VOCES

  • España. Galicia. Vilagarcia de Arousa. Cristina García Rodero.
  • Entrevista a Cristina García Rodero: Hasta que el cuerpo aguante

Cuando ves a esta mujer de aspecto sencillo, más parecida a un ama de casa que a una aventurera tipo Indiana Jones, lo último que te imaginas es que esos artistas de renombre internacional, casi míticos, la idolatren como la mejor fotógrafa en el complicado terreno del reportaje fotográfico. Imaginarte a esta señora de Puertollano, Ciudad Real, en un festival erótico en el desierto de Nevada es prácticamente imposible para aquellos que no la conozcan. Cristina García Rodero ha sido la primera mujer que ha ganado el Premio Nacional de Fotografía (1996) en España, pero ya antes había ganado en Nueva York el Premio Eugene Smith de Fotografía Humanista (1989), el Premio Dr. Erich Salomon de la Deutchen Gellschaft Fur Photographie de Colonia (1990) y el Primer Premio World Press Photo en la categoría de Arte (1993). Ha sido muchas veces, en muchas cosas y en muchas situaciones la única, y casi siempre, en todo lo que concierne a su pasión, que no es otra que la comunicación a través de la imagen fotográfica, la primera. Como por ejemplo ser la primera mujer española que entra a formar parte de la Agencia Magnum de fotografía, una meta que muy pocos han alcanzado entre los mejores fotógrafos del mundo.

Le ha costado ser reconocida por otros muchos fotógrafos españoles que, tal vez, influidos porque es mujer, porque es aparentemente sencilla y asequible, no la han considerado de igual manera que desde el extranjero, donde realmente se la ha valorado profesionalmente desde hace ya mucho tiempo. Pero también ha sido pionera, la primera, en conseguir que la valoración de un fotógrafo formalmente incluido en lo que se denomina como foto de reportaje, documentalismo, entre en el territorio de los artistas actuales. Su presencia en la Bienal de Venecia de la mano del creador del concepto de “comisario”, Harald Szeemann, sin duda fue un hito no sólo para su carrera sino para la evolución de la consideración de la fotografía documental en España. Cristina García Rodero es un compendio de difícil explicación, pues reúne no sólo aspectos dispares sino claramente opuestos. Pero sobre todo es lo que se dice: una artista carismática, adorada y admirada por un público que observa sus imágenes con absoluta veneración. Porque sin duda Cristina sabe conectar con el público, con el individuo aislado o en grupo. Y no sólo lo hace cuando se cuela en una fiesta popular o en un entierro, entre los protagonistas de los espectáculos eróticos o en unas fiestas rituales de Haití. Ella siempre forma parte de lo que sucede, de forma silenciosa, es aceptada por las personas que, como ella, le dan más importancia a las emociones que a las apariencias. Ella trabaja con los sentimientos, con las emociones, y recorre el mundo, desde Serbia o Kosovo a la India o a cualquier lugar, como otros van a la compra o a recoger los niños del colegio. Sin duda una mujer excepcional que apenas cabe en ese cuerpo menudo de mujer española muy normal. Una artista que ha demostrado que la tenacidad y la excelencia pueden vivir en el piso de al lado, que hace de lo inimaginable el pan de cada día. Y siempre sin darle más importancia que a cualquier otro suceso en una vida de lo más normal de una señora de Ciudad Real. Una muestra viva de que sin duda las apariencias engañan.

Hasta que el cuerpo aguante

Dicen que la fotografía te hace inmortal. Que cuando quedas fijado en ese pedazo de papel que, entre magia y técnica, es una fotografía, ya no mueres nunca. Posiblemente quien haya dicho esto pensaba en alguno de los miles de personajes que aparecen en la obra de Cristina García Rodero. Son una legión de hombres y de hombres y de mujeres, niños eternamente risueños, sonrisas y gestos congelados para siempre, que brillan otra vez cuando se les mira. Pero hay también mucha tristeza, tal vez la inevitable tristeza de de saber que la eternidad no está hecha para la alegría, que todo fue apenas un momento fugaz, tal vez la tristeza que viene después de la alegría. No parece que pueda haber placer sin dolor, alegría sin tristeza. Como en la fiesta más alegre, después de las risas, de la comida, de la bebida, de las carcajadas, del baile, después viene una resaca que nos deja la boca, el estómago y la cabeza, vacías y tristes. Después de la fiesta en las calles, a la mañana siguiente, sólo queda basura.

Cristina García Rodero sabe mucho de fiestas. De alegrías y tristezas. Sabe mucho de la gente. Ella ha viajado desde hace muchos años por pueblos y ciudades de España y de todo el mundo. Como un titiritero, de pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta, de sonrisa en sonrisa, ha sido testigo de rituales de vida y de muerte, de fiestas sacras y paganas, públicas y privadas. Porque al final todas ellas conviven en cada una y en todas. La fiesta puede ser de todo un pueblo, de un millón y medio de personas en un solo lugar, o de dos que se quieren y pueden reír y bailar y disfrutar de espaldas a todo Porque la fiesta es olvidarse de todo, enloquecer, hacer algo diferente, o al menos vivirlo de una forma especial. Cumpleaños, nacimientos, bodas, reencuentros, triunfos, fechas típicas, desde la puesta de largo de las adolescentes de clase alta o la “fiesta de los 15” entre quinceañeras latinoamericanas, hasta el baile de los jubilados, todo puede ser una fiesta.

