OPINIÓN

Vivimos en la tercera generación de centros de arte, en esa que se plantea su creación sin grandes edificios, sin presupuestos millonarios y sin una finalidad exclusivamente expositiva, sino dando paso a la producción de proyectos. Algo que a primera vista parece imposible en un país en el que todo el dinero posible se gasta en edificios, en sueldos y poco más. Dada la situación económica parece lo más viable y coyunturalmente lo más lógico: si ya hay museos que conservan (más o menos) y muestran el patrimonio; si ya existen centros de arte que realizan exposiciones internacionales de primera línea (más o menos), lo que se necesita es una tipología de centros pequeños, cercanos al artista más joven, que se dedique a la producción en paralelo a la exhibición, que sea alternativo, económico, independiente, ágil… La aplicación de las buenas prácticas, que como todos sabemos son tan buenas como otras cualquiera, vaticinaba un cambio supuestamente a mejor. Pero la realidad que se esconde detrás de todos esos “más o menos” y de todos los condicionales es que no es tan fácil dar un paso adelante con unas estructuras más ligeras si se sigue dependiendo del dinero del poder. Pues los problemas que vivimos hoy en día no se limitan a la crisis económica, sino, que tal vez como acompañante de esta crisis, tal vez como efecto secundario e incluso tal vez como causa parcial de esta crisis, vivimos unos tiempos en los que la autoridad, el poder, se reafirma en sí mismo cada vez más despóticamente.


El poder es cada vez más absoluto, y por lo tanto más intransigente. Hemos vivido el desarrollo de algunos centros, no radicales pero capaces de ilusionar o despertar cierta sonrisa de esperanza. Entre ellos el Canòdrom en Barcelona apuntaba maneras. Primero fueron unas jornadas muy participativas para establecer una definición y darse a conocer, después el concurso para elegir director (del que salió ganador el suizo Moritz Küng) y ahora, cuando se había anunciado su apertura para la primavera de 2011 nos encontramos con que el gobierno de Cataluña, personalizado en Artur Mas y en el Conseller de Cultura Jordi Mascarell, no dan su apoyo (económico ¿qué otro?) al Canòdrom. Lo ponen bajo el gobierno del MACBA, otro poder con un presupuesto económico de los más fuertes del estado español (con fuertes ayudas del Ministerio de cultura, por ejemplo) y una línea y una actitud que está forzando la salida de todos sus comisarios. Primero fue Friedrich Meschede y a continuación Chus Martínez, naturalmente nadie ha dado una explicación, como si lo que pasa dentro de un museo no importase a nadie, como si solo nos interesaran las exposiciones y el glamour, apagando luces y eliminando taquígrafos de la gestión cultural ¿Quién hablaba de buenas prácticas?


En esta situación que el Canòdrom dependa del MACBA no tiene ninguna justificación ni interés. Y es que, como todos sabemos, no hay dinero. Solo hay dinero para lo que el poder, ese poder que reina en ministerios, consejerías y direcciones de museos, quiera. Y el señor Mascarell ha decidido aprovecharse de la relativa debilidad de ARCO y montar una feria en Barcelona (“no podemos dejar pasar la oportunidad” dijo en febrero), olvidando que una cosa es ganar la liga y otra es convertir en el centro del mercado a una ciudad que, en lo que respecta al arte, vive bajo mínimos y sin ninguna capacidad para el riesgo ni para la aventura. Asustada de su propia sombra. Parece que los que tienen el poder pueden hacer y deshacer con el dinero público sin tener en cuenta nada ni a nadie. Pero saber la diferencia entre galgos y podencos es algo fácil y barato, todos los distinguimos, aunque el poder no se lo crea.


Imagen: William Wegman. Stormy Night, 1972. Cortesía del artista