OPINIÓN

  • Rogelio López-Cuenca. Bienvenidos, 1998

Sugerencia musical para acompañar la lectura: Enrique Bunbury. El extranjero.

Yo soy extranjera. Y usted también. Somos extranjeros prácticamente todos en todo el mundo. Claro que en unos sitios más que en otros; yo personalmente me siento muy extranjera en países africanos, donde el color de piel me hace sentirme además de extranjera una minoría mal vista. Somos más extranjeros cuando somos minorías, cuando no hablamos el idioma, cuando nuestra cultura es otra. Por ejemplo, en cualquier lugar donde el Estado Islámico tenga el poder yo seré absoluta y peligrosamente extranjera. Consecuentemente somos, o creemos que somos, menos extranjeros, que casi no se nota que lo somos, cuando hablan nuestro idioma, maldicen contra la Iglesia, como nosotros, o donde el color de piel es similar. Pero eso es mentira. Los españoles somos totalmente extranjeros en cualquier país latinoamericano. Y los latinoamericanos son tan extranjeros como cualquier otro en cualquier país que no sea el suyo… incluso a veces en el suyo propio. Porque ser extranjero es básicamente ser diferente. Y esa diferencia puede ser para bien o para mal. Por ejemplo, si eres extranjero y viajas en patera o cruzas las fronteras sin pasaportes, ilegal, es para mal. Si llegas en avión, con contrato, de vacaciones, o porque vas a invertir en ese otro país, entonces es para bien. La diferencia en este caso es solamente económica, porque como dijo el maestro “están más cercanos un rico yankee y un rico libanés que un pobre y un rico yankee”. Marx dixit.

El mundo del trabajo es una élite para los extranjeros. Y en el arte es algo muy evidente. ¿Cuántos directores de museos españoles hay en otro país que no sea España? Así, de memoria, uno en Buenos Aires, otra en París y uno en Nueva York: no está nada mal. Todos hablan el idioma local, conocen sus culturas y son grandes profesionales. No problema. ¿Cuántos alemanes hay dirigiendo museos en toda Latinoamérica? ¿Cuántos africanos dirigen algo, aunque sea un centro cultural de barrio, fuera de sus países? La pregunta me vino el otro día leyendo una noticia de que en Italia se han nombrado a los directores de los 20 museos más importantes del país y siete son extranjeros. El sector del arte italiano está dividido por el número de extranjeros a cargo de las más altas pinacotecas. Tres son alemanes, dos austriacos, uno británico y uno francés. Es decir, son europeos, lo que viene a decir que son extranjeros pero poco. El problema tampoco está en el currículo, ni en el hecho de que entre los currículos recibidos más de un centenar era de extranjeros. Tal vez este malestar tenga que ver con que Italia está sufriendo una autentica invasión de extranjeros, de los de “mala calidad” y tal vez vean a estos extranjeros directores de museos quitándoles los trabajos que, al parecer pertenecen por derecho de nacimiento a los italianos, como fregar platos en los restaurantes o hacer las camas en los hoteles.

Sin embargo, habría que preguntarse qué pasaría si nombrasen en Alemania director de la Alta Pinacoteca de Múnich, por ejemplo a un griego, porque una cosa es que una Bienal la comisarie un colombiano nacido en Canadá y otra que un símbolo de la cultura germánica la dirija un “pig”. Creo que Okwui Enwezor dirije la Haus der Kunst, pero es que él ni es extranjero ni siquiera es negro. Claro que otro problema es que el extranjero, tanto el director del museo como el que friega los platos en un restaurante, tienen que saber el idioma del país, sus tradiciones, su cultura, en el grado imprescindible a su trabajo. En España hemos tenido extranjeros dirigiendo o en altos puestos que no han levantado ninguna queja, mientras que otros que nunca aprendieron nuestro idioma ni se interesaron por la cultura local despertaron un gran malestar. Sin entrar a fondo en los problemas italianos, a fin de cuentas yo también soy extranjera allí, creo que si somos tan restrictivos con los mexicanos en USA, con los africanos en España, los albaneses en Italia, y los árabes en todas partes…. No es de extrañar que los buenos puestos de directores tampoco quieran dárselos a los extranjeros. Y es que ser extranjero es muy duro, sobre todo cuando también eres extranjero, te sientes extranjero y te tratan como extranjero, en tu propio país.