Francesca Woodman sólo tenía 22 años cuando dejó de existir. Salió de este mundo voluntariamente, un día de 1981 en que decidió quitarse la vida. En ese momento apenas nadie sabía de su trabajo fotográfico, sus familiares y quizás algunos amigos y compañeros hasta que, en 1986, Ann Gabhart, directora del Wellesley Art Museum, le organizó una exposición con textos de Abigail Solomon-Godeau y Rosalind Krauss. A partir de entonces se inicia el mito, para muchos a causa de su belleza y su temprana muerte; para otros por su obra; para otros tantos por la literatura surgida en torno a ambas cosas, una mezcla explosiva, insinuante e irresistible que ha ido construyendo una imagen de la artista que nunca sabremos si se correspondía o no con la realidad. A partir de unos cuantos documentos y otros tantos testimonios sabemos que Woodman fue una joven talentosa, espiritual y culta cuyos trabajos, ambivalentes y muy bellos, pueden leerse tanto en clave puramente formalista como con un enfoque más político, el que se centra en la vertiente autobiográfica, identitaria y feminista. Desde luego las más de 120 fotografías que ha reunido el Guggenheim Museum de Nueva York dan para ese tipo de lecturas y, dado que la artista no puede hacer objección al respecto, para muchas más. Por ello, muy probablemente, la obra de Woodman continuará siendo un mito más ahora que, finalmente, vuelve a casa y se le reconoce en Estados Unidos y es que, anteriormente, parecía que su persuasión y su capacidad para fascinar quedaba relegada al ámbito europeo. Hasta el 13 de junio se podrá comprobar si se inicia, gracias a esta primera gran exposición, un nuevo reconocimiento de la obra de esta fotógrafa que, a pesar de que para muchos no alcanza el nivel artístico de otros coetáneos como Cindy Sherman o Duane Michals, no hay duda de que sus imágenes son ya parte del imaginario contemporáneo colectivo y quien sabe si, algún día, dejará de ser un reconocida sólo como mito y se la verá simplemente, como una gran artista.