OPINIÓN

Siempre he creído que la actividad pública excesiva no puede ser beneficiosa para ningún tipo de creación. Siendo como es hoy en día inevitable que cualquier actividad tenga su parte de exposición y publicidad, parece que en las materias más sensibles esta exposición pública se ha convertido en la parte más principal. Un escritor que no publique y no promocione sus obras en continuas andanzas, entrevistas, y presentaciones nunca tendrá el éxito imprescindible. Así, los artistas que exponen, que no solamente lo hacen y venden sus obras pero que más importante aún que esto deben airear a todos los vientos su éxito, a veces su simple existencia, son los más conocidos, no ciertamente por sus obra sino por sus nombres.

Escribo esto entre dos ferias de arte, dos exitosas y tumultuosas ferias de arte, como deben ser las ferias de arte. Con éxitos de ventas y afluencia del público. Aunque todos los que participamos en ellas nos declaramos públicamente hartos de ferias, no cabe ninguna duda de que nos encontraremos en otras muchas. La feria de arte es hoy en día en el mundo de las artes visuales un punto de auto referencia. Es la cara amable del mercado del arte, no su corazón… aunque si miramos fijamente al mercado a los ojos veremos que realmente este no tiene corazón. Las ferias, algunas ferias por superpuesto más que otras, son los eventos más destacados de cada temporada. Por eso su proliferación incansable, existen cientos de ellas diseminadas en la geografía y en el calendario, agrupándose como pequeños archipiélagos alrededor de las que son más fuertes localmente. En Basilea son ya más de cuatro las que rodean Art Basel, en Miami ni se ya cuántas suceden en una misma semana de diciembre. Y en Madrid, en torno a ARCO hay aproximadamente un mínimo de cuatro o cinco ferias más, en una presión incesante a un comprador improbable. Los artistas se preparan, los galeristas ultiman los detalles, todo tiene que estar listo para un ritual grandioso que apenas dura cinco días y en el que cada uno centra sus aspiraciones. Toneladas de peso, cientos de metros de exposición, miles de obras, millones de euros en las paredes, una oferta inmensa imposible de ver ni de calibrar en tan pocos días. Decenas de fiestas a las que unos acudirán a olvidar, otros con la esperanza de hacer contactos… Vanitas vanitatis. Todo en cinco días, un objetivo casi imposible. Como toda feria, pasará con la velocidad del rayo, dejando tras de si la basura y los restos de las verbenas, el equipo ambulante de feriantes ya se prepara para la siguiente parada de este circo que se renueva generacionalmente sin cambiar ni un ápice su formato.

Decía más arriba que esta excesiva exposición pública no es lo mejor para la sensibilidad del artista, para el mundo de la creación. Personalmente creo que no es buena para nadie, como no es bueno centrar muchas esperanzas al albur de cinco días de tumulto, esperando que la persona adecuada se dé cuenta de que, entre miles de obras esa pieza, la tuya, es la que él o ella estaba buscando, la que necesita. Por esto los galeristas confían en que los medios de comunicación, los críticos, los comisarios, los expertos, señalen su stand como el mejor, como el más interesante… por eso procuraran unos colgar algo llamativo, tal vez una provocación conceptual, o simplemente un desnudo que salga en TV. Las entrevistas, declaraciones rápidas y generalmente tergiversadas por la velocidad y el desconocimiento volverán a ser generales. El objetivo es que te miren, que te vean, que te compren. Ya no tenemos tiempo para que nos quieran.

Entre dos ferias yo leo a Henry David Thoreau, su correspondencia durante 13 años con Harrison Blake y constato una vez más que la velocidad, el exceso, la ambición de éxitos, está profundamente enfrentada con el pensamiento y la delicadeza de la creación. Estos dos filósofos gastaron horas de su vida, cada uno en su apartada residencia, en escribirse para comentar aspectos esenciales de sus vidas como la amistad, el amor, la vida en la naturaleza, detalles cotidianos, sus enfermedades y sucesos familiares. Hoy un mail de más de dos líneas ya nos parece excesivo. No tenemos tiempo. Entre el rugir de un mercado de arte saturado y sobredimensionado, sus homenajes al pasado, sus gritos de ansiedad por reclamar la atención de todos, y el silencio de estas cartas llenas de pasión, inteligencia y sabiduría, al margen de cualquier exceso, creo en la necesidad de saber vivir sin perder todo lo que aún nos quede de humanidad y buen sentido. Sin perder el Norte y sabiendo perfectamente donde está el Sur. Entre dos aguas. Dice Thoreau el 28 de mayo de 1850 Nunca encontré nada satisfactorio en las vidas de las que dan cuenta los periódicos, nada que valga más que los tres centavos que cuestan. Hoy, en 2016 los periódicos valen más de tres centavos, pero no estoy muy segura de que lo que destacan, esas vidas de artistas célebres, de personas más interesadas en ser famosas, en recibir la atención desmedida de todos que en la creación de sus obras, de sus vidas, valgan hoy más de tres centavos.