La mirada de García Rodero ha estado atenta a las inflexiones de los cuerpos, a las sombras de las sonrisas, a los fragmentos de escenas dentro de otras escenas, ha sabido captar el detalle individual en grandes celebraciones, rescatando a

Cristina García Rodero

Cristina García Rodero

las personas de entre las masas y los tópicos. Personas que bailan y ríen: que en ese momento, al menos, fueron felices… aunque después, como siempre después de la fiesta, cada cual vuelve a su lugar y a su vida cotidiana anodina. Ganadora en 1996 del Premio Nacional de Fotografía, y de los premios internacionales más importantes, profesora adorada por sus alumnos, fotógrafa admirada y querida por casi todos, Cristina García Rodero parece encontrar finalmente un lugar entre los nombres importantes del arte español actual, no sólo de los fotógrafos españoles. Su presencia en la última Bienal de Venecia, en la selección de artistas de Harald Szeeman ha sido uno de los reconocimientos, tal vez el más público, que el arte internacional le ha hecho. Su exposición sobre Haití en Madrid el pasado año

significó un nuevo reencuentro con un público fiel y con un sector profesional cada vez proclive a fiestas y alegrías. Pero ella, fiel si misma, sigue su línea y su estilo de vida y trabajo, planteándose que, tal vez, ya sea el momento de empezar a medir fuerzas, de pensarse dos veces un viaje, de no aceptar más encargos, de tomarse la vida y el tempo para ella y no para la fotografía y para todos sus personajes.

Rosa Olivares: ¿No te cansas de hacer fiestas y rituales por todo el mundo?

Cristina García Rodero: Yo es que tengo mucha capacidad de aguante, tengo muchísima paciencia y tengo ilusión. Me viene por parte de madre, que la recuerdo siempre con los ojos llenos de ilusión, todo le gustaba, todo le parecía maravilloso., no se quería perder nada. Esa ilusión que siempre tuvo mi madre yo creo que también la tengo. Pero si, es verdad que según los años van pasando no es que pierdas la ilusión, pero es que ya no tienes las mismas fuerzas y hay otras muchas cosas que también te interesan, te das cuenta que ya no tienes toda la vida por delante y que, en el mejor de los casos y si la vida te trata bien, te quedan unos cuantos años. Y yo no quiero que mi vida esté tan llena de viajes y de reportajes en vez de otras muchas cosas mas…, y este aprovechamiento del tiempo, y no la pérdida de la ilusión, será lo que ponga límites a este trabajo.

RO: Empiezas fotografiando las fiestas de tu pueblo…

CGR:Empiezo con los conejillos de indias, fotografiando a mis hermanos pequeños que estaban con algunas plumas que debían haber cogido de un gallinero y las toallas de la playa, se vistieron de indios: Esa fue mi primera fotografía.

RO: En todos estos años…

CGB: Pues más de cuarenta, entonces tendría yo once años…

RO: ¿Nunca te han asaltado ganas de hacer otras cosas, de pintar, por ejemplo? Porqué tú hiciste Bellas Artes.

CGR: Sí, hice Bellas Artes y me encanta pintar, pero estoy muy desligada de todo eso, demasiado desligada. Pero creo que cuando el tiempo me lo permita volveré a pintar, seguro. Lo que tengo claro es que nunca me voy a aburrir. Volveré a pintar pero por absoluto placer, todo dependerá de cómo envejezca y los años que dure.

RO: En tu trabajo fotográfico, ¿hasta dónde crees que ha influido tu conocimiento de la historia del arte, de la pintura, de lo que has aprendido en los museos, en los libros?

CGR: No sé con certeza hasta donde, evidentemente es una influencia que existe pero que nunca me he detenido a estudiar dónde se nota más y dónde menos, la verdad. No cabe duda de que todo lo que he visto en tantos museos en todo el mundo, y que lo he visto con ilusión y avidez, te empapa la memoria, te impregna cada uno de los poros de la piel, y sale por alguna parte, de una forma u otra. Tu forma de interpretar lo que esas viendo se diferencia de la de otro por lo mucho que has visto.

RO: En tu obra siempre han destacado, debajo de esa catalogación de documentalista, dos aspectos esenciales: por una parte una gran curiosidad y una gran cercanía con la gente; por otro, una gran inteligencia visual, una forma de mirar que parece que es la de cualquiera, pero que nos enseña otras cosas, nos hace que miremos otras cosas. Centras la mirada en un fragmento, en un detalle especial para toda la escena.

CGR: Lo que fotografío es aquello que a mí me impresiona, para bien o para mal. Lo que me hace estar cercana a la gente. Creo que el hecho de ser mujer…

RO: ¿Crees que ser mujer ha influido definitivamente en tus fotografías?

CGR:Todo te influye: la sensibilidad que tienes al haber estudiado pintura, la sensibilidad que tienes por ser mujer, el hecho de que yo sea una persona muy emotiva, demasiado emotiva, el hecho de que quiera estar siempre muy próxima física y psicológicamente a la gente, y el hecho de que estés siempre observando. Te fuerzas a observarlo todo continuamente, y de esa capacidad de observación vas desechando muchas cosas y desarrollas la capacidad de crítica y pules la selección para quedarte al final con lo que a ti te interesa. Intentas ser tan sincera, trabajar para ti y en función de lo que para ti es importante que, al final, eso da sus frutos. Lo que intento cuando fotografío es sentirme lo más libre posible, que no haya ninguna presión, por eso cada vez huyo mas de los encargos. Con un encargo te creces, es siempre un reto, un desafío, pero a mí me hacen sufrir.

