OPINIÓN

A veces la ficción nos describe la realidad con mucha mayor precisión que eso que creemos que es la realidad. A veces la realidad no es más que una escuálida sombra de lo que la ficción ofrece. Dice Margaret Atwood en el prólogo de The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada) que todo lo que cuenta en su historia ha sucedido en algún momento de la historia, en algún lugar del mundo. Nada es inventado, pero el resultado es una ficción que duele como una realidad que nadie parece querer ver. Parece que para llamar la atención sobre la realidad lo más útil es recurrir a la ficción, pero ¿qué sucede cuando la ficción está a su vez formada por la realidad?

Sin duda la distancia sirve para apreciar las cosas mucho mejor. A mí me enseñaron que para poder apreciar correctamente un cuadro, una pintura, hay que alejarse aproximadamente una distancia similar al doble de la extensión del cuadro. Alejarse para ver mejor el detalle, el conjunto, para comprender mejor lo que se nos pone delante. Porque la vista no sirve para ver, al menos no exclusivamente. Es el contexto, la capacidad de relacionar unas cosas con otras lo que nos permite reconocer las cosas y las personas. También, por supuesto, las situaciones. La capacidad visual no es sólo cuestión de dioptrías, es nuevamente la mente. Como diría alguno “es la mente, idiota”. Sí, querido idiota: es la mente. Todo está en la mente. En la mente se construye la ficción como un inmenso políptico que después definimos como realidad. Y es la distancia la que a veces nos refleja nuestra más inmediata circunstancia. Ahora comprendo que para entender lo que hoy sucede, lo que sucederá mañana, no hay mejor forma que alejarse el doble de extensión de la imagen que estamos viendo. Dar un paso atrás equivale a dar un salto de gigante hacia adelante.

Nunca me gustó Edward Hopper, pero hoy comprendo, en la distancia que la memoria guarda sus cuadros, que eso que vemos en sus pinturas que parecen carteles es simplemente la historia de nuestra soledad. El retrato silencioso de esa melancolía inexpugnable del viajero solitario, que en definitiva somos todos, pero muy especialmente las mujeres. Me gustaría preguntarle cómo vio tan claramente esa sensación que sólo las mujeres sentimos cuando nos quedamos solas en cualquier habitación, en ropa interior. Porque todo esto va sobre las mujeres, una vez más. Hoy parece que vivimos un momento en el que la mujer se está convirtiendo en un centro paralelo de la realidad. A través de la violencia de género, a través de los miles de violaciones y asesinatos que suceden en un continuum sin fin, pero también a través de esa recuperación, también infinita, de todas las que nunca fueron pero hoy tal vez empiecen a ser. Mujeres artistas que, más allá de cualquier estrategia de mercado, son rescatadas en exposiciones, nombradas en redes sociales, mujeres que murieron sin conseguir ser respetadas como artistas, aceptadas como seres especiales diferentes, llenos de capacidades, personas a las que había que mirar a cierta distancia (seguramente el doble de su medida) para poder abarcarlas en su totalidad. Mujeres a los que hoy se les llama radicales sólo por ser mujeres y atreverse a ser mucho más. Mujeres suicidas, hastiadas de una vida limitada por la sociedad, por sus maridos, por unos sistemas políticos y económicos tan machistas como la aplicación machista de cualquier religión. Suicidas por amor, dicen, suicidas por desamor realmente. Mujeres excluidas a las que ni la ficción, ni el arte les pudieron abrir una pequeña puerta de salvación. Todas muertas, todas olvidadas, porque aunque recuperemos a cientos, a miles, quedan siempre más por rescatar de un naufragio universal. Todas esas mujeres que, como nosotras, somos básicamente una matriz reproductora, la imagen del miedo atávico del hombre, la capacidad de ser eternos, incomprendidas y temidas, atormentadas, todas, de alguna manera compartimos habitación con Offred (Defred). Siempre una habitación como universo. Al margen de que las manifestaciones por los derechos de las mujeres parezcan ser hoy más masivas, y la solidaridad masculina aumente, las mujeres siguen habitando en una ficción en la que todo ha sucedido antes, de otra manera pero igual. Como dice Margaret Atwood en un libro al que hay que mirar también con la distancia adecuada para comprender que la realidad es solamente la ficción cotidiana. Mientras las canciones para mujeres las canten los hombres, los retratos de mujeres los pinten los hombres, mientras nuestra historia la escriban los hombres.