OPINIÓN

Como si viviéramos en un tiovivo en continuo movimiento, la vida gira, gira, y siempre pasamos una y otra vez por el mismo paisaje, una y otra vez vemos al señor que cobra las entradas, una y otra vez lo mismo, lo mismo, lo mismo. Cada vez que se van conociendo los representantes oficiales de los pabellones de una Bienal tan seria como la de Venecia, todo parece un regreso al tiovivo, y al absurdo.
Primero, un artista (por lo general joven) emergente hace una obra radical que es inmediatamente repudiada por el stablishment. Inmediatamente, of course, triunfa y algún galerista nada emergente le acoge, expone y promueve. Sus obras, por lo general absolutamente sustituibles por las de sus colegas de generación, se convierten en iconos de una época. Por supuesto aquellos que las venden y las promueven, no las colgarían nunca en su casa, pero business are business. El tiempo pasa y el tiovivo sigue girando, varias vueltas después, aquellos jóvenes airados ya no son tan jóvenes ni tan airados, aunque siguen pretendiendo escandalizar con algo que no escandalizaría ya ni a Rouco Varela. Han cambiado la ira y el insulto por el éxito, la fama y una cuenta corriente en libras o dólares, suficientemente importante como para poder repetir el chiste durante toda su vida. Es el momento del reconocimiento oficial, que el artista acepta ofendido, rechaza dignamente a cambio de unos cuantos minutos de fama y de revalidar su actitud contestataria, una actitud que se asienta en un bien cimentado soporte financiero. Mientras ese artista cubre el ciclo de la vida (nace, escandaliza, se enriquece, es reconocido, se mustia a la sombra de lo que fue) siguen surgiendo nuevas larvas de artistas provocadores cuyo tema es la provocación que aspiran a seguir ese mismo proceso evolutivo.
Mi pregunta sería siempre la misma: ¿Qué pasaría si todos aceptásemos que la creación es absolutamente libre y no nos escandalizásemos por cualquier tontería? Más claramente, si aquellos cínicos que no se escandalizan ni de matar a su padre no fuesen los encargados de dictar lo que es arte, o lo que es mejor, o no dominasen el mercado, posiblemente nadie se escandalizaría de nada. Al poder ni le importa, ni le escandaliza nada de lo que controla. Solamente lo que cree que no controla le puede producir cierto temor. Por eso el arte ha dejado de preocupar hace tiempo, porque no escandaliza a nadie más que a un grupo de momias.
Cuando en España Eugenio Merino coloca una figura de Franco en un frigorífico en ARCO (o un punching ball de Franco, o un lo que sea con la cara de Franco en cualquier sitio) nadie se rasga las vestiduras, salvo la Fundación Franco… Que nadie pensaba nunca que pudieran ir a ARCO. Es una clara provocación inocente a la que entran al trapo como los cenutrios que son los penúltimos adoradores del carnero fascista. Pero en España ese caramelo ya no se lo tragan ni en el Gobierno. Si la provocación hubiera sido realmente importante, Merino iría dentro de unos años a la Bienal de Venecia representando a España. Ya Santiago Sierra hizo lo que pudo en una Bienal, una actuación que solamente alarmó a los españoles y a la que la prensa internacional especializada no le dedico ni una sonrisita cómplice. Y es que hay tantos artistas que lo intentan que hace falta cada vez ser más fino, atacar un símbolo más potente, más inalcanzable, más sagrado … en una sociedad en la que ya no queda nada sagrado, o ser mucho mejor artista, mucho más inteligente. Por eso ahora hay que dibujar a Mahoma en pelotas, o hacer burla al dios de otras religiones que aún se puedan enfadar… porque ni el sexo ni la sangre ni la muerte parece ya escandalizar a nadie…. Bueno, según el meridiano en el que se provoque, porque en Rusia los gays han conseguido levantar ampollas, mientras que en el resto de Europa te puedes sentar a tomar el café en una terraza al lado de un señor con bigote, pelos en las piernas y una falda de Versace sin que nadie, ni el camarero, le haga un comentario sobre el color de los zapatos que, por lo general, no coordinan muy bien con el bolso (pero es que en la talla 42 no es fácil elegir color, y eso lo sabemos todas). Por cierto, Reino Unido ya ha elegido a Sarah Lucas como representante en la próxima Bienal de Venecia.
Imagen: Jeff Koons. Jeff in the Position of Adam, 1990.