RO: Hay encargos que pueden ser muy interesantes, cosas que no harías nunca si no te las encargasen.

CGR: Claro, claro, pero por lo general son trabajos que haces un poco en función del medio que te los encarga, busca que se adapten a lo que otros necesitan. Por fortuna, al tener un sueldo detrás, al trabajar en la enseñanza, yo siempre he intentado aceptar los encargos que a mi me pudieran aportar algo, aunque fuera coyunturalmente.

RO: Tu trabajo siempre ha aparecido repentinamente, no hay una continuidad expositiva regular. De repente este año se ha podido ver tu obra dentro de un contexto diferente. Tu participación en la Bienal de Venecia, bajo la selección de Harald Szeemann ha causado sorpresas en muchos, ya que tu trabajo no se ha movido especialmente en los circuitos artísticos habituales. ¿Esto te plantea alguna duda o alguna molestia?

CGR: No, creo que por haber estudiado arte no tengo ninguna pretensión de artista. He estudiado, sé lo que es el arte, sé valorarlo, sé quienes son pretenciosos…no. Que piensen de mi lo que quieran.

RO: Pero cuando ves tu obra colgada en la Bienal de Venecia y no en el Pabellón Español, ¿Qué sensación te da? ¿Que tienes un reconocimiento mayor fuera de España que dentro?

CGR:No, yo creo que España se ha portado muy bien conmigo, no me considero injustamente tratada. Los países te tratan de acuerdo con los medios que tienen y según como tú te preocupas de darte a conocer, de publicitarte…

RO: Según las ambiciones que cada uno tenga.

CGR: Lo que pasa es que yo no tengo ambiciones de estar. Sino ya me hubiera movido en esos terrenos. La verdad es que la gente viene a mí, quizás porque a mí me parece que el trabajo de ir por los sitios, buscando ese reconocimiento, es nefasto. Ir solicitando cosas es terrible. Siempre he sido una persona muy tímida pero a la vez siejpre me he valroado mucho a mi misma y a mi trabajo.

RO: Muchas de tus fotografías son inexplicables que estén realizadas por una mujer como tú, una mujer pequeñita y tímida, en ambientes y sitios difíciles, y no me refiero a Haití o a Kosovo, sino a pueblos españoles hace 20 o 30 años, cuando no era muy frecuente la presencia de mujeres fotógrafas, viajando solas, etc.

CGR: Mi presencia ha podido ser molesta en determinados momentos, pero le vas perdiendo el miedo a las cosas, y es por el deseo de fotografiar. Eres un ser privilegiado por estar allí en ese momento y tu tarea es fotografiar de la mejor manera posible y para conseguirlo a veces tienes que estar a treinta centímetros de lo que está ocurriendo, ¿Qué te pegan una patada en el culo, como me ha ocurrido? Pues me aguanto, pero lo que no puedo hacer es andarme con miedo o con precauciones porque si no se me escapan y eso te crea una frustración y un malestar contigo mismo tremendo. El dejar pasar las cosas porque tu tengas miedo para mi es una situación muy negativa para conmigo misma. EN esas situaciones la cámara te da fuerzas, te hace crecerte porque tienes un motivo para estar allí, quizás sin la cámara yo no me hubiera metido, ni muchísimo menos, en la mitad de los sitios en los que he estado. Y, después, hay que ser consciente de que todo aquello ha pasado en unos cuantos segundos, que estas allí, que no sabes cuándo vas a poder volver, que las situaciones nunca se repiten, aunque cada año se celebre lo mismo de la misma forma, sean los mismos personajes, nunca es igual, jamás. Saber que es cuestión de fracciones de segundo te fuerza a estar allí como sea y a hacer tus fotografías.

RO: ¿Crees en el instante decisivo o crees que cualquier instante o todos los instantes pueden ser decisivos?

CGR: Yo creo que todos pueden ser decisivos, pero yo tengo muy claro los que lo son. Cada cual tiene una visión de las cosas, pienso que hay muchos momentos decisivos, no siempre con movimiento, no siempre con acción, pero si tengo muy claro cuando con una fotografía mía he cogido el momento justo. Eso se ve aunque a veces haya dudas, porque de tres fotografías todas pueden ser correctas, aunque ninguna tenga ese punto, ese matiz que transmita lo que has sentido estando en el lugar.

RO: Tiene que ser muy difícil expresar tus sentimientos en ese instante con imágenes que existen al margen de tu presencia, supongo que no siempre lo conseguirás.

CGR: Tantas veces no lo consigo, y esas veces son frustraciones. El trabajo de reportero es muy bonito pero es muy estresante. Es un trabajo maravilloso porque siempre estás en primera línea, porque eres un privilegiado por todo lo que ves, por todo lo que ocurre a tu alrededor, por estar en el sitio oportuno, porque a veces tienes permisos especiales para acceder a determinados sitios que no todo el mundo puede ver, pero tienes que ser más rápido que el viento, tienes que estar allí y tienes que ver, tienes que llegar, y ser aceptado. Es complicadísimo y te crea mucha angustia, pero cuando sabes que ha sucedido algo y tu estabas allí y tienes las fotos, lo llevas dentro, contigo, en tu cámara, en la película, todo lo pasado te compensa. Te compensa de las frustraciones continuas que vives, de tus propios despistes, de no haber estado atento, de haber estado en otro sitio distinto al lugar donde ha sucedido los hechos.

