Rosa Olivares

Después de su participación en la Bienal de São Paulo, Fernando Ortega (México DF, 1971) no se ha prodigado demasiado. Esta muestra en la galería mexicana es de alguna manera su vuelta a la escena, y es una vuelta que nos trae lo mismo que ya habíamos visto en gran medida (Vacancy, la telaraña casi imperceptible entre las aspas de una antena de TV) pero, sobre todo, nos reafirma en esa sensación de vaguedad formal, donde la elegancia y el mínimo gesto se acercan directamente a la nada, al vacío. Un vacío que queda aún más evidente en una sala de tamaño y belleza difícil de superar. Aquí, sus insectos muertos y atravesados con fríos alfileres que les fijan a los corchos de botellas de champagne, son apenas una anécdota. El vínculo entre música, tecnología y naturaleza, puede parecer obvio, pero una guitarra silenciosa (Adagio sostenuto) enchufada a través de unos cables que tienen más protagonismo que incluso la gran escalera abierta (K5-Hidden Peak) en el centro del espacio no es suficiente. Tampoco con la pieza Variaciones para Armónica (unas armónicas “atrapadas” entre planchas de vidrio) la exposición deja de ser una muestra de elegancia efímera. Sobrevive ese gesto inesperado, esa necesidad de que suceda algo imprevisto… dice alguien en el texto de la galería que es un trabajo que se desarrolla “entre lo implícito, lo inacabado y lo supuesto”, palabras que en definitiva no explican nada, sólo son una buena música de fondo para un paseo al núcleo del mercado, al eje de cómo la obra de arte ya no necesita prácticamente ni cuerpo, ni alma, su existencia si que es imprevista e inesperada. Tal vez innecesaria.

Imagen: Obra de Fernando Ortega en Kurimanzutto. Hasta el 16 de febrero.