OPINIÓN

En tiempos de miseria es cuando más lujo nos encontramos. Tal vez sea para demostrar que no todos son heridos por el rayo de la crisis de igual manera. Así es ahora cuando los museos son más grandes, cuando los auditorios son más grandes… todo es más grande, los puentes, los bancos, las oficinas, los despachos de los ministros, hasta las librerías son más grandes. Y la pregunta es por qué son más grandes cuánta menos gente va, cuando menos se vende, cuando menos importan a nadie. Claro que la corrupción también es más grande, el desapego a las instituciones, a la política, el aguante es también más grande. Hasta los presupuestos son más grandes aunque ya no den para nada.

Yo quiero hacer un elogio de lo pequeño, incluso de lo ínfimo. Del microrrelato al evento mínimo, de las iniciativas pequeñas, acogedoras, humanas, de la obra de arte a medida del ser humano y no de las salas de los museos de Estados Unidos. Porque no vivimos en casas de 200 metros cuadrados. Prefiero el haiku a la epopeya, sobre todo ahora que ya no hay epopeyas sino tragedias, eso sí, enormes. Cuando alguien nos dice que nos ama más que a nada o a nadie, que su amor no tiene límites… es el momento de sospechar. Esos amores son fogonazos en el cielo, rayos sin trueno. El amor desmesurado es solamente papel mojado. Un amor pequeño pero tierno, apenas una suave caricia, es mejor, está más al nivel de las posibilidades de la realidad. Claro, que los cuentos de hadas acaban siempre bien… o tal vez sólo acaban antes de que la realidad entre en ellos.

Visitando galerías en estas semanas de aperturas, weekends y demás títulos que se pueden traducir todos por: ya hemos vuelto de las vacaciones dispuestos a intentarlo otra vez, me encuentro con algunas galerías claramente desproporcionadas no sólo con la calidad de lo que exponen (ojo, no con sus precios) y evidentemente en contra de la propia realidad del mundo del arte actual. Galerías más grandes que algunas kunstvereins alemanas, más grandes que la mayoría de los centros culturales, y me asalta la pregunta de por qué son tan grandes; parecen shoppings centers sin nada que comprar, sin bar y sin servicios, incluso sin parking. No tiene sentido.

Lo que sí tiene sentido es que el poder cierre cada vez más centros culturales independientes, pequeños. En Buenos Aires han cerrado 20 de un sólo golpe. En Barcelona hay que recordar a Can Vies… Unos se cierran, otros se derrumban, otros se gravan con impuestos que los hacen imposibles, otros… lo pequeño molesta porque parece que son inocentes pero hacen daño de verdad, atacan al centro del núcleo: son independientes. Ese es el mayor peligro. La cultura no habita en esas galerías de 2.000 metros cuadrados, dos plantas, lujo, glamour y frenesí. La cultura habita en lo pequeño, en lo independiente: independiente del poder y del dinero. El peligro es poder funcionar sin apoyos oficiales, sin subvenciones, sin ventas millonarias: ajenos a la política y al mercado. Ese es el peligro. Al final lo único que sobrevive es el amor íntimo, callado y sutil. Las iniciativas autónomas, pequeñas y concretas. Esas librerías en las que podemos comer, escuchar una dixie band, comprarnos un jersey o unos aretes imitación del siglo XIX, en las que no saben quién es Ezra Pound… sólo tienen libros grandes (grandes y con muchas fotos… Grandes, no para leer sino para parecer que se lee) eso es lo mas cercano al drugstore de lujo. Y tal vez esa sea la palabra: lujo. No rima con cultura ni con buen gusto.

Lo micro puede transformar la cultura, porque intentar cambiar a lo grande las cosas es una trampa. Se ha hablado mucho de este tema, de lo micro, este verano en fórums y congresos, casi todos demasiado grandes. Exceso es lo que hoy respira la cultura: exceso de museos, de galerías, de artistas, de publicaciones. Hay exceso de todo menos de público. El público son personas y sus intereses son individuales. El nacimiento de los pequeños teatros, de las librerías chiquitas y muy especializadas, la idea de las acciones culturales puntuales, sin protocolos, sin obligaciones de continuidad ni de mantenimiento…, ahí está el futuro. Todo eso nos acerca a la libertad. Ese otro gran riesgo.
Yo quiero hacer un elogio de lo pequeño, porque no hay nada grande que no lleve en su germen lo pequeño. Porque lo pequeño lo podemos crear, saborear, todos. A lo pequeño nos podemos acercar sin miedo, casi con ternura, con ganas de apoyar, de participar. Lo grande, lo inmenso no es nuestro, es de ellos, de los otros. Ni podemos ni queremos pagarlo, el lujo es siempre ajeno.

Imagen: Yoshihiro Suda , Palais de Tokyo, Paris, 2004.