RO: La vida es así, no se puede estar siempre en el lugar adecuado en el momento exacto. En cualquier caso, parece que la auténtica protagonista de toda tu obra es la gente. La gente en dos vivencias extremas, el dolor y la alegría, en la felicidad y en la tragedia.

CGR: Es la vida, ¿Qué es la vida si no es eso?

RO: ¿No hay punto intermedio entre esos dos extremos?

CGR: Lo anodino, la vida cotidiana, pero también en mis fotografías hay vida cotidiana, lo que pasa es que la gente se queda con las cosas, con las situaciones más extremas. En mis fotografías hay muchísima vida cotidiana lo que pasa es que el trabajo va saliendo poco a poco, y tú dices que soy un Guadiana (que aparezco y desaparezco) pero no es así, lo que soy es una trabajadora y hasta que las cosas no están no salen, y a veces salen porque hay un compromiso, como en el Premio Nacional. Yo no tengo ningún interés en estar pariendo fotos continuamente para estar mostrándolas. Todo tiene su tiempo, tal vez yo sea excesivamente perfeccionista y tardo mucho. El tiempo que he necesitado para hacer cada trabajo ha sido quince, diez años, el de haiti han sido cinco años. A lo mejor en cinco años puedo hacer otras tres exposiciones que es el resultado de estar trabajando diez años en silencio.

RO: En tus imágenes hay también, además del dolor y la alegría, mucha ironía, una mirada escéptica, como eres tú en el fondo, y, por qué no decirlo, también encuentro una mirada traviesa.

CGR: Soy juguetona, me gusta jugar, soy optimista, demasiado optimista. Creo que el sentido del humor en la vida es fundamental para seguir viviendo y para quitarle tragedia a las cosas. La vida es muy dura y hay gente y circunstancias que la hacen más dura aún, así que deberíamos tratarnos mejor unos a otros y echarle todo lo positivo que podamos a la vida y por eso las relaciones entre el conocer a los demás y las relaciones entre unos y otros y la relación con lo que no existe y a lo que a gente pide protección, la fe, son cosas que a mi me interesan especialmente.

RO: ¿La fe y el miedo tienen mucho que ver entre si?

CGR: Sí, la fe tiene mucho que ver con el miedo y con la necesidad del ser humano.

RO: ¿En todas las culturas?

CGR: Sí, absolutamente en todas las culturas. En todas las religiones el miedo es un factor importantísimo para tener a la gente con el corazón encogido y sujeto para que no haga barbaridades. Cuando no había leyes era la forma natural de tener a la gente controlada, hablando siempre del castigo y del premio.

RO: Tal vez ese miedo atávico sea lo que une e iguala más a las personas de cualquier parte del mundo. EL miedo, la alegría y la fiesta.

CGR: Para la gente que tiene algún tipo de fe sí, para ellos la idea de Dios o el sentimiento de Dios y cómo viven esa religión es lo que aglutina a mucha gente, y todos creen que su religión es la mejor. Yo creo que la religión ha nacido siempre del intentar mejorar la vida y darle un sentido a la vida y hermanar a todos, pero al final son grupos que no se hermanan, cada cual piensa que está en posesión de la verdad.

RO: Sin embargo lo que probablemente sea igual en una persona escéptica y en otra religiosa sea esa alegría desbordante que surge en la fiesta: en una boda, en un baile, en una fiesta de barrio… ¿estos sentimientos pueden ser más universales?

CGR: Sí, porque esa alegría es algo absolutamente natural y necesario.

RO: ¿Tú eres una mujer alegre?

CGR: Sí, mucho. Soy alegre y creo que seré alegre toda mi vida, pero era mucho más alegre antes. La propia vida y todo lo que he visto me ha ido apagando un poco esa alegría.

RO: ¿Has visto muchas desgracias?

CGR: Horrible, he visto mucho dolor y mucha injusticia.

RO: ¿Y eso te motiva a la hora de hacer tu trabajo, como en la serie para Médicos Sin Fronteras, que sorprendió y conmovió a mucha gente?

CGR: Conmovió a la gente porque a mí me había conmovido mucho mientras las hacía. Me conmovió mucho Georgia, y el trabajar con los médicos, fue para mí un trabajo muy bonito. Pero la gente tiene mucha tendencia a etiquetar y yo paso de etiquetas, quiero hacer en la vida lo que yo quiero, y si me asocian con fiestas tienen toda la razón, pero también sé hacer otras cosas…y si sólo hago fiestas ¿Qué importa?

RO: La fiesta es una necesidad, estamos en un mundo y en un ambiente demasiado trágico, demasiado dramático. Hay que volver a celebrar el encuentro con un amigo, con la familia…, no sé, hay que volver a gozar.

CGR: A gozar, a olvidarte de todo, a sonreír.

RO: Sin embargo, esa alegría, ese sentido de fiesta no parece estar muy asentado en el mundo de la fotografía, que está más volcado a las tragedias.

