OPINIÓN

Nos hemos acostumbrado, por deformación profesional, a pensar que cuando se habla de exposiciones se habla de exposiciones de arte. Pues no. Una exposición puede ser de cualquier cosa, y pocas veces es realmente de arte. Hay exposiciones universales en las que se muestran las artesanías de los países, exposiciones de jardinería, de objetos religiosos. Recientemente he visto una dedicada a los sistemas penitenciarios portugueses, en los que se llegaba a mostrar objetos requisados a los presos: ya se sabe, objetos punzantes de todo tipo. Y la exposición con más visitas que se recuerda en España es la de las “Edades del Hombre”, que en cualquier caso de tener algo de arte no era en absoluto de arte actual, ni siquiera moderno. Siempre que no contemos como exposición cuando la copa del mundo de futbol, en su itinerancia nacional, es expuesta en cualquier lugar de España.


Es como la palabra “museo”. Es oírla y pensar en el Museo del Prado o en el Reina Sofía, y los más viajados piensan hasta en el MoMA, la TATE o el “Pompidú”. Pues tampoco. El museo más visitado de España es el Museo del Barça, en Barcelona, y supongo que el segundo será el del Real Madrid. Claro que en los Estados Unidos el museo más visitado es el museo de la Coca-Cola, y es que allí el fútbol no es lo mismo. Y no es broma. Son los datos los que hablan. Tal vez por eso los directores de museos de arte actual son tan poco amigos de hablar de datos y cuentan como visitante a cualquiera que se acerque a preguntar la hora al vigilante de turno.


No obstante, en una encuesta de demoscopia realizada por encargo de el periódico El País, se afirma que los intelectuales (así, “intelectuales”) gozan de más confianza entre la población que por ejemplo los políticos, los bancos, la iglesia y todos sus obispos. Están, estamos, a nivel del cuerpo de bomberos, del ejército o de los cuerpos de seguridad del estado, muy por encima de los periodistas y, repito, de políticos y obispos y curas. Cuando hablamos de curas o de obispos la cosa está clara, sabemos de qué estamos hablando. Incluso cuando se habla de políticos o de banqueros, más o menos todo el mundo tenemos claro quienes son, pero ¿Qué cree la gente en general que es un intelectual? Porque un bombero es alguien que es reconocible por las botas, el casco, la manguera y el camión, es alguien además que ayuda, un cuerpo que funciona y en que se puede confiar (además de poblar los sueños eróticos de la mayoría de la población). Pero un intelectual puede ser el profesor del colegio del niño, al que no se le respeta ni se le valora, que gana una miseria y al que los alumnos le toman el pelo. También es ese crítico de arte al que pocos leen y menos aún respetan. Por supuesto lo son el escritor que casi nadie lee y el músico que no logra estrenar (y por supuesto no me refiero al cantante pop ni a las bandas de los grandes conciertos del verano). Es decir, que nos valoran más que a la media pero que se nos apoya menos que a la media. Se nos valora personalmente, al parecer, pero nuestros trabajos y nuestras funciones, tal vez por estar menos claras que las del bombero, son menos apreciadas en general.


Hay algo que falla en esa encuesta. O los que han participado no saben muy claramente que es un intelectual o realmente algo está fallando en todo el sistema. Porque si los políticos, las empresas, los bancos y los padres de alumnos nos desprecian, ¿Quién forma parte de la sociedad que tanto nos valora? ¿No pasará como con la palabra exposición y museo, que hablamos de algo y creemos hablar de otra cosa? En cualquier caso por lo menos es gratificante saber que ser intelectual está tan bien visto como ser policía o bombero en una sociedad que no valora demasiado el conocimiento. Ya sólo falta que lleguemos a ser también un mito erótico en esa más de la mitad de la población. Entonces, aunque no tengamos trabajo nos sentiremos, por lo menos, queridos.


Foto para el calendario de bomberos de Bilbao