OPINIÓN

Durante las últimas cuatro o cinco semanas, el tiempo que abarca aproximadamente las vacaciones de verano en casi todo el mundo, se han debido de hacer millones de fotografías con los teléfonos celulares. La mayoría de ellas, aproximadamente un 80%, son selfies. Un selfie es hoy lo que hace poco se consideraba un autorretrato, pero ciertamente no es lo mismo, y creo que deberíamos empezar a diferenciarlos para no confundir la velocidad con el tocino, como se dice en España cuando hablando se confunde el culo con las témporas(*), algo que realmente nunca supe lo que era. Las témporas, digo; el culo sí sé lo que es. Pues eso, que un selfie es a un autorretrato lo que las témporas, sean estas lo que sean, al culo.

Un selfie es un intento de atrapar un momento de naturaleza efímera, en el que queremos estar presentes junto a algo o alguien, en un lugar determinado, en un momento concreto y supuestamente irrepetible, sin ninguna intención de permanencia, ni contenido artístico, y su objetivo no es definir la personalidad ni el carácter, ni siquiera la apariencia física de la persona que en él aparece. Son como flashes de una realidad incandescente, fugitiva, imposible de atrapar, en parte por su banalidad, que a pocos importa al margen de quienes aparecen en ese selfie. De hecho tiene más de documento, más de instantánea de álbum privado, que de un autorretrato. Un selfie es como decir “yo estuve allí, yo estuve con…“, una firma en el aire, entre un autógrafo de un famoso, una postal de vacaciones y un souvenir imposible que acabamos tirando en la primera mudanza.

Claro que algunos de ustedes, ociosos lectores, pueden opinar todo lo contrario, y señalar que el selfie es el último eslabón en la cadena que la evolución del género del retrato ha ido construyendo desde las tumbas funerarias egipcias hasta hoy. El retrato tiene su origen en la necesidad de expresar el poder encarnado en el hombre, es a la vez un elemento de propaganda política y religiosa, el soporte de una expresión plástica y, por supuesto, la forma de conservar más allá de la memoria, un rostro, o su idealización: pinturas religiosas, camafeos, retratos de encargo, los donantes dentro de los cuadros de religión, de historia… Pero es cierto que con el tiempo cada época ha marcado diferencias en el uso y el contenido del retrato. Un retrato puede ser construido a partir de elementos personales del individuo que se quiere representar; una gota de ADN es el mejor retrato, el más completo, cuando queremos que un retrato sea la perfecta identificación de una persona. Alphonse Bertillon (París – Francia 1853, Münsterlingen – Suiza 1914), oficial de policía francés, fue el primero en utilizar el retrato de los delincuentes detenidos como un documento a la vez apropiado para su reconocimiento por las víctimas y futuras víctimas, como para el estudio antropológico de los rasgos prototípicos del mal, de la depravación, del criminal. De esos tiempos vendrán expresiones como “la cara es el espejo del alma”, “tiene cara de mala persona”, “con esa cara de niño…” y otras muchas que, equivocadamente, otorgan a la presencia física valores morales más allá de los obvios aspectos sociales y culturales. Pero todos esos retratos, desde las máscaras egipcias hechas como vaciados de los rostros verdaderos de los fallecidos, hasta las ingenuas y terribles fotos de Bertillon no fueron nunca un selfie. Y me dirán: evidentemente, un selfie no es un retrato, es un autorretrato. Bueno, sí, es cierto, pero con el uso de la fotografía hemos aprendido varias cosas, por ejemplo que la calidad de la cámara y la lente utilizada no importa, que lo importante es el ojo que mira y la cabeza que piensa; que una foto la hace cualquiera, pero que una buena foto es algo al alcance de poca gente, y que una obra de arte… en fin una obra de arte es una entre un millón de intentos. También hemos aprendido que todos los retratos, cientos, que se han hecho a sí mismos artistas como Lucas Samaras, Samuel Fosso, Cindy Sherman, Francesca Woodman, entre otros muchos (todos ellos de forma sistemática), no tienen nada que ver con ningún selfie. Y que, igualmente, todos esos autorretratos que otros cientos de artistas se han hecho puntualmente (prácticamente todos los que han usado una cámara fotográfica) nunca se han acercado a lo que es un selfie. En esa historia particular del autorretrato el selfie marca un antes y un después. Y es, sin duda, el capítulo más abultado, lleno de millones de imágenes que, por suerte, nunca veremos, nunca tendremos que estudiar en libros de fotografía ni de historia del arte. Se podría decir que es el mayor bluf de la historia de la imagen, ese periodo en el que la baja calidad de todo lo que se produce hace posible su propia autodestrucción, sin que nadie lo lamente. El selfie es al autorretrato lo que aquellos 15 minutos de gloria de Warhol a los ganadores de loterías de todo el mundo: un fogonazo de fama, de visibilidad, que dura poco y desaparece para siempre, sin posibilidad de ser recuperado. Demos gracias a la técnica y a sus debilidades, a la limitada capacidad de la nube y a la gran facilidad para romper, perder y cambiar nuestros celulares.

*(Por si a alguien le interesa: Témpora es, según la RAE, “tiempo de ayuno en el comienzo de cada una de las cuatro estaciones del año”)