CGR: Lo que pasa es que los fotógrafos se mueven más en el mundo de la actualidad, en función de la noticia y de lo que se informa es de actualidad nacional e internacional, que no deja de ser política y los conflictos. Los desastres. Al final todo es un cúmulo de desgracias, como el World Press Photo, todo son tragedias y guerras, en el fondo es lo que las agencias quieren y lo que publican los medios. Llevas fotos de lo cotidiano a una agencia o a un medio y te dicen que eso no interesa. También es verdad que depende en que medio, cada vez hay más apertura para admitir más cosas.

RO: Los fotógrafos que no son reporteros, dijéramos que son mas artistas que otra cosa, que trabajan sin encargos y exponen en galerías, que hacen obras más sujetas a sus estados e intereses personales, tampoco se dedican a trabajar sobre conceptos alegres, se dedican a temas más profundos aparentemente, a la muerte, la memoria, la ciudad…

CGR: Mucho del trabajo de estos artistas es autobiográfico. Pero, en definitiva, aunque estés fotografiando una fiesta yo creo que hay mucha autobiografía ahí; tú estás ahí, haciendo esa foto no de una forma casual. Y al fotografiar la fiesta haces tal selección de imágenes de todo lo que allí está pasando, que puede ser en un gran espacio, y acabas representando esa fiesta a lo mejor con tres fotos de una escena en la que hay tres personas en un rincón: es tui forma de entender y de ver, es tu personalidad.

RO: ¿Cuándo fotografías imágenes de fiestas, tú estás dentro de esas fiestas, tomas parte de ellas o te quedas fuera, mirando?

CGR: Yo quisiera formar parte de esas fiestas, lo que pasa es que cuando estás trabajando, cuando estas observando es muy difícil participar; estás participando de una forma pasiva, y a mí siempre me gustaría participar de una forma mucho más activa.

RO: ¿Tu presencia no provoca que se convierta todo en un espectáculo y no en una fiesta?

CGR: Generalmente no, en muy pocas ocasiones sucede ese cambio en la actitud de la gente. No. Además es algo contra lo que yo lucho. Lo más importante es que la gente te acepte, a veces en esa aceptación están las personas haciendo el payaso, o cuatro que te piden fotos y tú las haces para integrarte con ellos, porqué además se está produciendo un juego entre ellos y tú, un toma y daca que puede facilitar que ellos te acepten y, en definitiva, eso es lo que yo quiero.

RO: ¿Nunca has escenificado? Es decir, ¿Alguna vez has reconstruido una situación para poder fotografiarla y que parezca real?

CGR: No. En cuarenta años, en definitiva, que llevo fotografiando he fotografiado de muchas maneras. Al principio los que más me influyeron fueron los retratistas: Irving Penn, Richard Avedon y Diane Arbus. Al principio yo era retratista y, desde luego, colocaba muchísimo a las personas, te hablo de cuando yo tenía veinte años, incluso hasta los veintidós. Cuando empecé ha fotografiar fiestas empecé así; eran retratos de grupo, de gente vestida para la fiesta, hasta que me di cuenta – porqué no he pasado por ninguna escuela- de que aquello no tenía sentido, de que la realidad era mucho más interesante y que una fiesta era movimiento y que fotografiar a una persona muy compuesta, la persona con el traje más bonito a la puerta de su casa, quieta, pues sí, era muy válido, pero la acción era para mí mucho más válida todavía. Entonces el retrato dio paso a otro tipo de retrato, pero en movimiento. Lo importante era entonces captar el movimiento, y según he ido trabajando más, ya todo vale. Todo vale en tanto que ya no es el retrato de una persona en movimiento, sino todo, el caos, que tu reorganizas y ordenas y que antes rehusabas. Porque antes se te metía alguien delante de la cámara y te fastidiaba, pero ahora lo aprovechas y trabajas con una rapidez tremenda porque es algo que te ha dado la experiencia, esa capacidad de trabajar a toda velocidad. Después, por ejemplo cuando hacía fiestas españolas, había muchos sitios a los que llegaba y apenas era interesante lo que había, entonces me propuse hacer un trabajo sobre trajes españoles, sobre joyas, sobre peinados, y aquello, aunque estaba en un exterior, si que era una fotografía de pose, estática absolutamente: estaban mirándome a mí, delante de la mejor pared que podía encontrar en todo el pueblo, y aunque no hubiera luces ni otras preparaciones, si era un tipo de fotografía más preparada. Después hice un solo trabajo utilizando los símbolos, un trabajo de encargo. Fue sobre Gandía, buscando las fotografías antiguas, el archivo de fotografías de Gandía, incluso sobre las tarjetas postales, sobre qué era lo que más se había fotografiado en la historia de Gandía. Allí surgió mi decisión de no aceptar encargos de cualquier tipo. Pero que tu alteres la realidad para hacer creer que eso que fotografías existe así, a mí me parece un engaño espantoso. Hay muchas formas de entender la fotografía, y para mí todas son válidas, lo que no me parece válido es intentar engañar a la gente, eso es lo que no me parece válido.

RO: Me parece sorprendente la cantidad de fotógrafos españoles que os habéis formado en escuelas y facultades de Bellas Artes, pero sin ninguna formación en fotografía, ni técnica, ni práctica y que luego, sin embargo, os habéis lanzado al mundo de la fotografía como profesionales.

