La artista y escritora británica Leonora Carrington falleció el pasado 26 de mayo en su domicilio mexicano. La creadora de 94 años fue una de las pocas mujeres que perteneció al grupo de los surrealistas, incluso cuando siempre expresó su disconformidad ante la sensación de ser tratada como una niña a la que nadie toma en serio. Su pintura sin embargo si que perduró y su obra se considera hoy uno de los grandes legados del surrealismo, caracterizada por la creación de una imaginería muy particular en la que todo estaba lleno de una particular magia: escenarios oníricos, pájaros de fuego, unicornios… un mundo de ensoñación y rebeldía que la caracterizaba desde su infancia cuando su “mal comportamiento” la expulsaba de las escuelas católicas a las que sus padres, de buena familia, le obligaban a existir. La historiografía canónica se empeñó siempre en destacar su romance con Max Ernst, mucho mejor recordado, y ni qué decir posicionado, que esta artista. Carrington sin embargo recuerda con amargor esta relación en Los otros importantes -una obra en la que se reivindica el trabajo colaborativo entre parejas de artistas y se contradice la idea de la “mujer-modelo” o “aprediz”- y lamenta que su obra tuviera que estudiarse siempre unida a una historia romántica del pasado, una gota de agua en una vida de casi un siglo. En los años 30 la II Guerra Mundial obligó a Carrington a exiliarse a México, país mágico como su pintura, que ya nunca abandonó por completo y donde compartió tazas de té y tertulias con otras grandes como Remedios Varo y Frida Kahlo. Un país que en 2005 quiso honrarlar con el Premio Nacional de Bellas Artes. Leonora Carrington nos ha abandonado en un año nefasto, de pérdidas, de grandes artistas pero su legado, su fuerza, su pasión y su ejemplo siempre perdurará en nuestra memoria.