OPINIÓN

Perdón por el chiste fácil, pero la palabra galería tiene demasiadas connotaciones (y si no vayan a Google y pregunten), y esta tiene más que ver con una galería de arte, con esas galerías preciosas que hoy apuntan más a la economía precaria y se conforman con un look mínimal, más pobre, nada de grandes escaparates, nada de muebles de diseño (y que se vea el ladrillo de obra que queda más neoyorquino), ahora ya no en el barrio lujoso de Salamanca, ni siquiera en el 004 venido a más. Ahora todas, o casi todas, porque no va a haber calle para tantas, se van a Lavapiés, barrio pobre de emigración y fusión racial, en el que brilla el Reina Sofia por un lado y por otro, sobre todo, la Galería Helga de Alvear, auténtico poder económico y artístico del momento en España.


Donde La Casa Encendida junta a Louise Bourgeois con cursos para aprender inglés, mercado justo… un centro cultural multiusos y abierto a los que tienen necesidad de cultura y realidad. Unos metros más abajo, unos baños públicos, donde los sin casa se pueden asear a un módico precio: eso está aún más cerca de la realidad. Son calles en las que no se puede aparcar y en las que nadie se imagina al coleccionista rico, con la señora envuelta en visones, pasear de galería en galería… No importa, esos compradores son hoy por hoy tan escasos, que las ventas (eso dicen los galerista que emigran a esta zona hasta ayer lumpen) se hacen en las ferias, en el extranjero, casi de milagro.


Pero no por las dificultades las galerías cambian sus hábitos. En la calle apenas un cartel nos avisa de que ese local es una galería, los nombres si están son tan pequeños, tan discretos, que ni se ven. Entras en una galería porque sabes, son ya muchos años de práctica, que es una galería, por los rastros, porque sigues al grupo (formado por críticos, artistas, algún galerista de visita, amigos y conocidos todos en fin), nadie más se suma a la comitiva que llama la atención en un barrio que tendrá que acostumbrarse a la gafapasta y al negro, a los labios rojos y los tacones altos, al mundillo del arte actual. Galerías casi ocultas y, dentro, una animada charla con los mismos que estuvimos en la galería anterior y que nos encontraremos en la próxima, siempre los mismos, pocos pero amigables (incluso encontramos poetas, diseñadores…). Algunos muy interesados preguntan a los galeristas, más o menos jóvenes, más o menos nerviosos, más o menos profesionales. Esta mañana no se va a vender nada, casi seguro, aunque nunca se sabe…, tal vez el director del Reina compre por fin un par de Gadeas, o el CA2M aporte a la colección de Madrid algo que ya debería de tener, aunque posiblemente la iniciativa privada (con nombre de coleccionista privada) aclare las cosas. O tal vez tampoco. Todo depende de que sepamos qué artista es este, porque desde luego no es el que parece, el que todos decían que era, no, no es un Ignasi Aballí, será un post-Aballí.


Por supuesto no hay cartelas en casi ninguna exposición. Se pregunta, se habla; los críticos preparando en mente lo que van a decir, lo que van a callar, total, para qué enemistarse con nadie. Para que vamos a decir que con estas formas no vamos a ningún sitio, que convendría que alguien más además de los happy few supiera dónde están estas galerías, cuáles son, quiénes exponen, pero si a ellos no les importa… Lo que importa es que te conozcan en las ferias internacionales, donde se mueve el dinero. Por eso no importa estar en un barrio pobre en un local pequeño, barato: hay que sobrevivir. Poco espacio, poco personal, poca información. Cero promoción. Lo importante es el extranjero, todos te lo dicen, pero esperan nerviosos la visita de un director de museo, de una coleccionista que compre, del crítico que resalte su trabajo…


Los que tengan mejores relaciones, mejores contactos, sobrevivirán, los otros seguirán pensando que es en las ferias del extranjero donde se hace todo. Ya nadie piensa en crear un coleccionismo y mantenerlo, un coleccionismo local, joven, que pueda poco a poco sostener el mercado de las galerías españolas. Nadie cree ya que la obra de arte sigue teniendo más valor que una buena agenda, que un buen amigo en el sitio adecuado, aunque hoy, en esta inauguración colectiva en una mañana húmeda de sábado después de una huelga general y entre dos manifestaciones, a todos nos parece estar viviendo una situación surreal, extraña, extrañas son las situaciones, los encuentros, el ambiente, las conversaciones… Siendo todo como siempre, algo parece que se ha roto y que ya nada puede ser como siempre. Tal vez sólo lo sienta yo, aunque algunos, algunas amigas, me han señalado lo mismo: algo no está pasando.


Aproximadamente unas seis galerías en menos de cien metros de calle. Y se prolongarán en unos meses, para enero se sumarán a las que ya existen dos o tres más: en total, en una sola calle, ocho o nueve galerías. No está mal. Y como vecino mudo y cerrado la Galería Gao Magee del empresario chino detenido recientemente por la trama de blanqueo y extorsión. Él también tenía muchos contactos y lo importante de verdad lo manejaba en el extranjero.

Imagen: Gillian Wearing. Everything is connected in life…, de la serie Signs that Say What You Want Them To Say and Not Signs that Say What Someone Else Wants You To Say, 1992-1993. Colección TATE Modern, Londres.