CGR: El otro día, rompiendo papeles, y poniendo un poco de orden, encontré un texto sobre Larry Fink, en el que decía “la fotografía es, sobre todo, pasión”. Yo creo que eso es lo que hace que te desvíes de lo que pudo ser tu primera vocación

RO: ¿Cuál fue tu primera vocación?

CGR: La pintura. Como te decía, la fotografía es una profesión apasionante y eso es lo que te da fuerza porque es muy dura. Tiene las dos caras, es apasionante, hermosísima, pero también muy dura, es una de las profesiones más creativas y más duras que hay.

RO: Ahora estamos asistiendo a una especie de boom de la fotografía, como objeto de arte, porque como documentalismo siempre ha sido importante y apasionante, pero ahora vivimos en un momento en el que todos los artistas hacen fotografía, la fotografía ocupa los museos, las galerías, la prensa… y los fotógrafos hacen cada vez obras más caras y en series más cortas, obras únicas, grandes exposiciones… ¿No crees que es algo causado y potenciado por el mercado?

CGR: Sí, yo creo que en definitiva se han dado cuenta de que hay un mercado nuevo, que es más barato, que es más fácil de manejar en todos los sentidos, que hay museos y colecciones nuevas por hacer. También es cierto que todo esto sucede de repente porque la fotografía ha estado mucho tiempo abandonada.

RO: Y surgen muchísimos artistas. En el artista fotógrafo se unen la pasión del artista y la pasión del observador, del testigo directo, pero ¿crees que un artista dijéramos, un fotógrafo de estudio, de taller, que fotografía sus propias ideas y creaciones, comparte esta misma pasión de la que hablábamos hace un rato, o es simplemente adecuarse a un lenguaje diferente, más directo?

CGR: Una cosa no quita la otra. Pero desde luego salir fuera…, salir fuera te embriaga, te llena… creo que para unos es bueno salir, para otros es bueno mirar hacia dentro, la soledad, el recapacitar sobre su vida, otros lo que quieren es contar lo que sucede en el mundo. Yo creo que el fotógrafo lo que hace es una escritura en imágenes, es una forma de narrar, ante todo es contar historias y para ello utilizas la cámara.

RO: ¿No te parece que todas las historias son la misma historia, la historia de cada uno, la historia de tu vida? Tú dices que un artista / fotógrafo fotografía su interior, habla de lo que a el le preocupa, pero tu fotografía, tomada aparentemente desde el exterior, también habla de ti, de tu biografía, de tus sensaciones, aunque lo que tengas en frente no tenga nada que ver contigo, lo que haces es elegir una imagen, un momento y eso dice mucho, lo puede decir todo sobre ti.

CGR: Sí, sí. Todo eso tiene que ver con tu personalidad, con el momento que estés viviendo. Para mí lo que diferencia estas dos formas de hacer fotografía es la mirada, si es una mirada exterior o una mirada interior. En el reportero hay una mayor curiosidad, por el mundo, por todo, en el otro tipo de fotógrafo, esa curiosidad se agota en si misma. Pero ese mirar hacía si mismo puede ser tan rico como esa otra mirada que lleva hacía los demás. El trabajo hecho por un artista desde si mismo, desde su estudio, puede ser igual de bueno e interesante que el que haga ese otro que ha recorrido el mundo viviendo todo tipo de situaciones. También hay que considerar el riesgo que tú asuman ante la vida, porque hay personas que salir de la puerta de su estudio ya les puede dar miedo y, sin embargo, manejarse muy bien a nivel de galerías, de mercado, de saber donde tiene que estar, que tiene que decir; puede manejarse bien en un espacio concreto y pequeño y perderse fuera de él. A mí me preguntan mucho eso: ¿cómo eres capaz de llegar hasta esos sitios?; ¿no te mueres de miedo?; ¿no tienes miedo a que ocurra tal cosa, a todos los problemas que pueda haber, políticos, de todo tipo, físicos, de robos, de todo? A mucha gente le da autentico pavor ir a determinados lugares y pasar por situaciones adversas y difíciles, de sacrificio. Uno, dentro de su espacio, que te acoge, que te protege, y mirado hacia adentro, puede sacar también muchas cosas. Hay muchas cosas que te condicionan y a veces esos límites te pueden dar más alas, a veces estar en una habitación delante de un lienzo te puede dar un impulso creativo diferente.

RO: El problema surge cuando tienes que valorar una fotografía como una obra de arte. Cuando le preguntaron a Peter Galassi, director de fotografía del MoMA, cómo sabía cuándo una fotografía era una obra de arte y cuándo no, contestaba: “ciertamente no lo sé, no puedo estar seguro, lo más seguro es comprarlas todas, el tiempo dirá cuales son obras de arte y cuáles no”. Esa podría ser la única solución, porque hoy hay una especie de rechazo a considerar como obras de arte el trabajo más documental, y sin embargo parte de la mejor historia de la fotografía es documental. Sin embargo, se tiene una excesiva complacencia con la obra de taller, obviando esa posibilidad de que cada artista tenga su tamaño, su forma de hacer y de mirar y de valorarlos equitativamente.

