites de lo establecido, como en un principio lo estaba “Tacheles”, que por cierto, y no por casualidad, en hebreo significa “hablar claro”.