MICROENSAYO

  • Nam June Paik

No dejamos de mirar: todo es una gran pantalla, independientemente de su tamaño, que nos asedia, nos rodea, nos engulle. No dejamos de mirar. Pero otra cosa es ver. Llegar a comprender, saber dónde estamos, a qué miramos, por qué lo hacemos. En definitiva, identificar el curso de nuestra mirada. Otra cosa es ver: identificar lo que miramos y por qué lo hacemos. Ver es conocer. Mirar es dejarse llevar.

El mundo se ha convertido en una gran pantalla que atrapa nuestras miradas sin dejarnos ver: vivimos en un mundo imagen, en la era de la imagen global. En nuestras sociedades, al individuo se le da estructurado su modo de sentir y de mirar. La vida se estiliza a través de los flujos incesantes de representación que producen las tres grandes vías contemporáneas no artísticas de experiencia estética: el diseño, en todas sus manifestaciones, la publicidad y los medios de comunicación de masas. Tres grandes vías, o canales de transmisión de imágenes, que hoy día confluyen, integradas, en las redes digitales.

Todo esto es resultado del proceso de expansión de la tecnología, que marca el destino de la modernidad. Más allá de dictaduras y totalitarismos, demasiado primarios, en nuestro mundo imagen se ha alcanzado el grado más intenso de integración social por medio de un ejercicio formal de la democracia. Utilizando tres resortes que articulan los ejes de despliegue de la imagen global: el consumismo, el pluralismo y la escenificación de todos los aspectos de la vida pública (sociedad del espectáculo).

Nam June Paik. Superautopista electrónica

Efectivamente, somos “libres” para consumir sin límites: esto o aquello, poco o mucho, mínimo o máximo… pero es imposible no consumir, el capital impone su ley, la primacía inobjetable de la mercancía. También somos “libres” para seguir una u otra religión, o incluso ninguna: no hay delitos de opinión, e igualmente para apoyar ésta o aquella formación política… pero es imposible promover una alternativa al sistema político dominante, también aquí el capital impone su ley. Finalmente, somos así mismo “libres” para representar éste o aquel papel, lo que significa seguir un guión previamente estructurado que asigna a cada uno qué somos en la película de la vida… pero es imposible no representar un papel, actuar en un plano real, fuera del ámbito de reverberación de la imagen pública que nos convierte, querámoslo o no, en actores sociales.

Es aquí donde se sitúa la pregunta: ¿en qué imagen vivimos…? ¿Es posible encontrar una alternativa a ese contínuo global de la imagen…? Salirse plenamente fuera de la imagen es imposible, porque esa es la red de articulación social que estructura nuestro mundo, salvo en espacios aislados residuales o marginales. Pero lo que sí es posible es ir más allá de mirar, llegar a ver. Interrogar la imagen, y ser capaces con esa interrogación de descifrar lo que la imagen encubre.

Obviamente, se trata de algo complejo y difícil. Pero esa es la vía. Qué implica la posibilidad de distinguir entre imagen como apariencia, como recubrimiento de lo real, e imagen como verdad, como descubrimiento de lo que hay por debajo de la apariencia. En ello confluyen el pensamiento crítico: la filosofía, y el conjunto de las artes. A través de la interrogación se trata de introducir una ruptura, una discontinuidad, en el continuo global de la imagen.

¿Cómo…? Ni el pensamiento ni las artes pueden actuar, intervenir, a espaldas de la tecnología, que cifra su más alto grado de resolución en la imagen mediática. El punto de partida es proponer e identificar imágenes desvinculadas de los fines pragmáticos que en todo momento determinan los canales mediáticos de la imagen: diseño, publicidad, medios de masas y redes digitales. La cuestión es identificar o construir imágenes sin vínculos directos con intereses prácticos, materiales. Algo que en las artes se puede alcanzar introduciendo claves de singularización o de descontextualización.

Ya que si el arte sigue teniendo una vigencia en nuestro mundo es precisamente porque gracias a su potencia formativa, a su fuerza de representación, pone en pie universos sensibles de sentido, capaces de romper y cuestionar la homogeneidad de la cadena estética continua que mediatiza sin fisuras todas las formas contemporáneas de la experiencia. Imágenes alternativas, singulares, que transmiten pensamiento, emoción y placer. Utilizando lo que miramos, se puede así alcanzar a ver aquello que querríamos construir: una sociedad de seres humanos realmente libres. Abiertos a la interrogación. Y a la construcción creativa de la vida.