CGR: Cada cual sabe muy bien en qué tamaño y en qué espacio debe estar su obra. Yo pertenezco al comité de compra de la Comunidad de Madrid, y cuando les pedimos a algunos artistas que hagan su obra más grande nos dicen que no, que quieren que su obra se vea así, en ese tamaño, pequeño para lo que dice el mercado. Y está muy bien que cada cual decida cuál es su medida, pero muchas veces estas medidas vienen condicionadas porque no hay espacio en las salas para exponer esos trabajos, una exposición con esos tamaños es tremenda a todos los niveles, te puedes encontrar con muchos problemas. Cuando yo empecé a hacer fotografías el tamaño estándar era de 30 x 40 cm. Porque era la posibilidad que el fotógrafo tenía en cuanto recibir papel de afuera, en cuanto te salieras de estas medidas ya tenías problemas, aquello te limitaba muchísimo. Ahora ya se pueden hacer tamaños grandes porque hay papeles de esos tamaños, hay laboratorios y talleres que pueden hacerte los montajes, hay más salas con mejores espacios para exponer, todo esto hace que tú decidas, que tengas más libertad a la hora de trabajar.

RO: Esa libertad, en tu caso, ¿ha significado algún cambio, trabajas ahora en un tamaño mayor, o el tamaño de tus trabajos ya está definido desde hace tiempo?

CGR: Lo único que está definido es que siempre trabajo con 35 milímetros, y eso es algo que te marca. Yo no puedo hacer copias tan grandes como las que hace Gursky porque el grano aumentaría muchísimo de tamaño. Más allá de un metro y veinte centímetros me da mucho trabajo pues el grano se abre, los tiempos de exposición son tremendos, cualquier pequeña variación en la película se transforma en algo borroso.

RO: La diferencia es que tu trabajas ‘unplugged’ y ellos en el estudio de grabación, es decir pueden tratar las imágenes, usar el ordenador, etc., mientras tú, siguiendo el símil, cantas en directo y sin apoyo de técnicas ni de laboratorios.

CGR: Sí, yo no puedo hacer ese proceso posterior con el material que uso.

RO: De todas las fiestas que has fotografiado o vivido de alguna manera hay algunas en las que la muerte y la resurrección vienen juntas, el dolor y la alegría van en tándem, pero, ¿Cuáles han sido las más alegres de todas, privadas o públicas? Porque, normalmente, las personas vivimos muy pocas fiestas y todas muy parecidas entre sí, poca gente habrá vivido tantas fiestas diferentes como tú.

CGR: Las mejores fiestas son aquellas en las que la gente pueda ser más feliz y más participativa. Donde todo el mundo pueda entrar sin necesidad de trajes especiales, sin diferencia de clases sociales, sin necesidad de tener que pagar por algo. Las fiestas cuanto más populares, cuanto más sensación tenga la gente de que puede incorporarse a ellas en cualquier momento, son mejores. Tal vez por eso los Sanfermines y fiestas similares tengan tal poder de convocatoria, porque no necesitan ni siquiera saber hablar el idioma. Cuántos extranjeros llegan sin hablar ni palabra y no necesitan ni presentarse y terminan durmiendo en la casa de no saben quién y siendo amigos de por vida. Lo mejor de una fiesta es que la gente sea feliz, y lo mejor para ser feliz es olvidarse de todo y participar. Cuanto más participativa sea una fiesta mejor, y los factores música, comida y bebida son también muy importantes. Resumiendo, fuera diferencia de clases, fuera trajes especiales que se puedan estropear o que tengas que tener un status especial para poder llevarlos, nada de entradas para nada, un espacio abierto, a ser posible cuanto más natural mejor, y la mayor hermandad posible, sin importar de dónde eres, si tienes un cargo, ni si tienes dinero o si eres más guapo o más feo.

RO: Sin embargo, en los Sanfermines, como en casi todas las fiestas españolas, la muerte está rondando, el peligro existe de verdad ¿Tú crees que esa sensación de peligro hace que la gente se una más?

CGR: La cercanía de la muerte lo que hace es que el estallido de alegría sea más fuerte. Pero la muerte está siempre rondando. La muerte y la vida siempre van juntas. La mayoría de las fiestas celebran que el invierno ha acabado, que llega la primavera, o el verano, o que el día es más largo, en definitiva el triunfo de la luz sobre la oscuridad, el calor que vence al frio…

RO: En España realmente podríamos celebrar cualquier cosa, buscaríamos una excusa y la encontraríamos.

CGR: Esa es una de las mayores ventajas que tiene el carácter español, esa capacidad de divertirse.

RO: ¿No es así en todos los pueblos?

CGR: No, no es así. El español tiene bastante de salvaje, yo creo que el carácter español es muy creativo, con un gran sentido del humor y eso ayuda en las fiestas.

RO: ¿Y las fiestas más aburridas que has visto? ¿Una boda?

CGR: No, no, las bodas pueden ser maravillosas. Las fiestas más aburridas son aquellas en las que tienes que demostrar que perteneces a una determinada clase social, que no puedes perder las formas, en las que tienes que conseguir un novio, demostrar la buena educación que tienes…

RO: Pero eso no es una fiesta, es una carrera de obstáculos…

CGR: Efectivamente, son puestas en escena. Cuando tienes que estar dando el Do de pecho en cada momento porque tu imagen externa debe estar a la altura que otros marcan, y todo tiene que ser perfecta, esas son las fiestas más aburridas. La espontaneidad a todos los niveles, el intentar divertirte como sea y sentirte libre… ¿Quién puede sentirse libre en un traje que ha costado un cuarto de millón y en el que si levantas la pierna más de lo debido te lo cargas? ¿Quién se puede divertir estando pendiente de si has movido la cadera mal, se si no sabes el baile a la perfección de si no estrenas vestido, o de si vas sin pareja…?

