Es uno de los artistas más internacionales. Sus obras no dejan a nadie indiferente, y es que Ernesto Neto (Río de Janeiro, 1964) invita a tocar y sentir cada una de sus piezas. Tras la gran retrospectiva que le dedicaba el Museo Guggenheim Bilbao a principios de este año, el artista presenta en la galería madrileña Elba Benítez la exposición O protesto e a serpente, donde reflexiona sobre el lugar de la naturaleza, lo espiritual y los cambios sociales en Brasil y en cualquier parte del mundo.

(Ernesto Neto, O protesto e a serpente, galería Elba Benítez, Madrid. Del 21 de noviembre de 2014 al 10 de enero de 2015).

Exit-Express.com: ¿Cómo definirías tu trabajo?

Ernesto Neto: La idea de definición no me gusta… la primera idea que se me viene a la mente sobre cómo definiría mi trabajo es como indefinido. Mi obra piensa la continuidad del Ser con la naturaleza, como si no hubiera separación, como un continuo entre el cuerpo y el paisaje. Me gusta pensar en cómo podemos habitar esta condición urbana que vivimos, con la experiencia de la pluralidad de la naturaleza, que se relaciona con todo constantemente… El espacio urbano es, de alguna forma, como el espacio natural, lleno de interacciones. Una ciudad es como un ser complejo, como un cuerpo con su hígado, su cerebro, su corazón… En mi opinión la experiencia de la simbiosis de las plantas es muy interesante para pensarla en relación a la ciudad, cómo unos y otros se necesitan para existir y funcionar.

E.E.: En tu obra los límites se exceden, ¿dónde acaba la obra y empieza el espectador, forma todo un mismo continente?

E.N.: Eso es lo que me gustaría; mi objetivo final es que ambos sean uno. La obra comienza con el artista y termina con el público, pero estos dos se confunden, se mezclan. Las obras que presento aquí no son exactamente interactivas, se pueden tocar pero no son obras en las que puedas entrar; sin embargo, el principio de interacción está presente todo el tiempo, ya que una media con pelotas dentro se convierte en pieza de arte, pero si separas esos elementos se convierten en otra cosa. El principio de mi obra es trabajar siempre el estado de equilibrio, me interesa, sobre todo, la vida; no pienso sobre la muerte, que es para mí un pasaje propio de la vida. En Occidente la idea de la muerte está siempre presente, y se ha considerado que el arte serio tenía que hablar del sufrimiento de la vida; no coincido con eso, para mí la vida es para la alegría, el amor, la expansión… Esta sobrevaloración del dolor es un error occidental que hay que sanar. Cuando he entrado en contacto con indígenas de Brasil me sorprendía ese valor que se daba a la vida, esa necesidad de alegría en contacto con la naturaleza, y esto es algo que quiero mostrar también en mi trabajo.

E.E.: ¿Crees que el arte actual es demasiado aséptico?

E.N.: Esta pregunta me recuerda a cuando viajé en mis primeras ocasiones a Europa, especialmente a los países nórdicos. Allí se valoraba mucho la materialidad de los catálogos de exposiciones, por ejemplo, pero no había realmente la materia prima; se explicaba perfectamente la ficha técnica de una obra, pero no estaba la obra, había una imagen que la ilustraba. En Brasil ocurre, por ejemplo, que en los barrios ricos como Ipanema cada vez hay menos lugares para hacer cosas, como casas de costura, tiendas de materiales de construcción… La materia prima cada vez está más lejos de las zonas ricas, compramos los productos ya hechos pero no el material para hacerlos… tenemos un jersey pero no la lana; esta distancia con lo original vuelve a las cosas más asépticas. Es una relación indirecta, técnica… y esto repercute en el arte: cada vez está más lejos lo primario del arte, su materia, del lugar donde finalmente se presenta la obra.

E.E.: Y esta exposición en Elba Benítez, ¿qué tiene de nuevo frente a otras anteriores?

E.N.: De alguna manera esta exposición comenzó en el Guggenheim. Fue en febrero de este año, en 2014, cuando yo estaba con la exposición cuando se sucedieron muchas manifestaciones en Rio de Janeiro y la policía cargó duramente contra los allí presentes. Esta represión me recordaba a Kafka y su proceso, esa necesidad de cambiar algo pero no saber cómo… de ahí nace O protesto e a serpente, la serpiente como representación de la fuerza de la naturaleza y la protesta como un intento de frenar la brutalidad institucional que vivimos hoy. Por ejemplo, me sorprende que la imagen de la cruz no es una imagen verdadera de Jesús, sino de quien lo asesinó… es la imagen del poder, del Estado que le condenó. Si mostramos una cruz realmente estamos enseñando un instrumento de tortura. Creo que la protesta es muy importante pero no es lo que va a cambiar las cosas; el cambio espiritual es realmente lo que puede transformar todo, cuando nos demos cuenta de que la naturaleza es la vida misma.
Por ello hice varios trabajos que estudiaban la relación entre la cruz y las porras de la policía, porque ambos son instrumentos de tortura. Mi sueño es que algún día en las iglesias cristianas esté sólo Jesús desde la alegría y el disfrute, sin miedo, con libertad. Y la serpiente, por su parte, no puede seguir considerándose el elemento del pecado, es el ser que alumbró a la humanidad, que permitió que hoy estemos aquí. Según el mito judeocristiano, Eva y Adán cometieron pecado pero realmente posibilitaron la vida, la serpiente es esa vida, es la fuente de la luz.

E.E.: ¿Cuál es el lugar de los sentidos y de la belleza en el arte actual?

E.N.: El arte actual es muy complejo, pero aún así sigue consumiéndose a través de los sentidos. Por más conceptual que sea una obra hay que mirarla, y esto implica el sentido de la vista. Creo que en primer lugar están estos sentidos y después está el pensamiento que sale de esto que observamos. Los sentidos son la relación primaria y más importante que tenemos con la vida. La belleza es un concepto muy interesante; para mí lo bello es lo que se distingue de la tristeza. Cuando miramos algo muy triste, lo que sentimos es contrario a la belleza, a lo bonito, a lo alegre. La belleza es algo muy abstracto, que muchas veces es una cuestión de convenciones, pero que realmente es algo interior. Los principios que establecemos sobre lo bello pueden ser muy represores, sobre todo porque suelen provenir de un interés consumista… para mí la belleza es un estado del espíritu, es la tranquilidad, es la naturaleza misma; me interesa lo sagrado y lo divino, y lo que nos acerque a esto es propiamente algo bello.

Imagen: Ernesto Neto. O desconhecido nos espera de braços abertos, 2014.