El 12 de febrero se inauguran dos nuevas exposiciones en la Fundación Mapfre. La primera de ellas, Pontormo. Dibujos, se centra en la obra gráfica de Jacopo Pontormo, una de las figuras claves del Manierismo, reconocida por su renovadora interpretación de los esquemas compositivos de la tradición. Pintor favorito de los Médicis, un neurótico obseso para Vasari y un genio de alma torturada según los especialistas, Pontormo parece encarnar a la perfección el mito del artista maldito. Por ello, no es de extrañar que su obra sobre papel se tome como un valioso testimonio de esa prima idea del pintor, de sus sentimientos y de su esencia.
Por su parte, la exposición Picasso. En el taller recorre la obra y la vida del artista a través de los distintos estudios habitados por él. Obra y vida, pues ambas se funden en el taller, convertido en el centro de toda su creación y el escenario de su devenir artístico. Denominados “paisajes interiores” por el propio Picasso, esos estudios –siete a lo largo de los 60 años de vida artística que recoge la exposición– sirven de punto de partida para un recorrido cronológico por temas, estilos y técnicas. De bodegones a paisajes mediterráneos, del cubismo al clasicismo y las influencias surrealistas. La exposición sigue a Picasso en cada uno de sus traslados, y así se encuentra con la crudeza de la guerra –cráneos, cabezas de toro y vanitas que dialogan con la tradición española– para luego volver a la alegría y la felicidad en los veranos de la Costa Azul. Y siempre, de fondo, el tema del artista y la modelo, desde los bodegones que reproducían las formas del cuerpo de Marie Thérèse Walter, pasando por su suite Picasso y la comedia humana, hasta llegar a sus últimas e intensas variaciones sobre el tema. Distintos talleres pero los mismos elementos: la paleta, la modelo, el cortinón y el propio Picasso.
Imagen: Pablo Picasso. Autorretrato con paleta, 1906.