RO: ¿Crees que la historia de la fotografía, incluso del arte en general, ha dado un buen trato a la fiesta, a la alegría colectiva?

CGR: No. Pero la pintura se ha encargado mucho más que la fotografía de las fiestas, de las populares sobre todo. También es verdad que la pintura lleva muchos siglos y la fotografía mucho menos tiempo. También depende de las condiciones de cada época, pero que ahora no se fotografíen fiestas, cuando el que encarga ya no son ni la iglesia ni los nobles, ni tienes que fotografiar al príncipe…, cuando ya puedes fotografiar lo que te dé la gana, pues yo pienso que ha habido poca gente que se ha fijado en la alegría. Creo que tal vez porque la consideran vulgar. El hecho de que la gente sea tan espontánea, tan libre puede rayar en la vulgaridad, en lo populachero.

RO: Ser vulgar de vez en cuando puede incluso ser beneficioso.

CGR: Yo pienso que el pueblo es muy inteligente y muy listo, que a lo mejor no tiene cultura, pero tiene otro tipo de cultura; una cultura que es fruto de la vida y de la observación, de la experiencia. Cada momento tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. El que avancemos tanto en las comunicaciones es maravilloso pero nos está haciendo cada vez menos comunicativos, paradójicamente el hecho de tener tantos medios que facilitan tanto las cosas, al final nos va a encerrar en nuestra casa y todo lo vas a realizar por internet, por teléfono. En lugar de ir a ver a tu vecina le vas a enviar un email, en lugar de buscar cualquier pretexto para reunirte y celebrar algo, pues llamas por teléfono.

RO: Decía Barthes que el teléfono acababa con las relaciones de amor.

CGR: Y la televisión con contar las historias, con leer los cuentos, con las charlas…

RO: ¿Crees que esta civilización cada vez más sofisticada puede poner en peligro la existencia de la fiesta?

CGR: Hará que se transforme. Cada vez las fiestas son más a nivel de calle, de ciudad. La gente vive cada vez más en núcleos urbanos, cada vez mas incomunicadas y cuando hay una fiesta es masiva. Yo no sé hasta qué punto la gente se divierte cuando un día hay un millón de personas con ganas de divertirse, todos a la misma hora, que es el caso de la Love Parade de Berlín, de los grandes macro conciertos. Lo que ahora se establece como fiesta casi siempre es un pasacalles con música que va arrastrando a la gente, todo el mundo con unas ganas tremendas de divertirse; la música es un factor importantísimo, el cuerpo, lucir cuerpo, el sexo, la droga, también son factores importantes, y el olvidarte de todo. Pero un millón de personas… Funciona esta fiesta en ese país por lo que sea e inmediatamente se imita en otro lugar. Si en Berlín ha funcionado la Love Parade porque no va a funcionar en Zúrich o en Barcelona…, la de Barcelona se ha creado once años después de la de Berlín. Y así está toda Europa, y así está también Estados Unidos. Van cambiando las formas de la fiesta.

RO: Tal vez ahora sea más una necesidad de explotar, de olvidarse como dices tú, más que de celebrar algo personal y concreto…

CGR: Pero el hecho de que sean masivas al final es terrible, porque no cabe la gente, la masa te va llevando… yo he estado en la Love Parade de Berlín y con un millón y medio de personas en la calle no puedes llegar a nada, no puedes moverte, tienes que ir caminando hacia donde la gente vaya, puedes ir comprándote bocadillos pero en cuanto te sales de la manda de gente te pierdes, te pierdes absolutamente porque tardas media hora en salir para comprar un bocadillo y otra media hora en volver y entonces la gente con la que ibas ya están a medio kilometro der donde tú estás. El que sean tan masivas yo no creo que es malísimo.

RO: Esto altera también las relaciones entre las personas…

CGR:Pues sí, porque al final es como una obligación, que hoy tienes que estar alegre, que hoy tienes que divertirte, es una obligación que hoy sea un día que tienes que recordar toda tu vida. La gente quiere divertirse como en el fin de año, que por obligación ese día tienes que ser feliz y si no estás haciendo algo especial te sientes desgraciado. Mucha gente va miméticamente a los sitios y no se divierte lo más mínimo.

RO: Es algo parecido al ritual de la discoteca del viernes por la noche, como una obligación de pasártelo bien.

CGR: Pero son fiestas para jóvenes, de lo contrario no se podrían soportar toda esa serie de cosas. Aunque tengas un espíritu joven, esas fiestas no hay cuerpo que las pueda soportar.

RO: Pero a las Love Parade va gente de todas las edades.

CGR: Si, en las Love Parade hay gente de todas las edades y en muchas fiestas que he visto también hay gente de todas las edades, pero estar bailando 24 horas no todo el mundo lo aguanta.

[Puertollano, 1949]

Entrevista publicada en EXIT Nº 5, febrero de 2002 y en Palabra de artista vol.1 ed. Exit.